sábado, 31 de mayo de 2014

Día 13: El heraldo

      Hola, mi nombre es Agustín Bustamante, soy el mensajero de la Muerte y estoy cansado. He caminado por vastos terrenos, he presenciado el amanecer y el ocaso de grandes civilizaciones, he portado miles de nombres, pero nada de eso importa, salvo este hastío que crece a medida que las horas pasan.
      Al principio era un trabajo fácil. La inmortalidad parecía ser una buena paga, aunque lo sea solo en su apariencia. Luego, la rutina. El vil mecanismo que se repite, una y otra vez, las mismas coordenadas, tan solo mezcladas como para darle un aspecto más novedoso, aunque no deja de ser lo mismo.
      Escribo estas palabras y me cuesta llevar adelante la narración. Estoy cansado de vivir por nada. Cansado de ser un esclavo de la conmiseración de mi dueño y señor. Harto de empujar las manivelas de este circo corrupto. 
      Recuerdo como si fuese ayer el día en que me presenté en el castillo de ese viejo señor feudal para anunciar su muerte. En ese entonces aún desempeñaba mi trabajo con la pompa y circunstancia que requería la ocasión. Ese atrevimiento me valió una estadía sin cargo en las mazmorras del castillo, todo gracias a ese viejo indolente.
      En mi larga vida he conocido filósofos, nigromantes, políticos, escritores, actores, asesinos, gente común, este viejo que les mencionaba, y de ninguno he obtenido sabiduría alguna. Mi rol solo se extendía a presentarles de manera somera su lóbrego futuro. Nada de diálogos rutilantes o cargados de algún tipo de esencia trascendental para mí. Tan solo mi estudiado y cansino monólogo acerca del abrazo de las tinieblas que se cernía, inevitable, sobre sus almas. 
      Sí, amantes de lo frívolo y lo banal, no se engañen ni se dejen llevar por la envidia. Nada de autógrafos he obtenido de las celebridades que he conocido. Incluso mi fama ha sido arrebatada por alguien que ni siquiera existe.
      ¿Sorprendidos? Yo les asevero que la parca es puro cuento. Mentiras, inventos de hombres temerosos de la Muerte que les espera. A decir verdad, ni siquiera sé cómo ocurre, porque el hecho se consuma a mis espaldas. Mi jefe es un asesino silente, que no pide permiso ni dice buenos días. Todavía no sé cómo lo hace. Es parte de su magia.
      Cómo todo buen explotador, prefiere ocultarse en un conveniente anonimato. Y a mí, el pobre Bustamante, la cara bonita de esta empresa, que se embrome, total para eso le pagamos.
      Mi moneda, esa miseria de eternidad. Estoy cansado, nadie me advirtió los riesgos de ser un mensajero de la Muerte. Nadie.
      Estoy sentado, a la espera. Sé que mi relevo tiene que llegar. Ayer presenté en su oficina mi renuncia. Espero de una vez por todas tener un grato y largo descanso.

viernes, 30 de mayo de 2014

Día 12: Canción para tomar el té

      Desde 1969 amagaron con salir, pero solo quedó en meros intentos. No fue hasta el año 2492 cuando por fin pudo despegar una nave tripulada por seres humanos hacia los confines del espacio.
      Luego de cuantiosos avances a nivel tecnológico y una gran inversión por parte de las naciones, Marte era una realidad al alcance de las manos. El sueño de Ray Bradbury se haría realidad. Obvio que los tripulantes no esperaban repetir el éxito poco rutilante de las primeras expediciones bradburianas. 
      El momento histórico se acercaba, el capitán de la nave estaba por computar las últimas instrucciones previas al descenso a la superficie marciana cuando un fuerte tuc estremeció la nave. 
      Dado que Johnson y Rodríguez eran las dos personas más experimentadas dentro de la tripulación, fueron los encargados de la reparación del módulo que generaba el desperfecto técnico.
      Gran sorpresa tuvieron ambos astronautas ante su encuentro con la fuente del desperfecto. Una preciosa tetera de porcelana yacía incrustada contra el módulo de amartizaje. 
      Es curioso, pero el agua de la tetera permanecía hervida. De acuerdo a los científicos que formaban parte de la misión Ares, la órbita elíptica de la tetera era realizada a una velocidad tal que impedía ser detectada por la tecnología humana.
      Tan absortos estaban en la contemplación del elemento extraterrestre que no se percataron de unos nuevos tucs. Los lectores más avezados ya se imaginarán. Una a una comenzaban a colisionar contra la nave el resto del juego de té: tazas, platos, una curioso pastel hecho de un elemento desconocido (parecía pasto), e incluso una mesa de té. 
      Las repercusiones no se hicieron esperar. El juego de té se hallaba intacto, a pesar de haber orbitado por décadas. Nuevos interrogantes se presentaron, hasta que un nuevo tuc, mucho más sonoro, dio contra la escotilla de salida. Más bien era un tuc, tuc. Alguien llamaba a la puerta.
      Así fue como se generó el primer contacto con una forma de vida inteligente extraterrestre. El sujeto, una minúscula figura verde, les indagó en un correcto inglés británico cuáles eran los motivos para interrumpir la hora del té. Johnson se rascó la cabeza, no tenía respuesta inteligible alguna.
      El extraterrestre estaba muy ofendido, señalaba a toda la tripulación y emitía improperios en su propio lenguaje.
      Luego de unos minutos de álgida discusión, el ET explicó con calma su procedencia. Él y su familia habitaban un planeta llamado Trafalmadore. Por una desgracia cósmica, su planeta había volado en pedazos, y se había visto obligado a danzar perpetuamente en la órbita ubicada entre Marte y la Tierra.
      Los pocos sobrevivientes de esta catástrofe, incluido el que contaba la historia, el cuál se dijo llamar Peter Smith, ahora se encuentran dispersos por el espacio, como restos interespaciales, orbitando, orbitando.
      Peter les contaba con cierta tristeza que a su familia los cruza cada dos días, que es lo que tarda su órbita en coincidir con la órbita de ellos. Afortunadamente, una vez al día tiene la ocasión de volar cerca de la órbita de la mesa de té. Claro, estos malditos terrícolas habían interrumpido su hora del té.
      De acuerdo a lo que el pequeño Peter explicaba, ahora deberían someterse a un juicio trafalmadoriano, el cuál se realizaría dentro de dos meses, que era el tiempo necesario para que la órbita del juez de Trafalmadore visite a la nave terrícola. Mientras tanto, no les quedaba otra alternativa que esperar. 
       Es lamentable, pero la misión Ares no estuvo preparada para tanta espera. La petición del simpático Peter no era del todo amigable, fue una orden que debía ser cumplida. Los siete terrícolas a bordo fueron inexplicablemente encerrados. Dos meses después, el juez de Trafalmadore, Gregor Morrison, encontró siete cadáveres, a los cuales declaró culpables de infringir el código número 123 de convivencia trafalmadoriana, que explicaba que todo individuo que osase interrumpir la hora del té, sería condenado a muerte. 
      Es así como siete cuerpos muertos fueron sentenciados a morir, por primera vez en la larga historia de la vía láctea. Ese fue el destino de la primera expedición a Marte. 


jueves, 29 de mayo de 2014

Día 11: Uno de estos días, Alice...

