lunes, 30 de junio de 2014

Día 43: Ansiedad

      Ansiedad. Ansiedad de coger, mear, comer, cagar, reproducirse, no puedo esperar lo quiero todo ya, ya, ya. No puedo esperar que las palabras vayan más rápido que mis acciones. Me destripo por dentro, la espera me vuelve loco, muy loco. Vamos que se puede, date la vuelta, besame, amordazame, tomame, dame bola, no me ignores, ¿cuánto falta? Hay tanta ansiedad, tanta locura, tanto repetirse, y repetirse, sobre las mismas ideas, como un trompo, como una laguna en el estómago, un pajarito que vuela y vuela y repiquetea sobre los dedos meñiques del pie. Muerdo, pateo, me saco, me meto, me vuelvo a sacar, es mejor, peor, difícil, diferente, mejor y peor. Hay una mala palabra, hay una buena palabra, hay no palabras, hay gestos, hay cosas que son y no son, palabras que muerden, palabras que cogen con los sentidos, muertos que cogen con la historia. Atroz, atroz, atroz, vamos que se puede, vamos que se puede. Ansiedad. Ansiedad de birlarle un segundo al tiempo, ansiedad de matar la esperanza de lo inevitable, ansiedad de romper la cuna con los dientes. Pasa rápido, rápido, y detenerse es pecado, sacrilegio, es matar la gallina de los huevos de platino, de oro, de caca, caca, mucha caca, la gente está llena de caca, el baño está lleno de caca, y todo es atroz, y vuelve a serlo, repetidas veces, reptilianas veces. Los sueños son iracundos, degollan los sentimientos, el revertir extrapolado, la magia y el espanto, unidas, unidas ante el terror de la cuna mordida. Ansiedad. Esperar el punto y aparte, pero no viene, no viene, se obliga a una frase más, a un martirio extra, el texto quiere acabarte, quiere demolerte por dentro, hasta las vísceras. Otro punto, y seguido, seguido. Ansiedad. El mundo, las ilusiones, todo da vueltas, y vueltas, sobre los mismos ejes, una autoestimulación temprana, un viejo que nació muerto, la esperanza y su aborto, y la espera, cruel, espera, tiene que haber más, siempre una palabra más, el final acecha, acecha, uno lo ve, en el portal, en las sombras, hay negro, y blanco, todavía no es gris. Las manos quieren tocar, los pies quieren desear, la cabeza busca cabecear, la cadera quiere caderear, querer, querer y solo querer, anhelar, desear, pero espera, hay espera, y ansiedad, mucha ansiedad. Todo se pospone. Cierran las persianas, apagan las luces, el bar desierto de sus alcoholes, todos dicen hasta mañana, todos saludan a sus putas, entre hipócritas se dan besitos de lengua, se cogen poco a poco, hasta desaparecer, hasta mañana, chau, chau, besito, chau. Ansiedad.  

