jueves, 29 de mayo de 2014

Día 11: Uno de estos días, Alice...

      ¡Bum! seguido de otro ¡bum! Cosas así se podían oír cuando uno pasaba por las cercanías de un pueblo ya olvidado de Europa. Por la tarde se podía caminar tranquilo por el bosque, y retener en los pulmones los desechos de la primavera, que eran una delicia para las narices de los transeúntes, cuando ¡bum! seguido de otro ¡bum! ¿qué era eso, una fábrica de cohetes?.
      La respuesta es un poco más macabra y extraña. Eso era un habitante de este pueblito olvidado. Bah, lo era hasta que voló en mil pedazos, ahora es tan sólo una mancha roja sobre el pasto, una bonita mancha roja, por cierto.  
      Por supuesto, no había nada de agradable en un cadáver desfigurado. Aunque hay una historia más interesante detrás de estos bums.  Sucedió un día cualquiera, en un momento poco especial. Un campesino X se había quejado del precio del pescado, y emitió un improperio al vendedor que no me permiten transcribir en esta historia porque puede herir sensibilidades. De golpe, este campesino se puso violeta como una flor, y reventó enfrente a toda la gente que hacía la fila para hacer las compras. Reventó en forma literal. Sus vísceras mancharon todo el local del comerciante. Un viejo candelabro ahora tenía las tripas del campesino explotado como decoración.
       Todos pensaron que era un castigo de Dios. Los vecinos más escépticos sugirieron que se trataba de un hecho aislado, y que no volvería a ocurrir. Pero como en las mejores historias, sí volvió a ocurrir, y muchas veces, de formas cada vez más espectaculares. 
      Nadie entendía como de un momento de maldecir a la vecina, se podía terminar decapitado. En el resto de los habitantes de este pueblito, los que no eran escépticos, se comenzaron a anidar toda clase de fantasías y supersticiones. Obra de espíritus, diablos, brujas, hombres lobos, hombres zorros, hombres gallinas, gigantes, arañas parlantes, y así seguía la lista. Todos culpables de estas explosiones.
      Jörg era un hombre retraído. Ya había cumplido la mayoría de edad. Eso le permitía tener su propia granja, su propia mujer y su propia cabra. No era demasiado alto, pero sí bastante fornido como para dominar las tareas más rudas que demandan la vida de un campesino. A diferencia de su familia, y del pueblo entero, Jörg dedicaba su tiempo libre a cultivar el placer de la lectura.
      Sin lugar a dudas, este curioso personaje era el habitante más inteligente, y a su vez, más raro de este pueblo olvidado. Y fue Jörg quien descubrió el misterio de los bums. Más que descubrimiento fue una aclaración. 
      Jörg entendió antes que nadie que la gente empezaba a explotar por su mal carácter. Que cualquier circunstancia en que un ciudadano se viera expuesto a dosis de mal humor, las probabilidades para volar en mil pedazos por el aire se incrementaban de manera drástica.
      Es curioso, pero más allá de ignorarlo y tomarlo por loco, todo el pueblo olvidado tomó muy en serio las palabras de Jörg, quién tenía un puesto más que respetable en el gobierno de su comunidad.
      Desde aquel día, al pueblo olvidado se lo conoció como el pueblo más amable de toda Europa. Ningún improperio, nada de gestos obscenos, ni siquiera episodios de violencia doméstica. 
      En los anales de la historia podríamos afirmar que este es el final feliz, que no pasaría nada más sobre este pueblo olvidado, y que Jörg tendría un cuantioso éxito con su cabra. Pero en realidad, la historia comienza acá:

        Jörg era un hombre retraído. Ya había cumplido la mayoría de edad. Eso le permitía tener su propia granja, su propia mujer y su propia cabra. No era demasiado alto, pero sí bastante fornido como para dominar las tareas más rudas que demandan la vida de un campesino. A diferencia de su familia, y del pueblo entero, Jörg dedicaba su tiempo libre a cultivar el placer de la lectura.
      Un día cualquiera, Jörg se convirtió en el héroe de su pueblo. Había descubierto la solución al mal de las explosiones. Es una pena, porque ese fue el inicio de los martirios para el pobre campesino. 
      A decir verdad, la rueda del karma le estaba cayendo sobre su cabeza, y pesaba demasiado. Un giro de suerte, mala por supuesto, despedazaba el alma del pobre Jörg. Primero, el incendio del establo, después vino la muerte de su querida... cabra. Una semana después, sus cultivos se echaron a perder. Jörg se había vuelto de la noche a la mañana la burla de todo el pueblo. Así era la vida, hoy te respetan, mañana te untan en manteca.
      La racha del infortunio era grosera. El pobre Jörg tenía que soportarlo, de modo estoico. Un mínimo improperio podría llevarlo directo a la luna. Por ese tiempo, sus vecinos empezaban a notarlo un poco más colorado que de costumbre, con una tendencia al humor efervescente. Las viejas decían que anidaba el mal del cuco. Nadie me pregunte qué es ese mal, porque ni yo lo sé. 
      Dos semanas luego del incendio del establo, Jörg había podido reconstruirlo y subsanar los daños ocasionados. Y como si existiese un destino encabronado con una sola persona, no pasó una hora para que un fuerte viento volara las chapas de medio establo. 
      Jörg gruñó. Una pequeña estela de humo brotaba de su cabeza, como si una entidad invisible hubiese encendido una mecha. Con paso taciturno, se dirigió al fondo de la casa para buscar su vieja escalera. 
      Casi al llegar el techo, un escalón podrido cedió al peso de Jörg. De milagro cayó de bruces al techo. Ahora no se bajaría hasta que sus hijos trajesen otra escalera. Otro gruñido. 
      Con la parsimonia de un experto cirujano, Jörg extrajo el martillo y los clavos de su camisa de trabajo. Colocó el clavo sobre la superficie de la chapa, y se dispuso a accionar el martillo.
      La herramienta, rebelde a los reflejos de su dueño, quiso golpear un dedo antes que el clavo. El martillo se reía para sus adentro. 
      Jörg cerró sus ojos con fuerza, como si estuviese en la letrina del fondo. Luego respiró pesadamente, y dejó que de sus labios brotase un asfixiante: 

      - Mierda.

      El efecto fue inmediato, una bomba humana de más de 10 kilotones acababa de explotar. Así fue como el pueblo olvidado hizo ¡bum! seguido de otro ¡bum! y ya nadie volvió a saber más nada de él. 
        

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