lunes, 26 de mayo de 2014

Día 8: La broma del sol

       ¡Ingratos, ingratos! Farfullaba el sol en sus solares diatribas. ¡Me deben aunque sea las gracias, mortales! Día tras día, asegurándoles luz, calor y ¿qué recibía él a cambio? Una grandísima nada.
      Pero esta vez se la iban a pagar. Quizás no sería la estrella más grande de la galaxia. Incluso tampoco la más brillante. Tampoco tenía un nombre tan llamativo como sus hermanas. Aun así podía jactarse de poseer algo que sus hermanas carecía: un planeta lleno de millones y millones de monos ingratos. Por qué eso eran, unos ¡ingratos, ingratos! Su núcleo hervía de una ira ancestral.    
      Todo había ocurrido en un abrir y cerrar de ojos, el universo, en un guiño astuto, había previsto las condiciones necesarias para que los monos reinaran, y todo gracias a él. ¿Y qué habían hecho estos ex cuadrúpedos? Alabar mentiras, olvidar sus raíces, y para mal de peores, olvidar a su ígneo benefactor. Ya me van a extrañar cuando crezca, maldecía para sus adentros en una lengua solo entendida por estrellas de su estirpe.
      Tenía que reconocer, ya le habían advertido, que la edad lo estaba volviendo un viejo taimado y mal humorado, y en realidad nada le venía bien. Esa era la clase de mensajes de luz que recibía a millones de kilómetros de parte de amigas y hermanas. 
      ¡Ja! ¿Yo, malhumorado, taimado? ¿Quiénes se creen que son? Soy dador de vida, luz, seguridad, tengo unos monos subdesarrollados al alcance de mis rayos que pierden el tiempo buscando a una cosa llamada dios, y se olvidaron de mirarme. 
      ¿Malhumorado? Conozco un par de bromas muy graciosas, van a ver cuánto humor tengo. Tengo un par de trucos que ninguno de ellos conocen. Nadie puede romper las reglas de lo instaurado mejor que nosotros, los verdaderos dioses del espacio.
          Así que el sol decidió dar un paseo, de un par de años, claro, en su vida no representaba más que una micronésima de segundo si hablamos en años de humano. Ese par de años fueron las mejores vacaciones de su vida, lejos de la ingratitud de una especie que quería escupir por encima de sus cabezas como si de ese infantil juego sus vidas se tratasen.
      Lejos de cualquier especie, la soledad que conocen sus hermanas, para pensar, viajar, cultivar sus átomos, renovar energías. 
      Debo decir que en la Tierra no tomaron muy a chiste la broma del sol. No muchas especies quedaron vivas luego de este chascarrillo solar. Tan solo un par de microorganismos, que reían a más no poder.
       

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