viernes, 23 de febrero de 2018

Día 1251: Aterrizado

Debo aprovechar antes que se vaya. El ímpetu de la impaciencia. Con el arrostro de los años a cuesta. Adivinanzas de cartón para otros tiempos. Desciendan hacia otro círculo, que sean cuadrados. Que se pudra el diente de tanta manzana bendecida. Que la energía dispersa vuelva, en el desparramo dirigir el golpe. Que nacemos a diario en la repetición.
Iremos amarrados a la nada. Con el ruido de los llamados dentro. Todos con sus mundos inseparables. Allá el universo clave. Cambio de una moneda gastada. Resolver la pregunta última. Que la soledad impera. No caeremos en la regulación. Los tiempos son la desmesura.
Volvería sobre mi mismo si de algo sirviera. Puedo padecer ese espacio vacío. Que no se resuelva el misterio. El peligro en las opacidades. No iré más allá. La comodidad del rincón, sentir tirano. Estaré contando mis momentos. Y no son tantos.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Día 1250: Trasplantado

El médico tomó la decisión por su cuenta. Desconectó el soporte vital, sin consultar. Esperaría hasta el último minuto estertor. Que la muerte venga y haga su trabajo, pensó mientras encendía un cigarrillo. Que el corazón se detenga y la orden llegue al cerebro. Apaguen la maquinaria, esto ya no funciona más. 
Contemplar ese espacio vacío en que la carne pasa a ser un mero objeto. Lo entiendes, porque ese doctor soy yo. No soy un Dios para nadie. Ni siquiera creo en eso. Existe la eutanasia y el homicidio, aunque ambas opciones terminen en lo mismo. Aburrirías de explicar todas las razones. Porque tus colegas hicieron oídos sordos. Porque nadie te creyó cuando viniste con ese argumento de los superhombres. 
Desde luego debería establecer en el reporte las causas de muerte. Un accidente del destino. Agregarle poesía al mundo, eso es lo que falta. Como ese gato aplastado al borde de la ruta. Un detalle estético. Nadie debería pasar desapercibido en la vida, menos los muertos. Los muertos nos celebran. Ellos nos esperan. Allá. Para formar el gran ejército de la nada negra. No hay tiempo. El médico debería tomar al cadáver entre sus manos en una especie de abrazo de lucha libre. La toma final. Adentro de la bolsa. Sin ayuda.
¿Qué tan cerca del crimen puede estar nuestras decisiones? Decidir, olvidar, dejarse llevar. Un acto suicida, o tal vez la salvación del espíritu. Nadie lo sabe. Te adelantaste a tu tiempo, sabías que venían detrás tuyo. Ellos, los que me perseguían. Volví a cerrar la puerta. Por las dudas. Es mi paranoia. Y esta multitud de voces que nos convocan. 
Podría ser vos, o aquello. O eso. Algo que nos negamos a observar. Una tercera persona desterrada. Ese médico que fuiste alguna vez. Yo. O eso. Moriré. No queda otra alternativa. Una vez que la consciencia fue transplantada, el neurodigitransmisor emitió un chirrido que dio concluido con su trabajo. Luego de abrir la bolsa, escapó por la ventana. Afuera. El reino de la luz y el ruido. La podredumbre. 

viernes, 16 de febrero de 2018

Día 1249: Skit

Por eso tengo. Por eso quiero. Por eso puedo. Y que se plante entre nosotros el mundo. Con su distancia eterna, con gritos de sirena. Somos únicos hasta que aprendemos a ser iguales. No es lo diferente de lo que se espanta el fantasma. Soy de los que opinan. Que la tortura nunca deja de irse. Así, que claven todas las estacas, que la carne aguante. 
Va a existir algo sin que lo podamos evitar. Nace desprevenido. Muestras de un placer consumado. En algún momento tendré que tirar mis cartas a la basura. A qué despropósito nos conjugamos. Hay que ver para tener la imagen. No es el detalle obvio. Es el sueño mayor, ese para el que venimos.
No se cambien. No se espanten. Que luz sobra hasta el fin. Que el existir sea una desproporción con nosotros entre medio. Que la felicidad sea el lujo antes de la herida definitiva. Y no más. Hasta acá es justo.

martes, 13 de febrero de 2018

Día 1248: Un regreso

Nunca estuve contento. Alguien bloqueó mi capacidad de emitir litio a las zonas comprometidas de mi cuerpo. Con todos los pensamientos suicidas a cuesta me ofrecí como voluntario. Pensé, iluso, pensé que la guerra podía matarme. Pero los artilugios de la destrucción nos resguardan de tales sueños. Esa idea la compartí con aquellos que me tocaron en suerte como compañeros. Algunos tenían un mejor prospecto. No les voy a quitar eso. Por algo hay que vivir. Admiro eso, aún sin comprenderlo.
Mi disposición natural me llevó adelante. Pisé cuerpos de enemigos y compatriotas, con la misma bota indiferente. Total adelante está la solución. Más adelante. El caballo hace menos pregunta y avanza. Para esto me crearon. Una máquina de guerra. Perforar. Cercenar. Articulaciones laceradas. Ante todo no olvido. Está la misión antes que el alma.
La noche previa a la masacre tuve una visión. De esas que solo surgen con las drogas. Nadie puede anticiparse a la velocidad de los eventos. Por detrás de los acontecimientos, nos subyugamos. Abrirían varios huecos a través de mi corazón, insensible. Esto es la guerra. Así conocí el amor.

