martes, 20 de mayo de 2014

Día 2: Memorias del mate

       Dicen que cuando el mate muere, no sufre. ¿Pero quién lo asevera? ¿la ciencia detrás de una burda pantomima? ¿los acólitos de esta infusión que tratan de adornar su adicción con un revire místico impensado? La cuestión abre un debate más que interesante.
      Muchos creyentes pregonan las desventuras de un primigenio mate que murió por los pecados y futura redención de sus descendientes. Está claro, ese mate era amargo.
       El mate dulce es, de acuerdo a esta gran masa de seguidores, una desviación de la naturaleza. Nada de burdas teorías evolutivas, el mate así como lo conocemos, amargo y sacrificado, nació hace unos 25 años atrás, en una callecita de Barracas. Dice el libro del buen mate que este primer mate ha sido encontrado, amargo, caliente y cebado en el fondo del taller de un viejo herrero. Los malos comentarios alegaban que el viejo estaba metido en algo pesado, pero el tiempo se encargó de recompensar a este buen mártir.
      Sin desviarnos del tema que nos compete, y de acuerdo al producto de arduas investigaciones, podemos concluir energéticamente que el mate sí sufre al morir, sea dulce o amargo, y que no hay vida después de la yerba tirada al tacho.


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