      ¡Bum! seguido de otro ¡bum! Cosas así se podían oír cuando uno pasaba por las cercanías de un pueblo ya olvidado de Europa. Por la tarde se podía caminar tranquilo por el bosque, y retener en los pulmones los desechos de la primavera, que eran una delicia para las narices de los transeúntes, cuando ¡bum! seguido de otro ¡bum! ¿qué era eso, una fábrica de cohetes?.
      La respuesta es un poco más macabra y extraña. Eso era un habitante de este pueblito olvidado. Bah, lo era hasta que voló en mil pedazos, ahora es tan sólo una mancha roja sobre el pasto, una bonita mancha roja, por cierto.  
      Por supuesto, no había nada de agradable en un cadáver desfigurado. Aunque hay una historia más interesante detrás de estos bums.  Sucedió un día cualquiera, en un momento poco especial. Un campesino X se había quejado del precio del pescado, y emitió un improperio al vendedor que no me permiten transcribir en esta historia porque puede herir sensibilidades. De golpe, este campesino se puso violeta como una flor, y reventó enfrente a toda la gente que hacía la fila para hacer las compras. Reventó en forma literal. Sus vísceras mancharon todo el local del comerciante. Un viejo candelabro ahora tenía las tripas del campesino explotado como decoración.
       Todos pensaron que era un castigo de Dios. Los vecinos más escépticos sugirieron que se trataba de un hecho aislado, y que no volvería a ocurrir. Pero como en las mejores historias, sí volvió a ocurrir, y muchas veces, de formas cada vez más espectaculares. 
      Nadie entendía como de un momento de maldecir a la vecina, se podía terminar decapitado. En el resto de los habitantes de este pueblito, los que no eran escépticos, se comenzaron a anidar toda clase de fantasías y supersticiones. Obra de espíritus, diablos, brujas, hombres lobos, hombres zorros, hombres gallinas, gigantes, arañas parlantes, y así seguía la lista. Todos culpables de estas explosiones.
      Jörg era un hombre retraído. Ya había cumplido la mayoría de edad. Eso le permitía tener su propia granja, su propia mujer y su propia cabra. No era demasiado alto, pero sí bastante fornido como para dominar las tareas más rudas que demandan la vida de un campesino. A diferencia de su familia, y del pueblo entero, Jörg dedicaba su tiempo libre a cultivar el placer de la lectura.
      Sin lugar a dudas, este curioso personaje era el habitante más inteligente, y a su vez, más raro de este pueblo olvidado. Y fue Jörg quien descubrió el misterio de los bums. Más que descubrimiento fue una aclaración. 
      Jörg entendió antes que nadie que la gente empezaba a explotar por su mal carácter. Que cualquier circunstancia en que un ciudadano se viera expuesto a dosis de mal humor, las probabilidades para volar en mil pedazos por el aire se incrementaban de manera drástica.
      Es curioso, pero más allá de ignorarlo y tomarlo por loco, todo el pueblo olvidado tomó muy en serio las palabras de Jörg, quién tenía un puesto más que respetable en el gobierno de su comunidad.
      Desde aquel día, al pueblo olvidado se lo conoció como el pueblo más amable de toda Europa. Ningún improperio, nada de gestos obscenos, ni siquiera episodios de violencia doméstica. 
      En los anales de la historia podríamos afirmar que este es el final feliz, que no pasaría nada más sobre este pueblo olvidado, y que Jörg tendría un cuantioso éxito con su cabra. Pero en realidad, la historia comienza acá:

        Jörg era un hombre retraído. Ya había cumplido la mayoría de edad. Eso le permitía tener su propia granja, su propia mujer y su propia cabra. No era demasiado alto, pero sí bastante fornido como para dominar las tareas más rudas que demandan la vida de un campesino. A diferencia de su familia, y del pueblo entero, Jörg dedicaba su tiempo libre a cultivar el placer de la lectura.
      Un día cualquiera, Jörg se convirtió en el héroe de su pueblo. Había descubierto la solución al mal de las explosiones. Es una pena, porque ese fue el inicio de los martirios para el pobre campesino. 
      A decir verdad, la rueda del karma le estaba cayendo sobre su cabeza, y pesaba demasiado. Un giro de suerte, mala por supuesto, despedazaba el alma del pobre Jörg. Primero, el incendio del establo, después vino la muerte de su querida... cabra. Una semana después, sus cultivos se echaron a perder. Jörg se había vuelto de la noche a la mañana la burla de todo el pueblo. Así era la vida, hoy te respetan, mañana te untan en manteca.
      La racha del infortunio era grosera. El pobre Jörg tenía que soportarlo, de modo estoico. Un mínimo improperio podría llevarlo directo a la luna. Por ese tiempo, sus vecinos empezaban a notarlo un poco más colorado que de costumbre, con una tendencia al humor efervescente. Las viejas decían que anidaba el mal del cuco. Nadie me pregunte qué es ese mal, porque ni yo lo sé. 
      Dos semanas luego del incendio del establo, Jörg había podido reconstruirlo y subsanar los daños ocasionados. Y como si existiese un destino encabronado con una sola persona, no pasó una hora para que un fuerte viento volara las chapas de medio establo. 
      Jörg gruñó. Una pequeña estela de humo brotaba de su cabeza, como si una entidad invisible hubiese encendido una mecha. Con paso taciturno, se dirigió al fondo de la casa para buscar su vieja escalera. 
      Casi al llegar el techo, un escalón podrido cedió al peso de Jörg. De milagro cayó de bruces al techo. Ahora no se bajaría hasta que sus hijos trajesen otra escalera. Otro gruñido. 
      Con la parsimonia de un experto cirujano, Jörg extrajo el martillo y los clavos de su camisa de trabajo. Colocó el clavo sobre la superficie de la chapa, y se dispuso a accionar el martillo.
      La herramienta, rebelde a los reflejos de su dueño, quiso golpear un dedo antes que el clavo. El martillo se reía para sus adentro. 
      Jörg cerró sus ojos con fuerza, como si estuviese en la letrina del fondo. Luego respiró pesadamente, y dejó que de sus labios brotase un asfixiante: 

      - Mierda.

      El efecto fue inmediato, una bomba humana de más de 10 kilotones acababa de explotar. Así fue como el pueblo olvidado hizo ¡bum! seguido de otro ¡bum! y ya nadie volvió a saber más nada de él. 
        