domingo, 29 de junio de 2014

Día 42: Viviendo en el pasado

      Atanasio revisaba cartas. El perfume de viejos amores inundaba la habitación de sensaciones anacrónicas. Así descubrió que las cartas estaban vivas. Vivencias de papel barato revivían ante sus ojos. El telegrama del ejército, las felicitaciones de cumpleaños de la tía Haydeé, los cuentos de sus sobrinos, intimaciones de pago y todas las cartas de Juliana.
      Las múltiples líneas confluían en un solo remitente. Era invierno y atardecía. La gente afuera apuraba el paso para llegar a sus casas. Atanasio enciende la estufa y se refriega las manos para entrar en calor. La radio suena de fondo, y cada tanto se siente algún que otro auto que pasa. El mate ya está frío. El locutor presenta un viejo tema de Louis Armstrong.
      Atanasio tamborilea con sus dedos sobre la mesa, mientras trata de tararear la canción. Se ríe. Recuerda hace unos quince años, cuando todavía vivía Juliana. A él se le había ocurrido sacarla a bailar. Hacía tanto tiempo que no salían a ningún lado, salvo para visitar a sus hermanos. La idea parecía una locura.
      Volvieron temprano. La noche no daba para tanto. Pero había sido divertido, así lo recordaba Atanasio, mientras Armstrong ensayaba eternamente su solo de trompeta. Agarró una carta al azar.
      Atanasio se refregó los ojos y bostezó. La carta era de un amigo que ahora vivía en Europa. Se había escapado en los setenta, con todo el quilombo del país, y desde el exilio le escribió con asiduidad. En los primeros años recibía constantes noticias, aunque con el tiempo las cartas fueron menguando. Estará enfermo, pensaba Atanasio. Por esos años tenía otras preocupaciones. La enfermedad de mamá. Cuidar al viejo para que no decaiga, y los años duros con Juliana. 
      Fue difícil para ambos sobrellevar la falta de hijos. La casa parecía más vacía de lo que en realidad estaba. Se vaciaba minuto a minuto, a medida que el temor metafísico de ambos aumentaba. Las paredes comenzaban a teñirse de humedad. Poco a poco desaparecían, sin que ellos se dieran cuenta de cómo empezó todo. 
      Atanasio trataba de entretenerse. Salía a caminar. Intentó escribir poesía, pero desistió. La escritura es muy difícil, mejor dejársela a los que saben. Un pequeño papelito le quedó de esos años, solo una frase, que decía algo así como: "La soledad nunca es del que la anida, es el mero envoltorio.".
      Esa frase lo persiguió por años, como un silente fantasma que lo acosaba desde la oscuridad de un reino lejano. Poco a poco, se fue haciendo viejo. Le costaba caminar, así que comenzó a pasar más tiempo en casa. Juliana ya no estaba, y todo era más difícil.
      Sin embargo, ahora las cartas estaban vidas. Eran un recuerdo reflorecido. Una primavera artificial. Las palabras volaban por sobre la mesa, chocaban contra las paredes, rebotaban contra el piso. La casa de Atanasio era una prisión de letras.
      Era divertido, pensó. Luego tosió y se llevó el pañuelo a la boca. Una sombra rosada se dibujó entre una línea de flema. De hecho era muy divertido. El compás de la música y la obra que se representaba. Un espectador privilegiado, su propia vida enfrente de sus ojos.  

sábado, 28 de junio de 2014

Día 41: Mi amigo, el elefante furioso

      Había una vez un elefante gris muuuuy enorme con problemas de ira. Vivía en la jungla con muchos animales, que eran sus amiguitos, hasta el día en que enloqueció. Nadie entendía porqué tenía que vivir gritando o por qué tenía que usar tantas malas palabras para pedir un favor, pero como era su amigo, lo toleraron.
      Un día estaba tan enojado que lanzó al tigre Venancio contra una planta. El golpe fue, tan, pero tan fuerte que lo desnucó en el acto. Pobre tigre Venancio, hubieran visto como quedó, había mucha sangre, y los huesos los tenía a la vista, los músculos desgarrados, una cosa muuuuy horrible. La muerte de Venancio fue la gota que derramó el vaso.
      Al día siguiente hubo reunión en la jungla. Los ratones llevaban la voz cantante. Explicaban que había que hacer algo con ese elefante mal llevado, tenía que calmarse o un buen momento iban a terminar todos como Venancio, o peor, quién sabe.
      Nadie se animó a hablar con el enorme elefante gris, salvo un valeroso grupo de ratoncitos, que creía tener un modo de razonar con él. Se equivocaron. El elefante los pisó, una y otra vez, cada vez con más fuerza, mientras gritaba, a viva voz: "¿¡¿Quién es el rey de la selva, carajo?!?".
      Trataron con todo, con comida, con pastillas, con elefantas sexys, pero nada hacía efecto. Ese elefante gris no quería saber nada con nadie, le decía a todo el mundo que lo dejaran en paz, que quería estar solo, que nadie lo entendía, no sabían lo que se sentía ser un elefante gris furioso. Acto seguido, pisaba ratones, o escupía o lanzaba antílopes o leones con su trompa. Quisieron matarlo, pero el elefantito mal llevado estaba bien entrenado.
      "Creo tener la solución" Dijo por lo bajo el ratoncito recién llegado de la ciudad. El ratoncito de ciudad era un pedante sabelotodo, engreído, que nadie en la selva quería. Le hicieron caso, total, nadie iba a lamentar si se terminaba muriendo.
      El ratoncito de ciudad se acercó muy tranquilo al elefante gris y le explicó que lo iba a psicoanalizar, para encontrar la raíz de sus problemas, y en caso de ser muy profundos, lo hipnotizaría. El elefante lo ignoró, y luego le hizo un gesto obsceno con su trompa, después lo escupió, le dijo un par de malas palabras y le volvió a hacer un gesto más obsceno con la trompa, y al final lo escupió de nuevo.
      Dada la poca cooperación del elefante, el ratoncito de ciudad se vio en la penosa obligación de hipnotizarlo. El trance fue tan fuerte que permitió que el resto de los animales se acerquen al territorio del elefante. Fue un final feliz, ya que luego de patearlo hasta dejarlo inconsciente, el tigre le arrancó la garganta y el elefante gris se desangró hasta morir.
      Con su piel hicieron muchos trajes, y con sus cuernos hubo suficiente marfil para hacer dos hermosos pianos. El ratoncito de ciudad abrió un consultorio en la selva y todos fueron muy felices por siempre. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

