sábado, 31 de mayo de 2014

Día 13: El heraldo

      Hola, mi nombre es Agustín Bustamante, soy el mensajero de la Muerte y estoy cansado. He caminado por vastos terrenos, he presenciado el amanecer y el ocaso de grandes civilizaciones, he portado miles de nombres, pero nada de eso importa, salvo este hastío que crece a medida que las horas pasan.
      Al principio era un trabajo fácil. La inmortalidad parecía ser una buena paga, aunque lo sea solo en su apariencia. Luego, la rutina. El vil mecanismo que se repite, una y otra vez, las mismas coordenadas, tan solo mezcladas como para darle un aspecto más novedoso, aunque no deja de ser lo mismo.
      Escribo estas palabras y me cuesta llevar adelante la narración. Estoy cansado de vivir por nada. Cansado de ser un esclavo de la conmiseración de mi dueño y señor. Harto de empujar las manivelas de este circo corrupto. 
      Recuerdo como si fuese ayer el día en que me presenté en el castillo de ese viejo señor feudal para anunciar su muerte. En ese entonces aún desempeñaba mi trabajo con la pompa y circunstancia que requería la ocasión. Ese atrevimiento me valió una estadía sin cargo en las mazmorras del castillo, todo gracias a ese viejo indolente.
      En mi larga vida he conocido filósofos, nigromantes, políticos, escritores, actores, asesinos, gente común, este viejo que les mencionaba, y de ninguno he obtenido sabiduría alguna. Mi rol solo se extendía a presentarles de manera somera su lóbrego futuro. Nada de diálogos rutilantes o cargados de algún tipo de esencia trascendental para mí. Tan solo mi estudiado y cansino monólogo acerca del abrazo de las tinieblas que se cernía, inevitable, sobre sus almas. 
      Sí, amantes de lo frívolo y lo banal, no se engañen ni se dejen llevar por la envidia. Nada de autógrafos he obtenido de las celebridades que he conocido. Incluso mi fama ha sido arrebatada por alguien que ni siquiera existe.
      ¿Sorprendidos? Yo les asevero que la parca es puro cuento. Mentiras, inventos de hombres temerosos de la Muerte que les espera. A decir verdad, ni siquiera sé cómo ocurre, porque el hecho se consuma a mis espaldas. Mi jefe es un asesino silente, que no pide permiso ni dice buenos días. Todavía no sé cómo lo hace. Es parte de su magia.
      Cómo todo buen explotador, prefiere ocultarse en un conveniente anonimato. Y a mí, el pobre Bustamante, la cara bonita de esta empresa, que se embrome, total para eso le pagamos.
      Mi moneda, esa miseria de eternidad. Estoy cansado, nadie me advirtió los riesgos de ser un mensajero de la Muerte. Nadie.
      Estoy sentado, a la espera. Sé que mi relevo tiene que llegar. Ayer presenté en su oficina mi renuncia. Espero de una vez por todas tener un grato y largo descanso.

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