miércoles, 28 de mayo de 2014

Día 10: La teoría del después

...es inútil, inútil!" me había despertado en un Después. Cómo puedo explicarles a las mentes bobas lo que significa un Después. Al fin y al cabo todavía yo no puedo entenderlo. Me confunde. Estoy como atorado en un fractal de ideas, sin que ningún contenido extra pueda aparecer o escapar, y aun así la posibilidad permite que no sea de ese modo.
      Ante todo claridad. Es claro que esta situación ya se ha vivido, y se vivirá nuevamente. Así que una vez más, cómo explicarlo. Un ejemplo sencillo. Velocidad de la luz y velocidad del sonido, eso explica, a través de la física, como es posible que el rayo preceda al trueno. Imaginar la posibilidad de que convivan ambos en un mismo espacio, aún sin que sus valores tangenciales entren en contacto, eso sería la teoría del después, o sea, un momento que no es ni ahora, ni antes, ni siquiera es futuro, es solo después, o de un modo más resumido, un tiempo desplazado.
      ¿Cómo es posible que se desplace el tiempo de las coordenadas comprendidas por el ser humano? Ahora sí viene una respuesta sencilla. En el aire, no solo hay oxígeno, sino también ciertas partículas, las cuales todavía no han podido ser captadas bajo ninguna tecnología terrestre, partículas con las que me crucé por casualidad hace una semana, o un siglo, lo mismo da, el tiempo ya no importa.
      A estas pequeñas partículas vamos a llamarlas "fragmentos de azar". Estos fragmentos son como una especie de residuo de tiempo, para las mentes bobas, caca de tiempo. Estos excrementos vuelan en el aire y desafían las leyes físicas establecidas por la naturaleza, que vendría a ser el inodoro de estos fragmentos de azar.
      Los fragmentos de azar están esparcidos por doquier. Generalmente no suelen cruzarse por nuestras vidas, porque sus caminos son diferentes, manejan energías alternativas y opuestas a la lógica de la gravedad terrestre, a su vez el plano interdimensional en el que establecen su hogar rara vez cruza al nuestro. Pero como el nombre con el cual acuñamos estas partículas bien lo dice, el azar es su motor rector.
      Y cada tanto una se salta a nuestro plano de existencia. Que nos crucemos con una de ellas es tan probable como que un rayo ocurrido en Júpiter nos dé de lleno en nuestra cabeza. Poco probable, pero probable. Hace una semana, un siglo, dos años, 3 segundos, 24 minutos, mañana, no me crucé con una de ellas, y a su vez me crucé.
      Es curiosa la manera en que opera un fragmento de azar, precisamente por su no-manera de operar. No hay un patrón establecido en estas partículas. A veces ocurren viajes en el tiempo desaforados, otras veces es la repetición constante de un mismo día, o segundo, por momentos todo es negro y nada existe, y otras veces es todo a la misma vez.
      El fragmento de azar es una cosa aún más sorprendente que un Aleph, digamos que es una versión mejorada, pero beta, con sus consecuentes inestabilidades. Cuando un fragmento de azar golpea una puerta, no es gran inconveniente, ahora, cuando nosotros somos su destino, es el equivalente a una bendición maldita.
      Es como vivir en un laberinto de espejos y saber que todo es una mentira, y una gran verdad, al mismo tiempo, y vivir acelerado, lento, en pausa, y en la nada. Y los reflejos ríen, lloran, se enojan, rasguñan, gritan, te pervierten. Al confluir todo en una sola mente, el sistema nervioso suele colapsar, y en verdad colapsa, aunque uno se engañe, y quiera escribir desde una aparente sobriedad, y quiera demostrar su sobriedad, aunque vivas borracho de tiempo, loco en un espacio que existe y no es, en otro tiempo que ya no se llama tiempo, sino DIOS, o AZAR, qué más da. Locura se alterna con sanidad, pero ambas son dos caras de una misma moneda. Es curioso, cuando te toca un fragmento de azar, esa metáfora ya no es útil, porque la moneda con sus dos caras es la misma cara duplicada y opuesta, al mismo tiempo. 
      A veces tengo la esperanza que me libero del fragmento del azar, me duermo, cuando se puede dormir, cuando lo permite DIOS/AZAR/TIEMPO/NO-TIEMPO, pero luego abro los ojos y digo: "¡Tonto de mí, ya no puedo escapar, es inútil...

martes, 27 de mayo de 2014

Día 9: La otra historia del caballo de Troya

      El día en que ese armatoste hizo su entrada a través de las murallas de la ciudad, Hemófilo, el beocio quedó anonadado. Nunca había visto algo similar. En ese entonces, aquel humilde comerciante estaba hastiado de la guerra. Los teucros, famélicos desde que la invasión argiva daba lugar, ya no estaban interesados en comprar sus exóticos productos de Oriente. La situación era acuciante. 
      Hemófilo había tomado una decisión, esa noche huiría de Ilión. Y otra determinación del momento: robaría ese hermoso caballo de madera y lo mostraría al mundo, para que aprecien su fabulosa constitución... obvio que a cambio de un módico precio. Hemófilo se frotaba las manos. Ese caballito lo haría rico.
      El humilde comerciante soñaba despierto, toda la fama, los aplausos, su propia casa de placeres, un gran terreno para cultivar sus propios alimentos, alejado en la montaña. Pero para eso, primero tendría que engañar a la guardia, y por eso tenía que hacerlo de noche. Esa noche era la indicada.
      Diomedes farfullaba. Ese pequeño cerebro y sus planes. Mandarse a meter adentro de un caballo, él y su claustrofobia. Todos sudorosos, con las piernas acalambradas, ¿cuánto faltaba para la noche? Héctor ni sentiría el golpe. Esa noche Ilión ardería en llamas. Un pequeño ruido lo trajo a la realidad. Alguien estaba merodeando afuera.
      La ilusión de llevarse a la rastra al enorme caballo duró poco para Hemófilo. Una estructura de casi 30 metros de alto difícilmente podría ser acarreada por sus pobres fuerzas, ni siquiera con la ayuda de sus bienaventurados hijos. Así que solo quedaría escapar, la nave estaba esperando.
      Cabe destacar que los beocios son pésimos navegantes, quizás los peores en la Hélade. En Beocia solo pensaban en cultivos, el resto era para los aventureros. Hemófilo no era ni una cosa ni la otra, solo un oportunista comerciante que sentía la ungida necesidad de escapar, cuánto antes. 
      Las naves aqueas no se percataron de ese escape, estaban demasiado preocupados en otros menesteres. El mar Egeo estaba calmo como un desierto. Un total giro de la fortuna depositó a Hemófilo y su familia en puerto seguro.
      El comerciante agradeció a Poseidón por su buen arribo a tierra, y le dedicó un cordero sacrificado una vez llegado a su pueblo. A pesar de todo, Hemófilo no podía quitarse una idea de la cabeza: ese maldito y pesado caballo de madera. Sus visiones de fortuna se habían esfumado como la lluvia aplaca el fuego de una pira.
      Con pocas monedas en los bolsillos y un futuro menos promisorio del que se había imaginado, Hemófilo tuvo una idea desesperada: reconstruiría el caballo de madera, sería su propia versión.
      Muchos meses después, luego de arduos días de trabajo, el proyecto de Hemófilo llegó a su fin. No era ni tan alto ni tan majestuoso como el original, pero era una digna imitación al fin y al cabo. En ese entonces, las noticias de la toma de Ilión volaban, desde los rincones más lejanos de Jonia hasta las tierras del Peloponeso. 
      Hemófilo viajó dos días hasta llegar a la polis más cercana, un pequeño pueblo beocio lleno de campesinos ignorantes. La presentación del caballo era un éxito abrumador. Todos los días las prendas del comerciante terminaban llenas de monedas. 
      Hacia el quinto día de su presentación, un anciano llegó a este pueblo. Atraído por la multitud, se acercó a paso cojo a ver lo que ocurría.
      Al encontrarse con el caballo, con gesto enigmático, el anciano carraspeó, tan fuerte como para llamar la atención de Hemófilo.

      - ¿Gentil hombre, desea algo? -Convino amable el comerciante.

      El anciano, sordo al pedido de Hemófilo, se acercó al caballo y lo rodeó, examinándolo.
Murmuraba algo para sus adentros. Hemófilo estaba a punto de repetir su pregunta, en el momento que el anciano, con estentórea voz proclama: 

      - ¡Es todo mentira, mentira!

      El comerciante estaba empezando a perder la paciencia. Un grupo de campesinos se acercó, interesados por una posible pelea.

      - ¿Qué es mentira, mi buen señor?

      - Pues todo. -Convino el anciano.

      - ¿Qué es todo?

      - En primer lugar, este ejemplar es mucho más pequeño que el original. Dudo que pueda albergar dentro de su ser no más de cinco hombres de batalla. Segundo, no encuentro la escotilla de salida, ¿Sabía usted que el caballo de Ilión albergaba guerreros aqueos? ¿Sabía que fue todo un engaño para tomar la ciudad?