viernes, 27 de junio de 2014

Día 40: La teoría del enchufe

      El miedo a caminar lejos. Es el temor a que el cable quede tirante. Con frecuencia se suele utilizar la expresión "cable a tierra". ¿Es posible cuestionar la metáfora? ¿Estaríamos en condiciones de hablar de un marco de literalidad de lo dicho? Los antiguos hablaban de una pequeña porción en el cuerpo, a veces asociada a una glándula minúscula, a la cual dotaron con cualidades extraordinarias y le llamaron alma.
      A catorce años del inicio del siglo XXI, la idea de alma ha caído en desuso. En cambio, nuevas alternativas periféricas han surgido, para conformar una especie de alma 2.0. El concepto clave detrás de estos nuevas líneas de pensamiento es el de conectar. Hay que estar conectado, con su entorno, con las propias emociones, con lo que ocurre con tu familia, tus amigos y los pobres elefantes que sufren de mal humor.
      La observación obvia es: por algún lado tienen que estar los cables. Del mismo modo en que nuestros antepasados ubicaron con precisión quirúrgica esa glándula mágica, nuestra sociedad se esmera en una búsqueda eterna de los cables que conectan los patrones de nuestra actual existencia. Teorías como la de los seis grados de separación no son más que un eco de esta búsqueda del cableado, de las extensiones de los movimientos humanos.
      Cables de toda clase. Cables cortos que llegan a puerto seguro, cables largos que tienden a enredarse y perder con facilidad el punto de origen, cables enredados de origen. Y el misterio del switch. El ocultismo detrás de aquellas personas que optan por una vida wireless. El soporte físico del cable es para ellos una carga. Viven la vida en busca de señales, para un desarrollo. Encender, apagar, encender, apagar, todas las gamas de las emociones humanas reducidas a una simple perilla.
      Y por último, pero no menos importante, el enchufe. De algún lado tiene que surgir la energía que opera los mecanismos, que convierte el estatismo en cinética. Es curioso, pero rara vez un ser humano puede volver atrás y ver su propio enchufe, es como tocarte el codo izquierdo con la mano izquierda, un mero capricho de la física y la inercia. 
      Acción y reacción, pero ¿qué viene antes? El bendito enchufe. Esa patada inicial. El empujón originario. El big bang de nuestra existencia, eso que nos une y nos separa del universo, casi al mismo tiempo. Los seres humanos, ¿podremos ser prendidos o apagados de acuerdo a los caprichos de las centrales eléctricas que delimitan el alcance de nuestra raza? ¿Habrá alguien cuidando todos los enchufes, así se evita un peligro de sobretensión? ¿O el mecanismo estará equipado con un disyuntor especial acorde a nuestras emisiones energéticas? Son demasiadas preguntas para tan pocas respuestas. Quizás haya que seguir caminando, más lejos. Superar ese temor al desenchufe, ser más osado. Quizás en algún punto nos demos cuenta de que no necesitamos ni enchufes, ni cables, ni necesidad alguna de dejar caer una señal.  

