domingo, 25 de mayo de 2014

Día 7: El cuento de la planta

       Extrañas paternidades las que se contraen en pleno siglo XXI. Uno podría aseverar que es el espíritu posmodernista. Hay de todo: familia "normal", familia recauchutada, familia centro y periferia, familia de una sola persona, no-familia y patronazgo satelital. A todos los modos de hacerse padre le agregaría el caso de Vicente.
    Vicente era un solterón empedernido. 52 años en esta tierra sin pareja fija lo atestiguan. Y no era que llevara una vida de jarana total, pero digamos que quería exprimir los años que le quedaban en esta roca con oxígeno. 
        Una noche como cualquiera Vicente se dispuso a cocinar, bah, a elegir delivery. En realidad no era una noche como cualquiera, era viernes, y a esa altura de la semana ya el cuerpo del pobre solterón estaba en fase posdestructiva. ¿Qué comemos? ¿pizza? no, eso encargué ayer, vamos a variar, llamemos a este que nunca probé: "Delicatessen ultraterrenal". Suena convincente.
        Una hora después, altercado con el chico del delivery mediante, el pedido de Vicente llegó a su departamento. Una probadita bastó. Si este plato se hubiera preparado masivamente, la segunda guerra mundial se acababa en un día. Así de feo era. Hay que imaginar un extraño plato pseudonaturista con carne, acelga, tofu, vinagre, rúcula y dulce de leche.
        Mejor era tirar todo al inodoro. Sí, Vicente come en el baño. Sé que suena raro, pero así es: muchos problemas digestivos, así que mejor era estar preparado. Cinco minutos después, sin falta, el inodoro estaba recibiendo con una grata sonrisa los desperdicios intestinales de Vicente. Cadena y a la bolsa.
        No fue hasta dos meses después, cuando sintió un tuc tuc en el inodoro, que Gladys salió a la luz. Es que se había escondido. ¿Quién es Gladys? Pues claro, es la hija de Vicente. Bueno, quizás la pregunta correcta no sea quién es Gladys, sino más bien, qué es Gladys.
        De acuerdo al chico del vivero, Gladys es una "Dionaea Animula Vagula Blandula Unica", o en nuestro criollo posmoderno una planta carnívora de características únicas, o para Vicente: Gladys, o hija.
        No crean que Vicente adoptó su paternidad de buen grado. Fue todo un proceso. Al principio trató de sacarla del inodoro, para matarla. Pero la pobre comenzó a temblar tanto, que a Vicente le dio lástima. Y Gladys creció, creció, creció, casi hasta tocar el techo. El pobre inodoro ya estaba algo resquebrajado. Para ese entonces, Vicente tenía que hacer sus deposiciones en un bowl. Por suerte, a Gladys le encantaba más que la carne y los pedidos del chico del delivery. Gladys devoraba con afición todo lo que salía de la parte trasera de su padre, y cuando más chirla salía, más rica era, ¡qué manjar!
        Claro que para un ser humano promedio la coprofagia no es una dieta de las más aconsejables, aunque para Gladys era el mejor fertilizante y aliciente de amor de Padre a hija.
       El plomero no estuvo demasiado de acuerdo en poner un segundo inodoro, comentaba que las cañerías no iban a aguantar. Luego de varias discusiones con Vicente, el segundo inodoro fue una realidad. Aunque el pobre plomero tuvo un destino trágico. Gladys así descubrió, en su tierna adolescencia de plantita única, lo rico que era la carne humana.
        
        Muy extrañas paternidades son contraídas en pleno siglo XXI, sobre todo si de Vicente nos referimos. Me han contado que en estos momentos Vicente le está buscando un hermanito a Gladys. Veremos qué surge de eso.

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