sábado, 24 de mayo de 2014

Día 6: Una de terror: La casa de cuchillos.

      No es lo típico tener un suministro de curitas en tu casa como para tapar un estadio repleto de torres eiffels. Tampoco es muy común ver a una pareja joven vivir como nómadas, alternando viajes con visitas a profesionales de diversas índoles. Todo muy misterioso, ¿no? Ésta no es la típica historia de terror, aunque de algún modo lo es. Una historia de terror con todas las letras, y sustos.
      Esto que les voy a contar comenzó hará unos cinco años atrás, con la muerte de Carlos L., un tipo común, nada para destacar, salvo una curiosa afición por los cuchillos. Carlos L. llevaba una tranquila vida de jubilado en las afueras de Barracas, hasta que la vida le dejó de ser tranquila, incluso dejó de ser vida. Carlos no llegó al hospital, el paro fue fulminante.
     Un par de años después, por algunos apuros económicos, los nietos de Carlos decidieron poner la casa en alquiler. La casa era común y corriente, ningún prontuario de casa embrujada o agente inmobiliario de película en que uno se entera que ahí en esa vivienda había ocurrido un horrible asesinato. Nada de nada, una casa común. Un poco cara, lo único, yo no habría pagado tanto por un sucucho así. 
      Pero plata no era lo que faltaba a los felices recién casados Ricardo y Mabel, una parejita llegada del interior del país. Los primeros meses en la ex casa de Carlos fueron fantásticos. Sexo a pleno, reuniones con amigos y música a todo lo que da. Lo típico, ¿no?
      Bueno, acá es donde las cosas dejan de ser tan típicas. Fue una noche. Ricardo estaba apuradísimo para ir al baño, un intruso de la magnitud de Genghis Khan necesitaba ser evacuado de su parte trasera. Tan apurado estaba que ni picaporte usó. La puerta fue abierta de un empujón rugbier. El intruso de verdad era grande y gordo.
      Ricardo tiró la cadena con satisfacción y se acostó junto a Mabel. Para su sorpresa, sintió el brazo mojado. ¡Qué raro!, si no había hecho del uno. Y no, no era pis, era algo más rojo. Salvo que su pis sea rojo, eso era sangre, y el tajo era importante. Como la casa era vieja, seguro que la puerta debe tener una astilla, ningún motivo para preocuparse.
      ¡Y ojalá hubiera sido una astilla! Porque escenas como éstas se comenzaron a repetir de manera más frecuente. Primero, la cadena del baño, después al abrir la alacena, y finalmente todo lo que tuviera masa o protuberancia. La situación era desesperante.
      Mabel y Ricardo no creían en explicaciones de índole sobrenatural. Así que los meses pasaron y pasaron, con ideas y teorías por acá, visitas al doctor por allá, y de compras por la farmacia, ya lo saben, ¿no? curitas.
      Un día, cuando estaba por sentarse en el sillón del living, Mabel sintió un dolor tremendo en la nalga derecha, como si le hubieran clavado algo. De hecho algo se había clavado. El doctor dictaminó sin dudarlo: "Esto es obra de un cuchillo. Uno muy filoso, por cierto. Menos mal que no se sentó del todo, Mabel". Si, menos mal, porque se hubiera achurado la bonita nalga derecha que tenía Mabel. 
      Las respuestas cayeron una tras otra, como granizo previo a una posterior lluvia. Respuestas dolorosas, pero respuestas al fin. Mabel recordó un incidente sin mucha importancia, que ocurrió la semana pasada, cuando uno de los nietos de Carlos vino a reclamar a su casa una colección de cuchillos que era muy apreciada por su finado abuelo.
      Cuchillos, finado abuelo, cortes, nalga derecha. Todo tenía sentido. Esto era obra de un espíritu. Algo absolutamente absurdo e increíble. Pero, para qué negarlo. Ya habían agotado todas las instancias de raciocinio, cada recoveco de conocimiento lógico había sido cubierto por ésta joven pareja. Ahora no cabía duda, el espíritu del viejo quería su colección de cuchillos, y no se molestaba en cortar a quien sea que se interponga entre ellos.