jueves, 26 de junio de 2014

Día 39: El arte de la Cama Sutra

       Arriba, abajo, al costado, despacito, duro, en la mesa, en el placard, con disfraz de Voldemort, bajos instintos, altos instintos, el perrito, el misionero, George de la Jungla, Batman, Sam y Frodo, dueto, trío, orgía, lluvia dorada, zoofilia, petting, besos ardientes, fellatio y un largo etcétera. En el sexo, todo vale. Bueno, corregimos, todo valía, hasta ahora. 
      Vivimos una era de eternas luchas psicológicas. El ser está fraccionado y del mismo modo su sexualidad. A veces lo desea, a veces no, el instinto urge o la nada llama. Entre el quiero y el no quiero, entre el vamos y el me duele la cabeza, entre el no me siento preparado y el quiero mirar el partido. Existen tantas alternativas, y tantos condicionantes que por momentos tendríamos que envidiar a los perros, por la facilidad y sencillez de sus propósitos sexuales.
      Desde esta perspectiva, aventuramos el desarrollo de un nuevo modo de sexualidad, nuevas maneras de entrelazar cuerpos. Como muestra bastan varios, varios botones. Exploremos las alternativas:

      1) El nuevo grito de la moda en Japón: El sexo sin tocarse. ¿Todo un desafío, no? Casi un juego. La idea, básicamente, es tratar de estimular las zonas erógenas de tu compañero de turno a través de las miradas, y el resto dejar que la mente trabaje. Los fundamentalistas de este movimiento predicen que dentro de quince años, al menos el 35 % de las relaciones sexuales van a ser realizadas sin rozar un solo cuerpo. A su vez nos explican que el método más efectivo para realizar el sexo de miradas es cuando las personas que lo realizan están atadas, puesto que de este modo se evita posibles tentaciones. El promedio de un encuentro sexual sin tocarse es variado, puede durar desde el minuto y medio hasta los dos días, lo cual convierte a este nuevo fenómeno en un serio contrincante del sexo tántrico. Los detractores de este tipo de relaciones sexuales han aseverado que el sexo sin tocarse, directamente no es sexo, además de las complicaciones que trae a los que lo practican: cataratas, estrabismo, ceguera temporal y permanente.

      2) Inspirado en lo ocurrido en Japón, en Rusia tampoco quieren quedarse atrás de la vanguardia sexual. El grado de complejidad es aún mayor que el sexo sin tocarse, ya que no solo exige el no contacto de los cuerpos, si no que involucra la transmisión telepática de orgasmos. El practicante debe estar muy relajado para acceder a este tipo de experiencia. No cualquiera lo logra en los primeros encuentros, razón por la cual este tipo de relación sexual se ha ganado el apodo de sexo hermético, por su carácter iniciático. 
      El sexo hermético se practica en pequeñas sectas, alejadas de las ciudades. Por lo general se suele realizar en pequeños círculos, como si fuese una especie de teléfono descompuesto sexual. En esta ronda, el objetivo es pasar el orgasmo de una persona a la otra y, en caso de ser realizada de manera adecuada la práctica, la sinergia de la práctica redunda en un orgasmo grupal muy potente.

      3) En tercer lugar, pero no menos importante, tenemos a los mal llamados "orgasmos con delay". Existe un mercado creciente en este tipo de prácticas, aunque todavía hay poca información al respecto. Demasiadas confusiones. Un sexólogo prestigioso nos explicó cómo es posible generar el retraso en el orgasmo, un delay en el placer. Pero el asunto no termina ahí. La clave estaría en tener un pequeño orgasmo, o más precisamente, una fracción de orgasmo, digamos 1/3 de orgasmo, y retener el resto para un momento posterior. La experiencia asegura que este tipo de orgasmos es 57 % más efectivo que los orgasmos tradicionales aunque, como el resto de las prácticas, requiere de un entrenamiento previo, principalmente en el área genital, en donde se tiene que generar una pequeña hipertrofia del área para ser capaz de retener mejor el espasmo característico del clímax sexual.

