martes, 16 de enero de 2018

Día 1242: Trayecto abyecto

Corrí como pude. Imaginen que tienen un tajo en el estómago como de cinco centímetros. Chorrean todo lo de adentro. En realidad no tienen miedo a morirse, sino a patinarse con sus vísceras y hacer el estúpido. Esa era mi situación. Herida de arma blanca. Muerto. Algo así diría mi parte policial.
A las 3.23 de la mañana ingresó mi cuerpo a la morgue. Me tuvieron algunas horas en la heladera, supongo para que mi cuerpo se aclimate al lugar. A la hora ya estaba tan duro como un cubo de hielo. Tipo 8 llegó el doctor. Estaba drogado. Se le notaba en el pulso. Me clavó el escalpelo con ganas. No lo sentí, por supuesto.
Qué mierda me mirás, muerto del orto, dijo el doctor antes de cerrarme los ojos. Igual podía ver. Ni sé como, los misterios de la muerte serán. El tipo hacía incisiones al azar, sin ganas. Era una persona con su mundo dado vuelta frente a una persona que ya no tenía mundo. Me agarró un cosquilleo. Recuerdo que pensé en ciertos recuerdos que se me perdían. Poco a poco desarrollaba mi consciencia fantasma.
El doctor apoyó una rodilla en mi abdomen. Va a jugar al twister conmigo, en su versión drogada. Cuando ya estaba todo encima lo entendí un poco mejor. Es de los depravados. Sí, lo es. Se baja los pantalones, hace su movimiento. Debe ser la única forma en que mantiene (y sostiene una erección). Creo que algún espermatozoide quedó en mi antiguo culo.
Mi consciencia fantasma se hizo cargo de lo que acababa de presenciar. Una violación no consentida extrasensorial. Si, claro, idiota, las violaciones siempre son no consentidas, más aún cuando la otra persona no respira ni habla ni nada. No recuerdo bien si me traumé en ese momento, o fue lo que vino después. Sí, creo que fue lo que vino después.
No duró mucho. Fueron dos minutos de escasos cosquilleos ectoplásmicos. Para ese entonces el proceso de mi consciencia fantasma estaba casi completo. El doctor le dio unas palmadas a mi cadáver y se acostó a mi lado. Me felicitó el muy hijo de puta. Estiró el brazo. Es el tenis, dijo, una contractura. Error. Más adentro algo en su cuerpo dejó de funcionar. Comprendo las señales, sé lo que es morir. Y ahí... listo. Una contracción involuntaria del cuerpo, suele pasar. Quedó encima mío. Frente a Frente. No me lo explico.
El movimiento, aún involuntario, o no, dudo, no lo sé, mandó su cosa otra vez a mi culo muerto. Ahí. El fantasma de mi doctor, incisivo, buscaba terminar su trabajo. Y lo sentí. Sentí el dolor. Algo en mi consciencia fantasma se convirtió en un chillido. Dolor extracorporal. ASí será el parto, creo que pensé, mi estado de confusión era máximo. Y una vez más cesó. Por fin. Que se haga la idea, mi cadáver ya no lo consiente. Puerta cerrada.
¿Y el dolor? ahí quedó. Una astilla del tamaño de la Tierra. Dudo que mi consciencia fantasma encuentre la calma, o un psicólogo ultraterrenal. Dudo. Y me angustio, con preguntas, con cuestionamientos, con esperanza, de que después de la muerte exista otra muerte, o quizás la vida.

sábado, 13 de enero de 2018

Día 1241: Esto es amor

Capaz que no nacimos para encontrarnos. Puedo contagiarte la enfermedad pero eso ya es arena de otro tiempo. Tengo que morirme con todas las posibilidades que no pudieron ser. Las anoto. Las guardo en mi memoria. Las atesoro como dientes arrancados de personas. La lluvia me da mocos, el amor tiene que ser otra cosa.
Anduve por ahí abriéndote puertas, mendigando chances. Nos sentaríamos a charlar. Dejar que nuestros cuerpos tomen la posta. Ah, qué fácil se hace la película el iluso. Hablar, nada más. Temas irrelevantes. Ese vestido que te hace quedar tan bien el tórax. Qué fue de la vida de fulano, ese que te pegaba. Y con el tiempo calculado esperaría la lágrima. Y yo, culpable, hijo de puta manipulador, asentiría, con gesto cómplice. Esto es amor.
Con un poco de viento se va el humo. La grandísima nada de la que soy invento me da una piña en las pestañas. Ahora. Avivate. Está con otro. Uno menos hijo de puta. Alguien sin descaro. Un mengano que no la usa. Y va a estar bien. Y yo también. O no tanto. Me acostumbraré. A cebarme mate y palmearme la espalda. ¿Cómo andás? Bien, ¿Cómo te fue en el trabajo? ¿Día agitado? Y devolveré esa sonrisa cansada que tanto tiempo ensayé frente al espejo. Me soy suficiente. Adobaré la tarde con mis naderías porque me soy suficiente. El eco fantasma de tu sombra me escupirá la cara mientras acomodo la mesa, mientras susurro en voz alta, esto es amor.

miércoles, 10 de enero de 2018

Día 1240: Esguince en alta mar

Entre toda la rudeza distinguí los sonidos más nítidos. Quizás por tratarse de un embrujo o una casualidad. Mi sueño paralizado avanza. Y es la suerte de ultratumba que me cobija. Con el viento calmo. Calmo. Ya no soy el marinero que supe ser.
Mi alarma de supervivencia marca la misma hora. Radio de acción. Propósitos. Entonces un caballo obstinado. Estoy conectado con el ruido del mundo. Es esa señal. Tengo una interferencia en mi pensamiento. Sale el barro de mi boca, con mis palabras. Mi universo está desperdiciado. Y la nave allá.
Debería ser mayor. Responsable. No somos muchos. La mesa está vacía. Perdimos al abuelo en el camino. Calmo. Calmo. Que la tempestad avanza con los años. Seré el abuelo solo. Solitario. Calmo. Calmo. Y mayor. Y responsable. Ya no soy el marinero que supe ser. 