      Dentro de esta retorcida teoría, Ricardo creía firmemente que el viejo Carlos era un monomaníaco. En todos los documentales y películas de espíritus, uno podía maravillarse ante el cuantioso arsenal de estas fuerzas sobrenaturales, mientras que el viejo Carlos solo pensaba en cuchillos, cuchillos, cuchillos y nada más. Eso era sin lugar a dudas una monomanía de viejo senil.
     Los pocos espiritistas consultados, de dudosa seriedad, confirmaron sus teorías. Los recorridos por especialistas facultativos, doctores, abogados, lo que venga, empezaron. Todo más o menos se revestía de cierto sentido. Había que encontrar los cuchillos y devolvérselos de alguna manera al muerto. No sabían cómo, pero eso había que hacer. 
     Los cuchillos nunca fueron encontrados. Una copia falsa de esta colección tampoco ayudó. El asedio continuaba, día a día, sin mermar en su intensidad. Mabel y Ricardo parecían a esa altura una pareja de momias hechas de curitas. Juro que es así. 
       En vistas de posibles soluciones se experimentaron exorcismos, contactos del más allá a través de mediums, juego de la copa, foros de internet, y mucho más. Nada sin surtir el efecto deseado, los cuchillos de Carlos seguían a la espera de las carnes de la joven pareja.
      Mabel, ya alterada por la situación, le sugirió a Ricardo mudarse de Barracas a otra casa, que por ahí el espíritu se queda donde se murió. Pero no, a Carlos también le gustaba viajar. 
      Cualquiera sea la residencia, Carlos y sus cuchillos a los días se instalaba. Incluso llegó a merodear en carpas, hoteles, clínicas y el mero aire libre. Tendrían que ver lo que es una verdadera vaca pinchuda.
     Así como situaciones desesperantes requieren acciones desesperantes, la joven pareja tomó una, acorde al tenor de la molestia que los aquejaban. El razonamiento era el siguiente: si nos encontramos frente a un viejo senil aficionado por los cuchillos, que no hace otra cosa que pinchar, cortar y rebanar, lo cual es una situación inaudita, ¿por qué no ofrecemos una respuesta del mismo calibre?
      Los lectores ya se estarán lamentando de antemano, sin saber ni siquiera lo que está por venir. La solución fue la siguiente: hacer una casa pequeñita, pequeñita, donde solo cupieran Mabel y Ricardo, y nadie más que no sea invitado sin previo consentimiento de la pareja, sea un humano vivo, muerto o en estado de duda existencial. Así fue.
      Quisiera decirles que la historia tuvo un final feliz, pero lamento decir que no, no al menos en esta historia de terror. Sorpresa grande fue la que se encontraron sus vecinos de turno al entrar al mini dominio. Una sonora explosión los despertó como a eso de las dos de la mañana.
     La dantesca escena era el peor espectáculo visual desde la invención del arte abstracto. De lo que quedaba de las chapas colgaban pedazos de pulmones. Manchas pollockianas inundaban las paredes. El picadillo de carne, lacerado, pinchado, cortado por doquier no servía ni para colador. Esos retazos de seres humanos que alguna vez supieron ser los cuerpos de Mabel y Ricardo.
      Los sabelotodos podrán aventurar que esto no fue algo más que una venganza de Carlos por no haber obtenido sus cuchillos después de tanto tiempo, o incluso que la pareja ha sido víctima de la senilidad de Carlos, pero no. Mejor dicho, es una verdad a medias. Hay que decantar por la explicación más sencilla y usar la navaja de Ockham.
      Este accidente carnicero se generó un poco por la senilidad de Carlos. Puedo asegurarles que no estaba en los planes de Carlos lastimarlos, para nada. Es que estaba viejito y no podía controlar demasiado sus poderes sobrenaturales. Los cuchillos del más allá le temblequeaban en sus ectoplasmáticas falanges. 
      Lo de la casa chiquita fue demasiado para el pobre Carlos. Bastante se las ingeniaba para no lastimarlos mucho en una casa grande, o incluso en el campo, imagínense en un cubo de dos por dos metros, cortar y lastimar era inevitable. Además había que convenir que a esa altura, el poder de manejar su colección de cuchillos del más allá se le había ido un poco de las manos, y no hay nada peor que un anciano senil, sino un anciano fantasma senil.



      
   

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