      Sexo sin tocarse, sexo telepático y orgasmos con delay. La mesa está servida. Para paladares exquisitos, y para los más neófitos del placer. Los invitamos a todos a probar, sin pudores, sin tapujos, estas nuevas experiencias. Es hora de abrir el tercer ojo del goce. 

miércoles, 25 de junio de 2014

Día 38: Manuscrito hallado en un graffiti

      Caminaba, como de costumbre, por los alrededores de la fábrica abandonada. Tardé unos minutos en percatarme que había algo diferente en el muro que la separa de la calle. Mayor tiempo me llevó la apreciación del trabajo. De hecho me llevó gran parte del día, dado que la persona que lo realizó ha logrado el detallismo de un orfebre.
      No sé como se las arregló para hacerlo en una sola noche. Gran parte del muro estaba lleno de inscripciones. Era como un libro abierto al ojo del peatón. De hecho, a medida que me aproximaba, pude notar que la obra se asemejaba más a un cuadro sinóptico que a una pintura. Por un lado, un vasto cuadro genealógico había sido templado a partir de un aerosol y una mano. Lo acompañaba este texto que les paso a transcribir:


      "Mi nombre es Juan Adolfo Altieri. Nací el 13 de diciembre de 1874. 
      Mi hermosa mujer, Dios la tenga en la gloria, se llamaba 
      Gladys Mabel Gómez. Falleció hace diez años producto de 
      una enfermedad desconocida.      
      La vida me ha recompensado con 12 hermosos hijos. Mis manos ya 
      están ajadas, pero estoy orgulloso de lo hecho. Estas manos ajadas 
      construyeron las paredes en donde pasé gran parte de mi vida, 
      junto a Horacio, mi hermano. Esta fábrica es el legado de un pueblo 
      trabajador. Ésta fábrica es testimonio del progreso, 
      de un sueño pujante.                       
      Nuestros productos han sido exportados y comerciados a lo largo 
      de toda Europa. Somos el orgullo, el estandarte. Nuestras chimeneas 
      rezumaron humo por décadas. Se lo agradezco al señor Baroni 
      por darme la oportunidad de aportar mi grano de arena.
      No tengo mayores arrepentimientos en la vida. Soy un hombre 
      creyente. Tengo fe y sé que cuando mi cuerpo diga basta, 
      nos volveremos a ver con Gladys. A todos mis hijos, a todos 
      mis nietos: éste es mi legado, esta es la obra de mi vida...


             ...Me llamo Ricardo José Altieri, soy el hijo menor de doce hermanos. 
            Mis padres son Juan Adolfo Altieri y Gladys Mabel Gómez. 
            Nací el 23 de Mayo de 1928 en el partido de Morón. 
            Mi vida no fue fácil. Desde pequeño supe que era diferente. 
            Mis lecturas, mi tendencia a la soledad y por sobre todo, 
            mis tendencias políticas, me separaron del resto.
            Gracias a mi padre conseguí el trabajo en la fábrica. En ese 
            momento era un joven reo que poco esperaba del futuro. 
            Si bien tengo mucho para reprocharle, le agradezco la oportunidad, 
            ya que sin su ayuda, nunca habría podido obtener mis primeras 
            armas en el sindicalismo.
            Nuestra lucha fue justa. Queríamos un mejor futuro para nuestros 
            compañeros trabajadores. Una paga digna. Acabar con el 
            trabajo esclavo.
            Si hay algo que lamento es no haber estado ahí para criar a mi hijo. 
            Estar ahí para mi esposa. Fui consumido por mis ideales, 
            y de algún modo pagué el precio. A mi hijo, a mi señora: 
            este es mi legado, esta es la obra de mi vida...