      Hemófilo estaba desairado. No, no sabía nada de eso.

      - Entonces es mentira. Un vil engaño. Una treta a estos pobres campesinos. ¿Quiere saber usted lo que ocurrió con el verdadero caballo de madera? Yo le responderé. Ese caballo fue arrojado al mar. Un gesto de afrenta para el Dios de las aguas.

      - Poseidón- agregó Hemófilo, orgulloso de su Dios benefactor.

      - Haga el favor de no nombrármelo, humilde comerciante.

      El anciano se retiró en silencio, todavía murmurando cosas. El pueblo exigió a Hemófilo que devuelva sus ganancias, y por fortuna, evitó ser sentenciado a morir.
      El viejo hombre, al abandonar las murallas de la polis, aceleró el paso. Nadie observaba. Su caminar era el de un hombre mucho más joven de lo que aparentaba.
      Ya estaba cerca, un viaje más y por fin vería a su familia. Ítaca, allá vamos.

lunes, 26 de mayo de 2014

Día 8: La broma del sol

       ¡Ingratos, ingratos! Farfullaba el sol en sus solares diatribas. ¡Me deben aunque sea las gracias, mortales! Día tras día, asegurándoles luz, calor y ¿qué recibía él a cambio? Una grandísima nada.
      Pero esta vez se la iban a pagar. Quizás no sería la estrella más grande de la galaxia. Incluso tampoco la más brillante. Tampoco tenía un nombre tan llamativo como sus hermanas. Aun así podía jactarse de poseer algo que sus hermanas carecía: un planeta lleno de millones y millones de monos ingratos. Por qué eso eran, unos ¡ingratos, ingratos! Su núcleo hervía de una ira ancestral.    
      Todo había ocurrido en un abrir y cerrar de ojos, el universo, en un guiño astuto, había previsto las condiciones necesarias para que los monos reinaran, y todo gracias a él. ¿Y qué habían hecho estos ex cuadrúpedos? Alabar mentiras, olvidar sus raíces, y para mal de peores, olvidar a su ígneo benefactor. Ya me van a extrañar cuando crezca, maldecía para sus adentros en una lengua solo entendida por estrellas de su estirpe.
      Tenía que reconocer, ya le habían advertido, que la edad lo estaba volviendo un viejo taimado y mal humorado, y en realidad nada le venía bien. Esa era la clase de mensajes de luz que recibía a millones de kilómetros de parte de amigas y hermanas. 
      ¡Ja! ¿Yo, malhumorado, taimado? ¿Quiénes se creen que son? Soy dador de vida, luz, seguridad, tengo unos monos subdesarrollados al alcance de mis rayos que pierden el tiempo buscando a una cosa llamada dios, y se olvidaron de mirarme. 
      ¿Malhumorado? Conozco un par de bromas muy graciosas, van a ver cuánto humor tengo. Tengo un par de trucos que ninguno de ellos conocen. Nadie puede romper las reglas de lo instaurado mejor que nosotros, los verdaderos dioses del espacio.
          Así que el sol decidió dar un paseo, de un par de años, claro, en su vida no representaba más que una micronésima de segundo si hablamos en años de humano. Ese par de años fueron las mejores vacaciones de su vida, lejos de la ingratitud de una especie que quería escupir por encima de sus cabezas como si de ese infantil juego sus vidas se tratasen.
      Lejos de cualquier especie, la soledad que conocen sus hermanas, para pensar, viajar, cultivar sus átomos, renovar energías. 
      Debo decir que en la Tierra no tomaron muy a chiste la broma del sol. No muchas especies quedaron vivas luego de este chascarrillo solar. Tan solo un par de microorganismos, que reían a más no poder.
       

domingo, 25 de mayo de 2014

Día 7: El cuento de la planta

       Extrañas paternidades las que se contraen en pleno siglo XXI. Uno podría aseverar que es el espíritu posmodernista. Hay de todo: familia "normal", familia recauchutada, familia centro y periferia, familia de una sola persona, no-familia y patronazgo satelital. A todos los modos de hacerse padre le agregaría el caso de Vicente.
    Vicente era un solterón empedernido. 52 años en esta tierra sin pareja fija lo atestiguan. Y no era que llevara una vida de jarana total, pero digamos que quería exprimir los años que le quedaban en esta roca con oxígeno. 
        Una noche como cualquiera Vicente se dispuso a cocinar, bah, a elegir delivery. En realidad no era una noche como cualquiera, era viernes, y a esa altura de la semana ya el cuerpo del pobre solterón estaba en fase posdestructiva. ¿Qué comemos? ¿pizza? no, eso encargué ayer, vamos a variar, llamemos a este que nunca probé: "Delicatessen ultraterrenal". Suena convincente.
        Una hora después, altercado con el chico del delivery mediante, el pedido de Vicente llegó a su departamento. Una probadita bastó. Si este plato se hubiera preparado masivamente, la segunda guerra mundial se acababa en un día. Así de feo era. Hay que imaginar un extraño plato pseudonaturista con carne, acelga, tofu, vinagre, rúcula y dulce de leche.
        Mejor era tirar todo al inodoro. Sí, Vicente come en el baño. Sé que suena raro, pero así es: muchos problemas digestivos, así que mejor era estar preparado. Cinco minutos después, sin falta, el inodoro estaba recibiendo con una grata sonrisa los desperdicios intestinales de Vicente. Cadena y a la bolsa.
        No fue hasta dos meses después, cuando sintió un tuc tuc en el inodoro, que Gladys salió a la luz. Es que se había escondido. ¿Quién es Gladys? Pues claro, es la hija de Vicente. Bueno, quizás la pregunta correcta no sea quién es Gladys, sino más bien, qué es Gladys.
        De acuerdo al chico del vivero, Gladys es una "Dionaea Animula Vagula Blandula Unica", o en nuestro criollo posmoderno una planta carnívora de características únicas, o para Vicente: Gladys, o hija.
        No crean que Vicente adoptó su paternidad de buen grado. Fue todo un proceso. Al principio trató de sacarla del inodoro, para matarla. Pero la pobre comenzó a temblar tanto, que a Vicente le dio lástima. Y Gladys creció, creció, creció, casi hasta tocar el techo. El pobre inodoro ya estaba algo resquebrajado. Para ese entonces, Vicente tenía que hacer sus deposiciones en un bowl. Por suerte, a Gladys le encantaba más que la carne y los pedidos del chico del delivery. Gladys devoraba con afición todo lo que salía de la parte trasera de su padre, y cuando más chirla salía, más rica era, ¡qué manjar!
        Claro que para un ser humano promedio la coprofagia no es una dieta de las más aconsejables, aunque para Gladys era el mejor fertilizante y aliciente de amor de Padre a hija.
       El plomero no estuvo demasiado de acuerdo en poner un segundo inodoro, comentaba que las cañerías no iban a aguantar. Luego de varias discusiones con Vicente, el segundo inodoro fue una realidad. Aunque el pobre plomero tuvo un destino trágico. Gladys así descubrió, en su tierna adolescencia de plantita única, lo rico que era la carne humana.
        
        Muy extrañas paternidades son contraídas en pleno siglo XXI, sobre todo si de Vicente nos referimos. Me han contado que en estos momentos Vicente le está buscando un hermanito a Gladys. Veremos qué surge de eso.

sábado, 24 de mayo de 2014

Día 6: Una de terror: La casa de cuchillos.

