jueves, 22 de mayo de 2014

Día 4: La pelota sí se mancha

      Desde que nuestros remotos antepasados, los hombres de las cavernas, descubrieron el fuego, es que necesitaron calor. Calor de hogar, calor de compañía. Entre techo y mujeres, nuestro pariente lejano empezó a aburrirse. Hay que imaginarse, sin tele, sin internet, poco desarrollo léxico, todo más de lo mismo. Claro, el antiguo neanderthal sabía del aburrimiento, más que nadie, por eso inventó historias.
      Historias, y más historias, hasta el fin de los tiempos. Ésta es una de ellas. Una sucesión de hecho narrados, un montón de situaciones de características épicas, el llanto, el amor, la poesía, el esfuerzo, la alegría. Esta historia tiene todo eso, y mucho más. Ajústense los cinturones: hoy van a leer mi historia con los deportes.
      Lo primero, ante todo, una confesión. Ya lo saben, no hay mejor forma de indagarse a uno mismo, de perforar en la tensión autobiográfica, que con una confesión. Aquí mismo les puedo decir que yo no nací siendo hincha del club de fútbol que ahora soy. No, señoras y señores, sé que a algunos les parecerá un detalle incómodo, y otras gritarán horrorizadas por esta actitud vil de un servidor. 
      Si, lo confieso, soy culpable. Hubo un tiempo, muy lejano, muy remoto, a principios de los años 90, en el que fui hincha de Boca Juniors, así lo fue hasta mis 7, 8 años de vida. Tampoco era un gran seguidor del fútbol, pero he coleccionado sabiduría a base de escuchar partidos en radio y pegar figuritas en álbumes. Algo es algo, ¿no?. Se preguntarán que ocurrió hacia mis ocho añitos, que viró el timón de un modo tan hórrido para resultar en lo que muchos podrían llamar una herejía deportiva. Se lo podrán imaginar, a esa tierna edad conocí el amor. Una nena me puso contra las cuerdas, y no pude más que responder con las estupideces que puede realizar un chico de 8 años, y eso es, de forma lógica, cambiándome de club. Ella es de Racing club, yo tengo que ser de Racing club, más fácil que uno más uno es dos. Por cierto, Francella, y otras grandes celebridades son de Racing, así que tan mal club no debe ser. Lógica y razonamiento de un chico de ocho años, con experiencia cero en vida, deporte y demases yerbas.
      No fue fácil, me mudé al club de los sacrificados, de los que nunca ganan nada, festejé con euforia adolescente el campeonato obtenido en el 2001, hasta salí a la calle con un vecino, también de Racing. Mucha locura, puedo asegurar que había bastante gente en las ralas calles de Brandsen, no es cuento. Luego de eso, mi entusiasmo por el fútbol, que en ese entonces no era desaforado, decayó. Dejé de escuchar partidos por radio, dejé de verlos. Abandoné categóricamente.
      Claro, la adolescencia no fue fácil, había que concentrarse en otras cosas, como por ejemplo, los problemas que había en mi cabeza. Problemas de la vida: uno mismo, así dictamina con gran acierto este blog.
      Aún más trágica fue mi experiencia práctica con el mundo del deporte. Si existió alguna vez un ser superior que decidió crearme, de seguro se olvidó de incorporarme la coordinación motora. Nací como lo que en muchos barrios consideran un "pata dura", cero habilidad deportiva. Se imaginan, entonces, que mi paso por las clases de actividad física no ha sido de las más memorables. Tampoco lo fue para los profesores que me han guiado en ese camino. Aún así, si es que existe la justicia y el karma, me van a saber reconocer que mi esfuerzo, lo que yo siempre les digo a todos los que me conocen, mi maña, se supo ganar un lugar en el corazón de los profes, y a fuerza de esa maña es que siempre terminé mis cuatrimestres en la escuela con notas más que óptimas para el pata dura que resulté ser.
      Aproveché de algún modo ciertas cualidades con las que sí me habían dotado, que es esta flacura extrema que me acompaña hasta hoy día, flaco como un finado profesor mío, que me solía decir: "Yo peso 50 kilos mojado y con monedas en los bolsillos". Algo así puedo ilustrarles acerca de mi condición física. Eso me favoreció, porque sin coordinar de la mejor forma, podía ser rápido, quizás no tan rápido como el chico que nace con ese talento, pero sí lo suficiente como para al menos distinguirme en ese plano del mundo del deporte.
      Así como por casualidad conocí al basket, el deporte que mucho tiempo después me enamoró, y aún hoy día sigo siendo un incondicional amante. De nuevo, nunca destaqué. Pero siempre mi rigurosidad con el entrenamiento y mi velocidad logró que me ganara un cierto respeto de mi entrenador en ese entonces. No iba a ser el que anotara la mayor cantidad de puntos, pero sí iba a tratar de defender como loco, y salir disparado como cohete en un contraataque para tratar de meter algún que otro puntito. Quiero creer que algo de eso supo ver Roque, mi entrenador.
      Mi meteórica y accidentada (y por igual meteórica) carrera en el basket, falleció cuando cumplí los 20 años. Ya para mis 18 años, cuando salí del secundario, mi régimen de entrenamiento no era el mismo. Ya no competía, me faltaba categoría por ser demasiado "viejo". Y paulatinamente cedí, hasta abandonar por completo. En su momento tuve mis excusas: el estudio, el trabajo, las mujeres, y consideraciones varias. El sacrificio para con el deporte ya no era el mismo, mis ganas de perder una mañana de domingo para calentar el asiento de un banco de suplentes ya no era el mismo.
      Hace unos meses, con casi 30 años en el bolsillo, traté de volver. Pero mi cuerpo ya me pasa factura. Sigo corriendo como un condenado, pero el karma de mi poco talento y mi poca coordinación me siguen a todos lados donde voy. Y volví a abandonar.

      Hoy día puedo decirles que me gusta mucho mirar por televisión o internet cualquier deporte televisado, de preferencia basket. Ya hice las paces con mi destino. Sé que voy a morir siendo un pata dura, pero no me importa. Ya no importa porque rescato que mis intenciones, mi historia con el deporte, nació del amor, como ese acto que me hizo en ese entonces cambiar de club de fútbol. Es el amor al movimiento, a la actividad física. Nunca un mejor término inventado: soy un amateur. Y a esta altura de mi vida, me siento con la suficiente autoridad como para decirles a todos que la pelota sí se mancha. 

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