                       ...Nunca entendí a papá, de algún modo siempre me llevé mejor 
                      con el abuelo. Traté de entender este asunto generacional, cómo 
                      es el paso del tiempo. El nono vio nacer la fábrica de Baroni, 
                      y el viejo trabajó durante su auge. A mí me quedan éstos 
                      restos, arruinados por los gobiernos y la decadencia de este 
                      progreso que tanto se llenaba la lengua el nono, que Dios lo 
                      tenga en la gloria. 
                      Me hubiera gustado conocer esa época, en el que todo parecía 
                      estar entero, donde nada se resquebrajaba con facilidad. 
                      Ahora somos esclavos de nuestras neurosis, del VHS, de lo que 
                     dicta MTV y la moda. Nadie nos avisó y vamos rumbo al fin. 
                     Decadencia por doquier. Decidí no casarme, y no traer hijos 
                     a este mundo enfermo y decrépito. El día que me indemnizaron, 
                     cuando cerró Baroni, me mudé al sur. Anduve de mochilero un 
                     par de años hasta que me asenté en Neuquén. Por esos años 
                     comencé a escribir. El nuevo siglo amanecía, con sus luces 
                     de neón. Fui consumido por la retrospectiva, por el paso 
                     de los años, revisioné las grandes mentiras del siglo XX, 
                     y concluí con una frase: '¡qué ilusos fuimos!'
                     Me acordé de la caída del muro en el 89, y de la esperanza 
                     que traía a jóvenes como nosotros. También me acordé 
                     del paredón de Baroni, y no sé por qué la asociación. De algún 
                    modo mi mente identificó en dos puntos equidistantes las mismas 
                     señales de la opresión. Por eso volví a Buenos Aires. Recordé mi 
                     juventud, cuando papá me enseñó a manejar el aerosol para 
                     hacer banderas con consignas políticas. Todavía era pequeño 
                     para entender. Le agradezco al viejo esas lecciones. Sabía que 
                    me iban a servir con el muro de Baroni. Así que luego de un 
                    par de años de escribir y planificar, ayer concreté esta obra 
                    que se lee a continuación.
                    Querido lector, el muro conserva una pared en blanco. 
                    Si tomaste tiempo en leer esta pequeña historia, sabrás 
                    cómo continuarla. Ahora es tu turno. Para el nono, para 
                    el viejo, este es mi legado, esta es la obra de mi vida...

martes, 24 de junio de 2014

Día 37: Este perro está amaestrado

     Un hombre andaba con un perrito a upa, un pequinés con cara de pocos amigos. Caminaba por la vereda de la plaza, con la mirada algo extraviada. Parecía haber perdido algo. Una señora estaba sentada en el banquito y lo observaba.

     - ¿Se le perdió algo, jovencito?- Inquirió la señora.-

     - Este perro está amaestrado.

     - ¿Que qué, hábleme más fuerte por favor, que no lo escucho?

     - Digo que este perro está amaestrado... - Repitió el hombre, tranquilo, mientras por lo bajo exhalaba un vieja conchuda.-

     - Mire usted qué lindo. -Sonrió la anciana.-

     - No se lo digo para que me alabe el perro, le digo que está amaestrado para que no se preocupe. Verá, la gente a veces tiene miedo que Pipí muerda, y en realidad es más manso que el pan. Se lo advierto, porque requiero sentarme al lado suyo. Tengo las piernas cansadas.

     - Siéntese, siéntese, joven. ¿Lindo día hace, no?

     El hombre, de unos treinta y cinco años, tomó asiento en el banquito. Su cabeza miraba fijo al cielo, mientras sostenía al perro con fuerza.

     - Estoy cansado, sabe señora. ¿Le conté que Pipí está amaestrado? Sabe dar la patita. Pipí, dale la patita a la vie... a la señora. -Pipí no obedeció a las instrucciones.- Bueno, por ahí está cansado también, ya me va a hacer caso.-

     - No se preocupe, muchacho, le creo.