viernes, 5 de enero de 2018

Día 1239: Salvador

Siempre dije que la bebida tenía un problema conmigo. No es que me costara mantener el ritual del abstemio. El alcohol me hace propuestas a las que no sé otra respuesta que sí. Tengo un cerámico hueco donde guardo una petaca de lo que venga. No se confundan, no soy alcohólico. Mi relación con la bebida es de carácter tantálico, hay una glándula que no me funciona. 
Después de un par de copas me pongo en estado de alerta. Es la única forma que sé de mantener mis sentidos cohesionados. No tiene un puto sentido. Para el común Carlitos soy uno de tantos que quiere justificar ante el universo lo mucho que me gustaría morirme de cirrosis. Y no. Bueno, algo, sí, pero no del todo sí. Algo. Puedo ser víctima de la bebida. Pero no es adrede. Lo juro. Por mi madre. Que la parta un rayo si no. Es la glándula que no me funciona.
Mi lengua permanece seca. El cerebro se empapa de combustible para generar electricidad y así activar los mecanismos. No soy un neurólogo, pero estoy seguro que así funciona la cosa con mi cabeza. También me gusta considerarme un héroe. Porque cuando estoy tomado evito que la puerta se abra.
Hay cosas feas que a veces se quieren meter. Dentro mío, o de usted, doña. No me refiero al sexo. Es algo más profundo. Como en las películas. Son criaturas. Sí. Seres con hambre. Y sed. A ellos no los conformás con un trago. A mí tampoco. Pero al menos intento. Trato. Quiero ser útil en este diseño universal de las cosas. En algún lado mi ficha va a caer. Los voy a salvar. Ya van a ver. 

martes, 2 de enero de 2018

Día 1238: Y todo lo demás

Atizaré con todo mi moco esta revolución. Desde el sentir empantanado, nublado en la incoherencia de mis pensamientos, soy el conductor borracho designado. Vengan a mi los golpes. Un niño pide atención y yo soy su padre. Vuelvo a recordar lo que mi memoria olvidada olvida. Por que fui el niño que no se portó bien. Soy mi padre. Soy todo este moco reventado. Soy el pus y la sangre, la mancha en el codo y todo lo demás.
En otra vida sería aspirina, para curar lo imposible. Somos el brillo. El arsenal de monjes eléctricos que piden ser devuelto a Taiwán. Perdería un duelo conmigo mismo si de sueño se tratase. Tengo los ideales comprometidos con la  traición. Quizás no duela tanto.
Quizás sea solo inclinar la rodilla y responder a lo que pretenden. Yo y mi ser genuflexo. Esta puede ser la mañana en que se me arranca el vástago y quedo sin sombra. Puedo parecer el tono de la disculpa y ser el responsable. Que toda la cagada caiga bajo su propio peso. Brazos sobran.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Día 1237: Dos minutos para la medianoche

Monté mi escena favorita: un incendio. Allá van mis cenizas, felices de ser atrapadas por las llamas. Para esta dictadura de la imposición vengo bien. Para contar pajaritos con los dedos de los pies. Soy el estigma que nunca sangra y aún es señal. No me voy a congraciar con la culpa. Ya soy grande. Sé cuando cambiar el pañal cagado.
Que apunten. No importa. Perdí el miedo al ridículo. Me sale bien ser, eso de respirar y no morir hasta que el cese de funciones vitales diga lo contrario. Porque no importa. Que tanto puedo ser un número o una letra. O un signo de preguntas más grande que la India. O el mar muerto.
Soy eso que aducen de mí. Mejor que monten bien los rumores, porque de grandes murmullos se hacen verdades. Tendré un mejor final. Chamuscado. Rojo. En cenizas. Con esa historia por delante.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Día 1236: Asunto de carnadas

Walter se sentía seguro en la pesca. Una caña, un lago y un hombre entre medio le bastaba para desconectarse del mundo. Hoy traigo el surubí más gordo, se decía. Allá, río arriba. Tenés que ir de noche, así le recomendó un amigo que pasó una semana en Esquina, los ubicás por el chasquido. Con suerte agarrás uno de 25 kilos. Walter así lo creía. Y apostó fuerte. 50, 60, quien sabe, tal vez unos majestuosos 70 kilos. Mi equipo se lo banca.
Apagó el motor y contempló la noche, con su cielo cargado de puntos titilantes y el ruido de algún que otro pájaro. Walter también tenía algo de miedo. Es lógico, quién no lo tendría. Al surubí lo protegen en esta época, es un bicho que necesita coger también, tener sus hijitos, y esas cosas de pescado. Es lógico el miedo, entienden, soplar las nucas de la armada.
Es un asunto de carnadas. Paciencia. Cosas que solo se entienden en la noche, con el silencio alejado de la humanidad. Aburrido, por ahí. Necesario. Su jornada de expiación. Tal vez tendría que reducir las expectativas. Con cuarenta kilos de surubí alcanza. Tres horas de nada. Le mintieron. Walter quiere abandonar. Aunque no pueda volver. ¿Esperarán?
El ejemplar hace su chasquido. Pero se escapa. La ilusión del triunfo. Walter toma el surubí en sus manos. Ahora van a tener que cambiar de opinión, piensa. 50 kilos, seguro. No pesaba más de diez. Hermoso surubí. Nadie le diría que en realidad era un dorado.

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...