miércoles, 21 de mayo de 2014

Día 3: Las andanzas de Don Peluchini

  La verdad sea dicha: el morbo atrae, y por consecuencia, todo lo que lo rodea. Nos atrae de sobremanera la espectacularidad con que un simple rayo fulmina a un simple ser humano, o quedamos fascinados al borde de la pantalla, con una bolsa de maní en cada mano, al ver la forma en que un cocodrilo, una mantarraya o un pequeño caniche toy se atraganta con la cola de una ballena. Así es el morbo, así es la vida.
  Por otra parte, el crimen, la mera idea de delito, esa que volvió un poco loco a un tal Raskolnikof unos años atrás en un cierto libro de un cierto autor que ahora se me olvida el nombre. La atracción que ejerce el ladrón de guante blanco es sublime. Esta clase de delincuentes son una especie de encantadores de serpientes a domicilio. ¡El asombro! ¡la magia!, casi como tener un cine en casa, o un elefante, lo mismo da. Así es el morbo.
  Lo que nadie nos cuenta de esta bonita tendencia humana es que en un pequeño rincón del conurbano, más precisamente en Wilde, en el jardincito N° 5 "María Montesori", el pequeño Salvatore Andolini, de 3 añitos ha comenzado su ciclo lectivo. Muchos de nuestros queridos lectores se preguntarán asombrados ¿quién es María Montesori?, o ¿por qué un elefante? Ninguna de esas preguntas nos importa en este momento responder, tampoco creo que a Salva le interese demasiado. 
  Salvatore Andolini, como su nombre lo indica, es un argentino de pura cepa, arraigado en las costumbres de nuestro país. A principios de Abril de 2014, por razones que muchos autores pueden atribuir a un azar divino, o al fruto de una casualidad programada, Salvatore conoció en salita azul a Tomás Siffredo, Tomasito para los amigos. Esta clase de uniones son únicas en la galaxia, se producen con menos frecuencia con la que una hipernova destruye una galaxia entera, lo que nuestra curiosa especie ha dado por llamar amistad. 
  El jardín de Infantes N° 5 María Montesori, como ese lejano tren que alguna vez transportó por primera vez a un tal John Lennon y a un fulano apellidado McCartney, fue el testigo privilegiado de esta unión. El resto de los lectores podrán volverse a preguntar, ¿por qué un elefante? ¿por qué John Lennon y un elefante? Yo me preguntaría ahora lo mismo, si nadie quiere a los elefantes, son sucios, grandes, rosados, y tienen una tendencia acentuada a cometer suicidios rituales. La respuesta a este intríngulis momentáneo sería: el morbo atrae, sin lugar a dudas.
  Salvatore Andolini sabía que contaba con una herramienta única, un encanto a toda prueba que le permitía engatusar a cualquiera que se lo propusiese, y así fue. Su primer víctima fue Tomasito, su hoy incondicional mano derecha. Desde el primer recreo no hubo dudas. Primero fue el tobogán: nadie iba a subirse sin su autorización. El peaje en ese momento era de un caramelo (hoy en día, de acuerdo a nuestras fuentes internas, estaría cercano a los 3 caramelos y medio). La calesita era diferente, nada de palitos de la selva o huevito Kinder, la calesita requería una reunión con el mismo Salvatore, que para fines de Abril, ya contaba con una pequeña oficina entre la caja de arena y el baño de varones.
  La escena era repetida. Un pequeño y temeroso niño se acercaba al improvisado espacio de Salvatore, el cuál con gesto adusto le indica con la mano que se acerque. El solicitante, con su acotado léxico le indica su deseo de subirse a la calesita, y la respuesta era siempre la misma: tendría el permiso, a pesar de venir en la hora del recreo, pero es posible que algún día fuera a requerir de sus servicios. Y desde ese día, todos en el jardín comenzaron a conocer las andanzas de Don Peluchini.
  Dicen que para principios de Mayo su red de influencias era tan grande dentro del jardín, que ningún nene o nena dentro del mismo podía pedir una galletita o una taza extra de leche sin su consentimiento. Los encantos de Salvatore y la tenacidad operativa de Tomasito habían mermado las capacidades de la portera a la hora de tomar la leche. Incluso la señorita de música cantaba solo los temas que el pequeño Salva dictaminaba, que por cierto eran pedidos más que extraños: Andrea Bocelli, Eros Ramazzotti, Nicola di Bari, Rafaella Carrá, y así sucesivamente.
  A mediados de Mayo se presentaron pequeños problemas dentro del imperio en alza de Don Peluchini. Una organización de chicos de la última salita, liderados por Micaela Rodríguez, había tomado las hamacas. Este fue el principio del fin.
  El recreo fue testigo de vastas batallas campales, tiradas de pelo, tropezones, cachetazos, patadas, a lo que Don Peluchini permaneció absorto. Su ojos solo pertenecían a Mica, la más hermosa nena del jardín. El pequeño Salva a temprana edad había descubierto el amor, o algo parecido. Hace unos días le preguntaron a los papis de Don Peluchini qué opinaban respecto a todo esto, la respuesta de Omar Andolini fue la siguiente: "Sabemos que Salva es medio revoltoso, pero así son los chicos, luego crecen y se les pasa. Ahora me contó que tiene novia, pero nos hizo prometer que por favor no se lo digan a ella".

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