     - Hace lindo día, de verdad, señora. Dígame, ¿qué hace acá sentada? ¿Espera a alguien?

     - No, no, voy camino a casa. Lo que ocurre es que la cadera no me deja llegar, por eso cada dos o tres cuadras necesito sentarme un poco para descansar.

     - Ah. Entiendo. A Pipí una vez se le dobló la patita y estuvo dos semanas medio renguito. Pobre, tendría que haberlo visto. Tengo fotos. ¿Quiere verlas? ¿Quiere verlas?.

     - Se lo agradezco, joven, pero ya estoy por irme. -respondió la señora.-

     - Quédese un ratito más. Hágame compañía. Por favor...

     - Bueno, si me lo pide de ese modo.

     La señora no pudo evitar sonrosarse. Gracias a una mirada furtiva pudo asegurarse que el muchacho la estaba mirando fijo, como si quisiera hipnotizarla. Los nervios le ganaron la partida, y no se le ocurrió mejor frase, así que prefirió quedarse en silencio. Le hizo una caricia al pequinés. A Pipí no le hizo mucha gracia el cariño y emitió un tímido ladrido. Acto seguido, mordió a la señora con ganas.

     - Pero, Pipí. ¡Perro, malo, malo! -El hombre daba pequeñas palmaditas a su perro.- Disculpe, vi... señora. Es que no sale muy seguido. Lo pone nervioso la luz del sol al pobre Pipí. Es un perro de noche. Le gusta la luna, ¿sabe? Tengo fotos, ¿quiere ver?

     - No, gracias. Ahora sí tengo que irme. No se preocupe, joven.- Añadió algo nerviosa la señora.-

     - Espere un segundo, por favor. Tengo que compensar lo hecho por Pipí. Sabe, este perro está amaestrado. No corresponde a su pedigree. Ya sé, voy a arrancarle el corazón.

     - Pero, ¡Usted es un desalmado! Pobre perro, solo fue una mordida. - A la señora le temblaba el labio inferior.

     El hombre se puso de pie y se acomodó el pelo. Tenía una sonrisa magnética.

     - Ja ja, Disculpe. Me expresé mal. Nadie le va a hacer nada a Pipí. Él es mi sol, mi hijito. No, me corrijo señora. Voy a arrancarle el corazón a usted.

     El golpe vino tan rápido que ni lo sintió. De un momento a otro, la anciana había perdido la vida. Media desplomada en el suelo, despedía a través de su boca un fino hilo de sangre.

     - Qué tenga buen día, vieja conchuda.


lunes, 23 de junio de 2014

Día 36: Cosas de pelícanos

      Cuando abrimos la Wikipedia y escribimos la palabra Pelícano, nos aparece una somera introducción: 

      Los pelícanos son famosos por sus enormes picos, pero poseen otro rasgo distintivo: a diferencia de otras aves acuáticas, tienen los cuatro dedos palmeados, al igual que los cormoranes y alcatraces. Se alimentan de peces, y la mayoría vive en el mar. El pelícano es el único animal que traga agua salada y en su garganta la convierte en agua dulce para su consumo.
      Pueden volar durante mucho tiempo, pero se les hace difícil moverse en tierra.