      No es lo típico tener un suministro de curitas en tu casa como para tapar un estadio repleto de torres eiffels. Tampoco es muy común ver a una pareja joven vivir como nómadas, alternando viajes con visitas a profesionales de diversas índoles. Todo muy misterioso, ¿no? Ésta no es la típica historia de terror, aunque de algún modo lo es. Una historia de terror con todas las letras, y sustos.
      Esto que les voy a contar comenzó hará unos cinco años atrás, con la muerte de Carlos L., un tipo común, nada para destacar, salvo una curiosa afición por los cuchillos. Carlos L. llevaba una tranquila vida de jubilado en las afueras de Barracas, hasta que la vida le dejó de ser tranquila, incluso dejó de ser vida. Carlos no llegó al hospital, el paro fue fulminante.
     Un par de años después, por algunos apuros económicos, los nietos de Carlos decidieron poner la casa en alquiler. La casa era común y corriente, ningún prontuario de casa embrujada o agente inmobiliario de película en que uno se entera que ahí en esa vivienda había ocurrido un horrible asesinato. Nada de nada, una casa común. Un poco cara, lo único, yo no habría pagado tanto por un sucucho así. 
      Pero plata no era lo que faltaba a los felices recién casados Ricardo y Mabel, una parejita llegada del interior del país. Los primeros meses en la ex casa de Carlos fueron fantásticos. Sexo a pleno, reuniones con amigos y música a todo lo que da. Lo típico, ¿no?
      Bueno, acá es donde las cosas dejan de ser tan típicas. Fue una noche. Ricardo estaba apuradísimo para ir al baño, un intruso de la magnitud de Genghis Khan necesitaba ser evacuado de su parte trasera. Tan apurado estaba que ni picaporte usó. La puerta fue abierta de un empujón rugbier. El intruso de verdad era grande y gordo.
      Ricardo tiró la cadena con satisfacción y se acostó junto a Mabel. Para su sorpresa, sintió el brazo mojado. ¡Qué raro!, si no había hecho del uno. Y no, no era pis, era algo más rojo. Salvo que su pis sea rojo, eso era sangre, y el tajo era importante. Como la casa era vieja, seguro que la puerta debe tener una astilla, ningún motivo para preocuparse.
      ¡Y ojalá hubiera sido una astilla! Porque escenas como éstas se comenzaron a repetir de manera más frecuente. Primero, la cadena del baño, después al abrir la alacena, y finalmente todo lo que tuviera masa o protuberancia. La situación era desesperante.
      Mabel y Ricardo no creían en explicaciones de índole sobrenatural. Así que los meses pasaron y pasaron, con ideas y teorías por acá, visitas al doctor por allá, y de compras por la farmacia, ya lo saben, ¿no? curitas.
      Un día, cuando estaba por sentarse en el sillón del living, Mabel sintió un dolor tremendo en la nalga derecha, como si le hubieran clavado algo. De hecho algo se había clavado. El doctor dictaminó sin dudarlo: "Esto es obra de un cuchillo. Uno muy filoso, por cierto. Menos mal que no se sentó del todo, Mabel". Si, menos mal, porque se hubiera achurado la bonita nalga derecha que tenía Mabel. 
      Las respuestas cayeron una tras otra, como granizo previo a una posterior lluvia. Respuestas dolorosas, pero respuestas al fin. Mabel recordó un incidente sin mucha importancia, que ocurrió la semana pasada, cuando uno de los nietos de Carlos vino a reclamar a su casa una colección de cuchillos que era muy apreciada por su finado abuelo.
      Cuchillos, finado abuelo, cortes, nalga derecha. Todo tenía sentido. Esto era obra de un espíritu. Algo absolutamente absurdo e increíble. Pero, para qué negarlo. Ya habían agotado todas las instancias de raciocinio, cada recoveco de conocimiento lógico había sido cubierto por ésta joven pareja. Ahora no cabía duda, el espíritu del viejo quería su colección de cuchillos, y no se molestaba en cortar a quien sea que se interponga entre ellos.
      Dentro de esta retorcida teoría, Ricardo creía firmemente que el viejo Carlos era un monomaníaco. En todos los documentales y películas de espíritus, uno podía maravillarse ante el cuantioso arsenal de estas fuerzas sobrenaturales, mientras que el viejo Carlos solo pensaba en cuchillos, cuchillos, cuchillos y nada más. Eso era sin lugar a dudas una monomanía de viejo senil.
     Los pocos espiritistas consultados, de dudosa seriedad, confirmaron sus teorías. Los recorridos por especialistas facultativos, doctores, abogados, lo que venga, empezaron. Todo más o menos se revestía de cierto sentido. Había que encontrar los cuchillos y devolvérselos de alguna manera al muerto. No sabían cómo, pero eso había que hacer. 
     Los cuchillos nunca fueron encontrados. Una copia falsa de esta colección tampoco ayudó. El asedio continuaba, día a día, sin mermar en su intensidad. Mabel y Ricardo parecían a esa altura una pareja de momias hechas de curitas. Juro que es así. 
       En vistas de posibles soluciones se experimentaron exorcismos, contactos del más allá a través de mediums, juego de la copa, foros de internet, y mucho más. Nada sin surtir el efecto deseado, los cuchillos de Carlos seguían a la espera de las carnes de la joven pareja.
      Mabel, ya alterada por la situación, le sugirió a Ricardo mudarse de Barracas a otra casa, que por ahí el espíritu se queda donde se murió. Pero no, a Carlos también le gustaba viajar. 
      Cualquiera sea la residencia, Carlos y sus cuchillos a los días se instalaba. Incluso llegó a merodear en carpas, hoteles, clínicas y el mero aire libre. Tendrían que ver lo que es una verdadera vaca pinchuda.
     Así como situaciones desesperantes requieren acciones desesperantes, la joven pareja tomó una, acorde al tenor de la molestia que los aquejaban. El razonamiento era el siguiente: si nos encontramos frente a un viejo senil aficionado por los cuchillos, que no hace otra cosa que pinchar, cortar y rebanar, lo cual es una situación inaudita, ¿por qué no ofrecemos una respuesta del mismo calibre?
      Los lectores ya se estarán lamentando de antemano, sin saber ni siquiera lo que está por venir. La solución fue la siguiente: hacer una casa pequeñita, pequeñita, donde solo cupieran Mabel y Ricardo, y nadie más que no sea invitado sin previo consentimiento de la pareja, sea un humano vivo, muerto o en estado de duda existencial. Así fue.
      Quisiera decirles que la historia tuvo un final feliz, pero lamento decir que no, no al menos en esta historia de terror. Sorpresa grande fue la que se encontraron sus vecinos de turno al entrar al mini dominio. Una sonora explosión los despertó como a eso de las dos de la mañana.
     La dantesca escena era el peor espectáculo visual desde la invención del arte abstracto. De lo que quedaba de las chapas colgaban pedazos de pulmones. Manchas pollockianas inundaban las paredes. El picadillo de carne, lacerado, pinchado, cortado por doquier no servía ni para colador. Esos retazos de seres humanos que alguna vez supieron ser los cuerpos de Mabel y Ricardo.
      Los sabelotodos podrán aventurar que esto no fue algo más que una venganza de Carlos por no haber obtenido sus cuchillos después de tanto tiempo, o incluso que la pareja ha sido víctima de la senilidad de Carlos, pero no. Mejor dicho, es una verdad a medias. Hay que decantar por la explicación más sencilla y usar la navaja de Ockham.
      Este accidente carnicero se generó un poco por la senilidad de Carlos. Puedo asegurarles que no estaba en los planes de Carlos lastimarlos, para nada. Es que estaba viejito y no podía controlar demasiado sus poderes sobrenaturales. Los cuchillos del más allá le temblequeaban en sus ectoplasmáticas falanges. 
      Lo de la casa chiquita fue demasiado para el pobre Carlos. Bastante se las ingeniaba para no lastimarlos mucho en una casa grande, o incluso en el campo, imagínense en un cubo de dos por dos metros, cortar y lastimar era inevitable. Además había que convenir que a esa altura, el poder de manejar su colección de cuchillos del más allá se le había ido un poco de las manos, y no hay nada peor que un anciano senil, sino un anciano fantasma senil.