jueves, 1 de febrero de 2018

Día 1247: Notas de una caída

Para los que puedan tener una pobre y oscura satisfacción en los deseos. En eso nos reconocemos, aunque sea un poco. La astucia con que nos negamos a la verdad. Porque después vienen los aplausos. Y del final tantas cenizas recolectamos. No nieguen la confusión. Estamos inmersos. Con el corazón aturdido. Por tantas corazas que se abren y no son luz. 
En esa respuesta la insolencia está perdida. Sin rastros de bizarría. Solo la sombra del esperpento. De la codicia guardada para una mejor ocasión. Abrimos algo hacia eso, lo que muchas lunas cantan. No sé que sea. 
Permaneceré tendido en la protesta. Tento una lista grande de lo que no debería hacer. El altar de lo prohibido. Ahí me siento, con la roca atada al cuello. Que la gravedad actúe y olvide mi nombre.

domingo, 28 de enero de 2018

Día 1246: ¿Sentimientos humanos para qué tenerlos?

Recuerdo cuando era joven y empecé a categorizarlo todo. Me supuse guiado por el afán de verme superior a mis pares. Entiendan la época difícil que me tocó vivir. Aun no se había inventado la rueda. Para colmo de males los vecinos de la cueva de enfrente nos robaban a nuestras mujeres. Y yo les venía con cuestiones de la inteligencia, juego simbólico. Lo sé, debí haberles parecido un tarado.
Aprendí a observarlos sin involucrarme. Así desarrollé un criterio que muchas personas podrían considerar protocientífico. Fui un adelantado. En mi mente bullían ideas propias del delirio o de la revolución industrial. Podría haber viajado al futuro tan solo con proponérmelo. Visionario, así me gustaba verme. El espejo de la realidad devolvía otro reflejo. Las violaban enfrente a nuestros ojos, para ser precisos. El problema urgía por una solución. El jefe de mi caverna me vio como el más apto, no por mis condiciones físicas, por supuesto. Fue el comienzo de la expedición más tortuosa de toda mi vida.
Quise que me acompañaran dos personas. Un back up. Por si las cosas se ponen feas. Y se pusieron. Intentaron colgarme de un árbol. Discutí con esas personas, esbocé argumentos. Fue inútil. Me obligaron a ser parte de su clan. Fui forzado a tener sexo con muchas personas. Me amaron. Fui querido. Y eso va en contra de las categorías. ¿Sentimientos humanos para qué tenerlos?

miércoles, 24 de enero de 2018

Día 1245: Uno por uno

El boticario colocó el frasco sobre el mostrador. Un fármaco inusual, por cierto. Drogas sintéticas, vaya uno a saber la ilusión de futuro que anidaba en su cliente. No era su trabajo cuestionar cuando las deudas tienen voz propia. El señor de los impuestos, el rey, la corona, el universo, todos querían su tajada. Y la peste negra que poca cura dejaba. En el siglo XIV nadie tenía muchas nociones de economía. Así que el oro del extraño era tan bueno como cualquier oro, aunque nadie conociese su origen.
Se presentó una tarde con un listado escrito en un papiro viejo. El manuscrito describía el modo de preparar una poción de cualidades asombrosas, tan maravillosas que ningún ser humano había probado aún. El brebaje contenía vino, mucho vino, y unos cuantos arbustos, un par de ellos venenosos. Este hombre quiere morir, pensó el boticario. Y le va a costar más oro que un frasco de aconitina. Y más dolor, por supuesto.
La necesidad no le permitió elevar sus peros al boticario. De hecho su necesidad había trastocado en avaricia al observar las cargadas alforjas del extraño. Viene del oeste, seguro, amigo de los árabes. Eso explica la vestimenta. Una túnica negra y un bastón con inscripciones poco legibles. Y esa bebida no es hipocrás, no, no, es veneno. Veneno. Quizás si muere puedo quedarme con la alforja. El boticario se relamía. Pero tendría que ser cuidadoso. Los viajeros solían venir por esos caminos a robar a los incautos. Un muerto era la definición perfecta de incauto.
Así que el boticario no puso oposición a los pedidos del extraño. Dejó que se llevara el brebaje maravilloso y desapareciese de su vista. Aunque no por mucho tiempo. Lo seguiría hasta donde sea que se esconda. Nadie va a extrañarme, pensó el boticario. Sus pasos carecían de sonido. Cada dedo del pie era colocado con suavidad, no quería alertar a su cliente. Capaz exageraba, pero nunca un recaudo de más tiene que ser mal tomado.
Y lo encontró tal como lo preveía. Muerto al costado del camino. El asunto no le llevaría mucho tiempo, tomar la alforja y salir por donde vino. Adiós recaudos. Confiado, el boticario se acercó al muerto. Se detuvo. El peso de la alforja se sentía cómodo en sus manos. Mucho oro, sí, y es mío. Salvo que el supuesto oro no era más que piedras. El extraño sonrió. El brebaje funcionó a la perfección. Uno por uno. Ahora solo tendría que aprender un poco de medicina. Lástima este cuerpo de boticario. Eso podría cambiar. 

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