lunes, 19 de mayo de 2014

Día 1: El problema del nombre y la espera

      Roberto estaba en la dulce espera. Dos números delante. Hacía meses que el pequeñajo había sido concebido, a la manera del Señor. El doctor no era de los rápidos para atender, así que mejor era hacer otra cosa, de momento. Ojeó algunas revistas que estaban desperdigadas por sobre la mesa ratona y desistió en la idea. Susana Giménez modelo 88, Racing al descenso año 83 y un par de números de la Conozca más del 85, nada de relevante importancia para el 2014 que corre.  
      Roberto levantó la vista y se concentró en las fotos de la pequeña pared de enfrente. Tenía que mirar con cuidado, no vaya a ser que la señora de enfrente se pensara que la estaba mirando, no, no, nada de eso, ojos a los cuadros. Nada interesante, unos pequeños facsímiles de Miró, esos tipos de cuadros que hacen furor en los consultorios.
      ¿Por qué se estará tardando tanto? se preguntaba, mientras miraba el reloj con recelo psicópata. Roberto ensayaba un pequeño juego de pies digno de una resurrección de Neal Peart. Por suerte nadie miraba a nadie, esas cosas no se permitían en un consultorio, tampoco hablar demasiado, un par de estúpidas reglas implícitas, otro par de convenciones sociales. Bah, quizás eran sus pensamientos al respecto, tal vez el ecosistema artificial que se había imaginado en su mente no tenía nada que ver con un consultorio. Sin ir más lejos, ésta sala de espera estaba pintada con un verde fofo y adolescente, y para Roberto las salas tenían que ser blanco o nada.
      Pensó en lo que tenía que hacer mañana. Una pequeña lista para engolosinar al cerebro. Se levantaría un poco más temprano como para leer el diario tranquilo y no andar tan apurado. Tomaría un par de mates antes de levantar a Silvina. Después bostezaría un par de veces antes de ir al baño y luego de la rutina higiénica daría unas pequeñas y espasmódicas vueltas a la plaza. ¿Qué más? ¿Qué más? Cierto, el turno para cortarle el pelo al perro. Ese perro odioso, él no quería un chihuahua, son feos, tiemblan, quieren comida, amor, tu cama, tu alma, un demonio le habría exigido menos por un contrato en el séptimo círculo del infierno. Lo odiaba, siempre tan campante, como si fuera el dueño de la casa. Las locuras de Silvina. Un buen dóberman, o un gran danés habría sido la solución. Algo más majestuoso, que le dé miedo a un tipo que quiera meterse en tu casa. Era gracioso imaginarse al pobre Nani colgado del pantalón de un delincuente, como un broche viviente.
      Luego iría a visitar a su madre. Mamá no estaba muy bien, el frío le hacía chirriar las articulaciones, y contra eso no había aceite que valga, era bancársela, y quejarse, claro. Para eso era bueno Roberto, escuchar, escuchar, y nada de opinar cosas que alteren a Mamá. Ya tenía el discurso medio preparado. Tendría que acordarse de cronometrar bien la visita, no sea cuestión que lo retenga como la otra vez y llegue tarde al trabajo.
      Es ese sicofante que no entiende nada de códigos laborales. El mentado y benemérito Altúnez, que no lo traga ni con dos litros de Coca Cola. Cualquier excusa sería buena para echarlo de patitas en la calle.
      Acá no hay reloj. El tiempo en la oficina pertenecía a otra clase de dimensión, la misma que actuaba en la sala de espera. Se estira, se expande, y no hay Einstein que valga para un alma ansiosa. La hora no se pasaba más. Ordenar algunos papeles atrasados del día anterior y un par de llamadas solventaría un poco esta problemática témporo-espacial.
      El resto del día no representaba demasiado desafío. A Roberto no le gustaba planificar el ocio. Ya bastante le roía la mente sus obligaciones de adulto responsable. Ahí entró la vieja. Espero que sea nomás para firmarle la receta. Vieja conchuda, apurate.
      Tampoco es que había demasiado ocio en la vida de Roberto, pero cada tanto, alguna ruptura al esquema no venía para nada mal. Una salida al bar. Los encuentros con María. 
María, María. Si tan solo fueras un poco más como Silvina, y si Silvina fuera otro tanto como María. ¿No las podría fusionar? ¿no existía una máquina similar? La imaginación todavía se encontraba al servicio de la Ciencia, y no viceversa.
      Ahí se fue la vieja de mierda, qué suerte. No le gustaba para nada. Ya le había echado una mirada fea al entrar al consultorio. Estas ancianas que se creen las soberanas del universo por tener un par de arrugas en la frente y otro par de años más que uno sobre la Tierra. ¿Quién les daba ese derecho divino? No, a él no le pasaría lo mismo, cuando envejeciese (dentro de 10, 15 años, estimaba), le había prometido a Silvina que se callaría y dejaría que el mundo lo lleve en andas a su antojo, y no viceversa.
      Al final quedó solo Roberto, solo ante el universo y su dulce espera. Este no tan esperado embarazo que estaba llegando al fin de ciclo. Estas cosas nunca tenían solución. Había que aceptar al bebé en las entrañas y amarlo como a sí mismo. Darle cariño, contención, sangre, células, espacio en algunos órganos importantes, en caso de ser un niño demandante.
      Ahora por fin lo sabría. La verdad saldría a la luz, y Roberto sería capaz de ponerle un nombre al pequeñito ya no tan pequeño. Había pasado un par de meses desde su concepción, ya estaba un poco más desarrollado. Un lindo nombre, eso sería lo adecuado. Nada de estos estúpidos y rimbombantes patronímicos que solían colocarle los doctores. Tampoco el eufemismo de la inicial, ¿una gran C? Nada de eso, Nani segundo. 

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