martes, 27 de mayo de 2014

Día 9: La otra historia del caballo de Troya

      El día en que ese armatoste hizo su entrada a través de las murallas de la ciudad, Hemófilo, el beocio quedó anonadado. Nunca había visto algo similar. En ese entonces, aquel humilde comerciante estaba hastiado de la guerra. Los teucros, famélicos desde que la invasión argiva daba lugar, ya no estaban interesados en comprar sus exóticos productos de Oriente. La situación era acuciante. 
      Hemófilo había tomado una decisión, esa noche huiría de Ilión. Y otra determinación del momento: robaría ese hermoso caballo de madera y lo mostraría al mundo, para que aprecien su fabulosa constitución... obvio que a cambio de un módico precio. Hemófilo se frotaba las manos. Ese caballito lo haría rico.
      El humilde comerciante soñaba despierto, toda la fama, los aplausos, su propia casa de placeres, un gran terreno para cultivar sus propios alimentos, alejado en la montaña. Pero para eso, primero tendría que engañar a la guardia, y por eso tenía que hacerlo de noche. Esa noche era la indicada.
      Diomedes farfullaba. Ese pequeño cerebro y sus planes. Mandarse a meter adentro de un caballo, él y su claustrofobia. Todos sudorosos, con las piernas acalambradas, ¿cuánto faltaba para la noche? Héctor ni sentiría el golpe. Esa noche Ilión ardería en llamas. Un pequeño ruido lo trajo a la realidad. Alguien estaba merodeando afuera.
      La ilusión de llevarse a la rastra al enorme caballo duró poco para Hemófilo. Una estructura de casi 30 metros de alto difícilmente podría ser acarreada por sus pobres fuerzas, ni siquiera con la ayuda de sus bienaventurados hijos. Así que solo quedaría escapar, la nave estaba esperando.
      Cabe destacar que los beocios son pésimos navegantes, quizás los peores en la Hélade. En Beocia solo pensaban en cultivos, el resto era para los aventureros. Hemófilo no era ni una cosa ni la otra, solo un oportunista comerciante que sentía la ungida necesidad de escapar, cuánto antes. 
      Las naves aqueas no se percataron de ese escape, estaban demasiado preocupados en otros menesteres. El mar Egeo estaba calmo como un desierto. Un total giro de la fortuna depositó a Hemófilo y su familia en puerto seguro.
      El comerciante agradeció a Poseidón por su buen arribo a tierra, y le dedicó un cordero sacrificado una vez llegado a su pueblo. A pesar de todo, Hemófilo no podía quitarse una idea de la cabeza: ese maldito y pesado caballo de madera. Sus visiones de fortuna se habían esfumado como la lluvia aplaca el fuego de una pira.
      Con pocas monedas en los bolsillos y un futuro menos promisorio del que se había imaginado, Hemófilo tuvo una idea desesperada: reconstruiría el caballo de madera, sería su propia versión.
      Muchos meses después, luego de arduos días de trabajo, el proyecto de Hemófilo llegó a su fin. No era ni tan alto ni tan majestuoso como el original, pero era una digna imitación al fin y al cabo. En ese entonces, las noticias de la toma de Ilión volaban, desde los rincones más lejanos de Jonia hasta las tierras del Peloponeso. 
      Hemófilo viajó dos días hasta llegar a la polis más cercana, un pequeño pueblo beocio lleno de campesinos ignorantes. La presentación del caballo era un éxito abrumador. Todos los días las prendas del comerciante terminaban llenas de monedas. 
      Hacia el quinto día de su presentación, un anciano llegó a este pueblo. Atraído por la multitud, se acercó a paso cojo a ver lo que ocurría.
      Al encontrarse con el caballo, con gesto enigmático, el anciano carraspeó, tan fuerte como para llamar la atención de Hemófilo.

      - ¿Gentil hombre, desea algo? -Convino amable el comerciante.

      El anciano, sordo al pedido de Hemófilo, se acercó al caballo y lo rodeó, examinándolo.
Murmuraba algo para sus adentros. Hemófilo estaba a punto de repetir su pregunta, en el momento que el anciano, con estentórea voz proclama: 

      - ¡Es todo mentira, mentira!

      El comerciante estaba empezando a perder la paciencia. Un grupo de campesinos se acercó, interesados por una posible pelea.

      - ¿Qué es mentira, mi buen señor?

      - Pues todo. -Convino el anciano.

      - ¿Qué es todo?

      - En primer lugar, este ejemplar es mucho más pequeño que el original. Dudo que pueda albergar dentro de su ser no más de cinco hombres de batalla. Segundo, no encuentro la escotilla de salida, ¿Sabía usted que el caballo de Ilión albergaba guerreros aqueos? ¿Sabía que fue todo un engaño para tomar la ciudad?

      Hemófilo estaba desairado. No, no sabía nada de eso.

      - Entonces es mentira. Un vil engaño. Una treta a estos pobres campesinos. ¿Quiere saber usted lo que ocurrió con el verdadero caballo de madera? Yo le responderé. Ese caballo fue arrojado al mar. Un gesto de afrenta para el Dios de las aguas.

      - Poseidón- agregó Hemófilo, orgulloso de su Dios benefactor.

      - Haga el favor de no nombrármelo, humilde comerciante.

      El anciano se retiró en silencio, todavía murmurando cosas. El pueblo exigió a Hemófilo que devuelva sus ganancias, y por fortuna, evitó ser sentenciado a morir.
      El viejo hombre, al abandonar las murallas de la polis, aceleró el paso. Nadie observaba. Su caminar era el de un hombre mucho más joven de lo que aparentaba.
      Ya estaba cerca, un viaje más y por fin vería a su familia. Ítaca, allá vamos.

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