      
   

viernes, 23 de mayo de 2014

Día 5: Efectos colaterales de la escritura.

      Ejercicios de combinatoria, ¿qué poner?, ¿qué sacar?, ¿quedará linda esta frase?, si quiero llegar a X punto, mejor dejo la intención plagada por ahí para que al final lo entiendan. Pero, ¿está claro? Yo lo entiendo, ¿me gusta? ¿lo borro?

      La mente, el cerebro y todo el cuerpo ante la hoja en blanco. Hay que demostrarle a ese papelucho que somos más fuertes, que la inconstancia y el bloqueo no nos van a vencer. Pero claro, esa es la idea central de lo que voy a expresar, ¿por qué no pensé antes? y si, pero antes la hoja no tenía nada, era un mero testimonio de mi ecolalia mental.
      Otras veces hay que apurar al sentir esquizofrénico, que quiere correr otra historia hacia cierto punto, y no, por ahí no es. ¿cómo llegar a ese final si no hay un buen inicio? Y si el principio está, ¿adónde quiero llegar? Ahí parece que queda algo corto, y habrá que agregarle alguna situación colorida como para engordar la hoja.
      La escritura es como el sexo. El cuerpo, la mente lo pide, pero es un manojo de tensiones, está todo duro y por eso necesita acabar, el orgasmo de la mente, esa distensión posterior al hecho que te dice: "ahora que la hoja está llena podes relajarte"... al igual que el sexo, ¿cuánto dura esa sensación de bienestar, de autodominio? ¿horas, días, minutos, siglos? 
      Estoy bien, estoy contento, soy un niño inseguro, quiero un abrazo, ¡conteneme carajo!, y qué puede importarme en la cima de la montaña, aunque la caída sea dura. 
      De alguna forma la hoja termina llena. Palabras, letras, expresiones incoherentes, ingenios de ocasión, desarrollos velados, una pseudohistoria del fracaso, y ¿quien va a criticarlo? Si es arte. 
      Después querés más, estás desaforado, neurótico, loco. Una hoja llena no alcanza, un solo orgasmo textual no alcanza. Al ego le encanta tragar el semen intelectualoide de la hoja llena. ¿Habrá que echarle la culpa a las hormonas? ¿la hormona de la escritura? 
      Algo dentro mio me dice que tengo que acabar. No más efectos colaterales de la escritura. Ha sido un placer.

jueves, 22 de mayo de 2014

Día 4: La pelota sí se mancha

      Desde que nuestros remotos antepasados, los hombres de las cavernas, descubrieron el fuego, es que necesitaron calor. Calor de hogar, calor de compañía. Entre techo y mujeres, nuestro pariente lejano empezó a aburrirse. Hay que imaginarse, sin tele, sin internet, poco desarrollo léxico, todo más de lo mismo. Claro, el antiguo neanderthal sabía del aburrimiento, más que nadie, por eso inventó historias.
      Historias, y más historias, hasta el fin de los tiempos. Ésta es una de ellas. Una sucesión de hecho narrados, un montón de situaciones de características épicas, el llanto, el amor, la poesía, el esfuerzo, la alegría. Esta historia tiene todo eso, y mucho más. Ajústense los cinturones: hoy van a leer mi historia con los deportes.
      Lo primero, ante todo, una confesión. Ya lo saben, no hay mejor forma de indagarse a uno mismo, de perforar en la tensión autobiográfica, que con una confesión. Aquí mismo les puedo decir que yo no nací siendo hincha del club de fútbol que ahora soy. No, señoras y señores, sé que a algunos les parecerá un detalle incómodo, y otras gritarán horrorizadas por esta actitud vil de un servidor. 
      Si, lo confieso, soy culpable. Hubo un tiempo, muy lejano, muy remoto, a principios de los años 90, en el que fui hincha de Boca Juniors, así lo fue hasta mis 7, 8 años de vida. Tampoco era un gran seguidor del fútbol, pero he coleccionado sabiduría a base de escuchar partidos en radio y pegar figuritas en álbumes. Algo es algo, ¿no?. Se preguntarán que ocurrió hacia mis ocho añitos, que viró el timón de un modo tan hórrido para resultar en lo que muchos podrían llamar una herejía deportiva. Se lo podrán imaginar, a esa tierna edad conocí el amor. Una nena me puso contra las cuerdas, y no pude más que responder con las estupideces que puede realizar un chico de 8 años, y eso es, de forma lógica, cambiándome de club. Ella es de Racing club, yo tengo que ser de Racing club, más fácil que uno más uno es dos. Por cierto, Francella, y otras grandes celebridades son de Racing, así que tan mal club no debe ser. Lógica y razonamiento de un chico de ocho años, con experiencia cero en vida, deporte y demases yerbas.
      No fue fácil, me mudé al club de los sacrificados, de los que nunca ganan nada, festejé con euforia adolescente el campeonato obtenido en el 2001, hasta salí a la calle con un vecino, también de Racing. Mucha locura, puedo asegurar que había bastante gente en las ralas calles de Brandsen, no es cuento. Luego de eso, mi entusiasmo por el fútbol, que en ese entonces no era desaforado, decayó. Dejé de escuchar partidos por radio, dejé de verlos. Abandoné categóricamente.
      Claro, la adolescencia no fue fácil, había que concentrarse en otras cosas, como por ejemplo, los problemas que había en mi cabeza. Problemas de la vida: uno mismo, así dictamina con gran acierto este blog.
      Aún más trágica fue mi experiencia práctica con el mundo del deporte. Si existió alguna vez un ser superior que decidió crearme, de seguro se olvidó de incorporarme la coordinación motora. Nací como lo que en muchos barrios consideran un "pata dura", cero habilidad deportiva. Se imaginan, entonces, que mi paso por las clases de actividad física no ha sido de las más memorables. Tampoco lo fue para los profesores que me han guiado en ese camino. Aún así, si es que existe la justicia y el karma, me van a saber reconocer que mi esfuerzo, lo que yo siempre les digo a todos los que me conocen, mi maña, se supo ganar un lugar en el corazón de los profes, y a fuerza de esa maña es que siempre terminé mis cuatrimestres en la escuela con notas más que óptimas para el pata dura que resulté ser.
      Aproveché de algún modo ciertas cualidades con las que sí me habían dotado, que es esta flacura extrema que me acompaña hasta hoy día, flaco como un finado profesor mío, que me solía decir: "Yo peso 50 kilos mojado y con monedas en los bolsillos". Algo así puedo ilustrarles acerca de mi condición física. Eso me favoreció, porque sin coordinar de la mejor forma, podía ser rápido, quizás no tan rápido como el chico que nace con ese talento, pero sí lo suficiente como para al menos distinguirme en ese plano del mundo del deporte.
      Así como por casualidad conocí al basket, el deporte que mucho tiempo después me enamoró, y aún hoy día sigo siendo un incondicional amante. De nuevo, nunca destaqué. Pero siempre mi rigurosidad con el entrenamiento y mi velocidad logró que me ganara un cierto respeto de mi entrenador en ese entonces. No iba a ser el que anotara la mayor cantidad de puntos, pero sí iba a tratar de defender como loco, y salir disparado como cohete en un contraataque para tratar de meter algún que otro puntito. Quiero creer que algo de eso supo ver Roque, mi entrenador.
      Mi meteórica y accidentada (y por igual meteórica) carrera en el basket, falleció cuando cumplí los 20 años. Ya para mis 18 años, cuando salí del secundario, mi régimen de entrenamiento no era el mismo. Ya no competía, me faltaba categoría por ser demasiado "viejo". Y paulatinamente cedí, hasta abandonar por completo. En su momento tuve mis excusas: el estudio, el trabajo, las mujeres, y consideraciones varias. El sacrificio para con el deporte ya no era el mismo, mis ganas de perder una mañana de domingo para calentar el asiento de un banco de suplentes ya no era el mismo.
      Hace unos meses, con casi 30 años en el bolsillo, traté de volver. Pero mi cuerpo ya me pasa factura. Sigo corriendo como un condenado, pero el karma de mi poco talento y mi poca coordinación me siguen a todos lados donde voy. Y volví a abandonar.

      Hoy día puedo decirles que me gusta mucho mirar por televisión o internet cualquier deporte televisado, de preferencia basket. Ya hice las paces con mi destino. Sé que voy a morir siendo un pata dura, pero no me importa. Ya no importa porque rescato que mis intenciones, mi historia con el deporte, nació del amor, como ese acto que me hizo en ese entonces cambiar de club de fútbol. Es el amor al movimiento, a la actividad física. Nunca un mejor término inventado: soy un amateur. Y a esta altura de mi vida, me siento con la suficiente autoridad como para decirles a todos que la pelota sí se mancha. 

miércoles, 21 de mayo de 2014

Día 3: Las andanzas de Don Peluchini

  La verdad sea dicha: el morbo atrae, y por consecuencia, todo lo que lo rodea. Nos atrae de sobremanera la espectacularidad con que un simple rayo fulmina a un simple ser humano, o quedamos fascinados al borde de la pantalla, con una bolsa de maní en cada mano, al ver la forma en que un cocodrilo, una mantarraya o un pequeño caniche toy se atraganta con la cola de una ballena. Así es el morbo, así es la vida.
  Por otra parte, el crimen, la mera idea de delito, esa que volvió un poco loco a un tal Raskolnikof unos años atrás en un cierto libro de un cierto autor que ahora se me olvida el nombre. La atracción que ejerce el ladrón de guante blanco es sublime. Esta clase de delincuentes son una especie de encantadores de serpientes a domicilio. ¡El asombro! ¡la magia!, casi como tener un cine en casa, o un elefante, lo mismo da. Así es el morbo.
  Lo que nadie nos cuenta de esta bonita tendencia humana es que en un pequeño rincón del conurbano, más precisamente en Wilde, en el jardincito N° 5 "María Montesori", el pequeño Salvatore Andolini, de 3 añitos ha comenzado su ciclo lectivo. Muchos de nuestros queridos lectores se preguntarán asombrados ¿quién es María Montesori?, o ¿por qué un elefante? Ninguna de esas preguntas nos importa en este momento responder, tampoco creo que a Salva le interese demasiado. 
  Salvatore Andolini, como su nombre lo indica, es un argentino de pura cepa, arraigado en las costumbres de nuestro país. A principios de Abril de 2014, por razones que muchos autores pueden atribuir a un azar divino, o al fruto de una casualidad programada, Salvatore conoció en salita azul a Tomás Siffredo, Tomasito para los amigos. Esta clase de uniones son únicas en la galaxia, se producen con menos frecuencia con la que una hipernova destruye una galaxia entera, lo que nuestra curiosa especie ha dado por llamar amistad. 
  El jardín de Infantes N° 5 María Montesori, como ese lejano tren que alguna vez transportó por primera vez a un tal John Lennon y a un fulano apellidado McCartney, fue el testigo privilegiado de esta unión. El resto de los lectores podrán volverse a preguntar, ¿por qué un elefante? ¿por qué John Lennon y un elefante? Yo me preguntaría ahora lo mismo, si nadie quiere a los elefantes, son sucios, grandes, rosados, y tienen una tendencia acentuada a cometer suicidios rituales. La respuesta a este intríngulis momentáneo sería: el morbo atrae, sin lugar a dudas.
  Salvatore Andolini sabía que contaba con una herramienta única, un encanto a toda prueba que le permitía engatusar a cualquiera que se lo propusiese, y así fue. Su primer víctima fue Tomasito, su hoy incondicional mano derecha. Desde el primer recreo no hubo dudas. Primero fue el tobogán: nadie iba a subirse sin su autorización. El peaje en ese momento era de un caramelo (hoy en día, de acuerdo a nuestras fuentes internas, estaría cercano a los 3 caramelos y medio). La calesita era diferente, nada de palitos de la selva o huevito Kinder, la calesita requería una reunión con el mismo Salvatore, que para fines de Abril, ya contaba con una pequeña oficina entre la caja de arena y el baño de varones.
  La escena era repetida. Un pequeño y temeroso niño se acercaba al improvisado espacio de Salvatore, el cuál con gesto adusto le indica con la mano que se acerque. El solicitante, con su acotado léxico le indica su deseo de subirse a la calesita, y la respuesta era siempre la misma: tendría el permiso, a pesar de venir en la hora del recreo, pero es posible que algún día fuera a requerir de sus servicios. Y desde ese día, todos en el jardín comenzaron a conocer las andanzas de Don Peluchini.
  Dicen que para principios de Mayo su red de influencias era tan grande dentro del jardín, que ningún nene o nena dentro del mismo podía pedir una galletita o una taza extra de leche sin su consentimiento. Los encantos de Salvatore y la tenacidad operativa de Tomasito habían mermado las capacidades de la portera a la hora de tomar la leche. Incluso la señorita de música cantaba solo los temas que el pequeño Salva dictaminaba, que por cierto eran pedidos más que extraños: Andrea Bocelli, Eros Ramazzotti, Nicola di Bari, Rafaella Carrá, y así sucesivamente.
  A mediados de Mayo se presentaron pequeños problemas dentro del imperio en alza de Don Peluchini. Una organización de chicos de la última salita, liderados por Micaela Rodríguez, había tomado las hamacas. Este fue el principio del fin.
  El recreo fue testigo de vastas batallas campales, tiradas de pelo, tropezones, cachetazos, patadas, a lo que Don Peluchini permaneció absorto. Su ojos solo pertenecían a Mica, la más hermosa nena del jardín. El pequeño Salva a temprana edad había descubierto el amor, o algo parecido. Hace unos días le preguntaron a los papis de Don Peluchini qué opinaban respecto a todo esto, la respuesta de Omar Andolini fue la siguiente: "Sabemos que Salva es medio revoltoso, pero así son los chicos, luego crecen y se les pasa. Ahora me contó que tiene novia, pero nos hizo prometer que por favor no se lo digan a ella".

martes, 20 de mayo de 2014

Día 2: Memorias del mate

       Dicen que cuando el mate muere, no sufre. ¿Pero quién lo asevera? ¿la ciencia detrás de una burda pantomima? ¿los acólitos de esta infusión que tratan de adornar su adicción con un revire místico impensado? La cuestión abre un debate más que interesante.
      Muchos creyentes pregonan las desventuras de un primigenio mate que murió por los pecados y futura redención de sus descendientes. Está claro, ese mate era amargo.
       El mate dulce es, de acuerdo a esta gran masa de seguidores, una desviación de la naturaleza. Nada de burdas teorías evolutivas, el mate así como lo conocemos, amargo y sacrificado, nació hace unos 25 años atrás, en una callecita de Barracas. Dice el libro del buen mate que este primer mate ha sido encontrado, amargo, caliente y cebado en el fondo del taller de un viejo herrero. Los malos comentarios alegaban que el viejo estaba metido en algo pesado, pero el tiempo se encargó de recompensar a este buen mártir.
      Sin desviarnos del tema que nos compete, y de acuerdo al producto de arduas investigaciones, podemos concluir energéticamente que el mate sí sufre al morir, sea dulce o amargo, y que no hay vida después de la yerba tirada al tacho.


lunes, 19 de mayo de 2014

Día 1: El problema del nombre y la espera

      Roberto estaba en la dulce espera. Dos números delante. Hacía meses que el pequeñajo había sido concebido, a la manera del Señor. El doctor no era de los rápidos para atender, así que mejor era hacer otra cosa, de momento. Ojeó algunas revistas que estaban desperdigadas por sobre la mesa ratona y desistió en la idea. Susana Giménez modelo 88, Racing al descenso año 83 y un par de números de la Conozca más del 85, nada de relevante importancia para el 2014 que corre.  
      Roberto levantó la vista y se concentró en las fotos de la pequeña pared de enfrente. Tenía que mirar con cuidado, no vaya a ser que la señora de enfrente se pensara que la estaba mirando, no, no, nada de eso, ojos a los cuadros. Nada interesante, unos pequeños facsímiles de Miró, esos tipos de cuadros que hacen furor en los consultorios.
      ¿Por qué se estará tardando tanto? se preguntaba, mientras miraba el reloj con recelo psicópata. Roberto ensayaba un pequeño juego de pies digno de una resurrección de Neal Peart. Por suerte nadie miraba a nadie, esas cosas no se permitían en un consultorio, tampoco hablar demasiado, un par de estúpidas reglas implícitas, otro par de convenciones sociales. Bah, quizás eran sus pensamientos al respecto, tal vez el ecosistema artificial que se había imaginado en su mente no tenía nada que ver con un consultorio. Sin ir más lejos, ésta sala de espera estaba pintada con un verde fofo y adolescente, y para Roberto las salas tenían que ser blanco o nada.
      Pensó en lo que tenía que hacer mañana. Una pequeña lista para engolosinar al cerebro. Se levantaría un poco más temprano como para leer el diario tranquilo y no andar tan apurado. Tomaría un par de mates antes de levantar a Silvina. Después bostezaría un par de veces antes de ir al baño y luego de la rutina higiénica daría unas pequeñas y espasmódicas vueltas a la plaza. ¿Qué más? ¿Qué más? Cierto, el turno para cortarle el pelo al perro. Ese perro odioso, él no quería un chihuahua, son feos, tiemblan, quieren comida, amor, tu cama, tu alma, un demonio le habría exigido menos por un contrato en el séptimo círculo del infierno. Lo odiaba, siempre tan campante, como si fuera el dueño de la casa. Las locuras de Silvina. Un buen dóberman, o un gran danés habría sido la solución. Algo más majestuoso, que le dé miedo a un tipo que quiera meterse en tu casa. Era gracioso imaginarse al pobre Nani colgado del pantalón de un delincuente, como un broche viviente.
      Luego iría a visitar a su madre. Mamá no estaba muy bien, el frío le hacía chirriar las articulaciones, y contra eso no había aceite que valga, era bancársela, y quejarse, claro. Para eso era bueno Roberto, escuchar, escuchar, y nada de opinar cosas que alteren a Mamá. Ya tenía el discurso medio preparado. Tendría que acordarse de cronometrar bien la visita, no sea cuestión que lo retenga como la otra vez y llegue tarde al trabajo.
      Es ese sicofante que no entiende nada de códigos laborales. El mentado y benemérito Altúnez, que no lo traga ni con dos litros de Coca Cola. Cualquier excusa sería buena para echarlo de patitas en la calle.
      Acá no hay reloj. El tiempo en la oficina pertenecía a otra clase de dimensión, la misma que actuaba en la sala de espera. Se estira, se expande, y no hay Einstein que valga para un alma ansiosa. La hora no se pasaba más. Ordenar algunos papeles atrasados del día anterior y un par de llamadas solventaría un poco esta problemática témporo-espacial.
      El resto del día no representaba demasiado desafío. A Roberto no le gustaba planificar el ocio. Ya bastante le roía la mente sus obligaciones de adulto responsable. Ahí entró la vieja. Espero que sea nomás para firmarle la receta. Vieja conchuda, apurate.
      Tampoco es que había demasiado ocio en la vida de Roberto, pero cada tanto, alguna ruptura al esquema no venía para nada mal. Una salida al bar. Los encuentros con María. 
María, María. Si tan solo fueras un poco más como Silvina, y si Silvina fuera otro tanto como María. ¿No las podría fusionar? ¿no existía una máquina similar? La imaginación todavía se encontraba al servicio de la Ciencia, y no viceversa.
      Ahí se fue la vieja de mierda, qué suerte. No le gustaba para nada. Ya le había echado una mirada fea al entrar al consultorio. Estas ancianas que se creen las soberanas del universo por tener un par de arrugas en la frente y otro par de años más que uno sobre la Tierra. ¿Quién les daba ese derecho divino? No, a él no le pasaría lo mismo, cuando envejeciese (dentro de 10, 15 años, estimaba), le había prometido a Silvina que se callaría y dejaría que el mundo lo lleve en andas a su antojo, y no viceversa.
      Al final quedó solo Roberto, solo ante el universo y su dulce espera. Este no tan esperado embarazo que estaba llegando al fin de ciclo. Estas cosas nunca tenían solución. Había que aceptar al bebé en las entrañas y amarlo como a sí mismo. Darle cariño, contención, sangre, células, espacio en algunos órganos importantes, en caso de ser un niño demandante.
      Ahora por fin lo sabría. La verdad saldría a la luz, y Roberto sería capaz de ponerle un nombre al pequeñito ya no tan pequeño. Había pasado un par de meses desde su concepción, ya estaba un poco más desarrollado. Un lindo nombre, eso sería lo adecuado. Nada de estos estúpidos y rimbombantes patronímicos que solían colocarle los doctores. Tampoco el eufemismo de la inicial, ¿una gran C? Nada de eso, Nani segundo. 

Línea de partida

     Aleccionado por el bicho feo de la escritura y las gratas palabras de la gente bella que a uno lo empuja, así medio de sopetón, a seguir escribiendo, es que doy inicio a esta pequeña aventura blogueril.
     En las próximas entradas van a presenciar actos maravillosos, dignos de ver y otros no tanto, apuntes de escrituras, visiones del mundo, enervamientos mentales y, por sobre todas las cosas, la causa misma de la problemática humana: uno mismo. Nadie más, uno mismo y a hacerse cargo. Hay que gritarlo a los cuatro vientos, hacerse cargo de la Madame Bovary que nos ha tocado llevar a este caótico mundo de la escritura.
     Queridos y queridas, he engendrado un nuevo monstruo y les doy la bienvenida.

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