      Bien. Cierro esta puerta de conocimiento virtual. Fue un portazo duro, ¿no? No se preocupen, el terreno de las especulaciones es mucho más jugoso. Hagamos un pequeño recuento. Es el símbolo de los Rosacruces, además el tipo es mencionado por Santo Tomás de Aquino, por Plinio el Viejo y la reina Isabel I de Inglaterra. Menudo bicho poderoso. Lindas amistades supo contraer. ¿Estaremos en condiciones de hablar de una conspiración pelícana?
      Incluso me pregunto, irritado, ¿qué es todo eso del Informe pelícano? No se necesita  poseer grandes dotes de genialidad para afirmar que el pelícano está metido en todo. Así que no sería tan descabellado que razonemos su figura a partir del eje conspirador. Podemos preguntarnos, ¿Qué nos quieren esconder los estratos poderosos de esta sociedad detrás de dicha graciosa figura?.
      En primer lugar nos quieren hacer creer que son inofensivos, incluso su curioso pico ha sido fuente de numerosas chanzas en dibujos animados como Los Picapiedras. Yo quiero creer que no es tan así. Golpeo con moderación la mesa de la incredulidad. No puede ser así, algo tienen que estar tramando.
      Después de todo, les gusta volar, no les gusta andar demasiado en la tierra. Eso quiere decir que no quieren estar con nosotros. Nos evitan. ¿Alguna vez se han imaginado la de cosas macabras que pueden llegar a hacernos cuatro dedos palmeados? Yo sí. Y no necesité abrir la biblia para encontrar los signos. Están ahí, frente a nosotros.
       Nos observan, desde el aire. Estudian nuestras conductas. Tienen una gran bolsa debajo de su pico para esconder cosas. Roban nuestros pescados. Atacaron desde tiempos inmemoriales nuestro sistema occidental de creencias. Actúan en el agua, giran en semicírculos, sin llamar la atención. ¿Es que nadie huele una pantalla detrás de todo esto? 
      Por favor, el tipo es, lo repito, el símbolo de los Rosacruces. Esa gente no se andaba con bromas. Las antiguas generaciones cuando querían hacer una secta, lo hacían de verdad. Entonces, a la hora de escoger un símbolo, entre tantos pájaros, vas a elegir justo al pelícano. Justo, ¿no?.
      Pregunto, ¿el pelícano no actuará como una divinidad? Vive en la Tierra hace unos cuantos millones de años, son más viejos que nosotros. Tienen más experiencia. Son medio parientes de los dinosaurios. Quizás incluso puedan llegar a ser alienígenas. Quién sabe.
      Pienso y sigo pensando, todas las alternativas posibles. De momento, voy a evitar acercarme al mar. Por las dudas.
      

domingo, 22 de junio de 2014

Día 35: A.M.O.R.

      ¿Está cansado de la hipocresía? Nosotros también. ¿Está cansado de engañar a sus instintos? Nosotros también. ¿Está cansado de ser víctima de un sufrimiento que usted no inventó? Nosotros también. Por todo esto y mucho más le decimos: Pare de sufrir... usted no es el miembro débil de la cadena alimenticia.

      Desde A.M.O.R., Agrupación de Manifestantes de Operaciones Represivas, llevamos 17 años de incansable trabajo combatiendo el flagelo de la culpa generada por el empleo de la violencia. Nosotros, y gran parte del aparato científico y sociológico que nos apoya, creemos firmemente que un mejor ser humano es un ser humano violento, porque desde el parto nacemos para batallar, porque día a día recibimos golpes del destino, porque la vida nos golpea, porque la naturaleza quiere destruirnos, ¿Por qué no habríamos de devolverle el golpe a estos malditos bastardos?
      Desde A.M.O.R. promovemos la erradicación masiva de la paz y de todos sus símbolos, por ser considerada un bien sobrestimado. Lo hemos demostrado gracias a nuestro programa "Libertad a las palomas", el cual lleva ya cinco años de exitosa aplicación. En cinco años hemos: Degollado a 5417 palomas, Comido a 10983 palomas, electrificado a 1784 palomas, y las sumas de asesinato por mano propia continúan.
      ¿Por qué tendríamos que avergonzarnos de nuestros instintos? El sexo, sin ir más lejos, es un acto de represión del macho hacia la hembra, y viceversa. Usted va a un jardín de infantes y los niños lo entienden mejor que los adultos.
      Porque a nosotros, desde nuestra O.N.G. (aún no aceptada por nuestros métodos "radicales"), nos interesa el futuro de nuestros chicos, por eso debemos dejarles a disposición todas las herramientas para que sean felices en su desenfado: cuchillos, pistolas, rifles, bates. Un arma, un chico, ese es nuestro lema. Así hemos de asegurar el preciado bien de la libertad. 
      Nuestra mesa de respetados especialistas ya lo advirtieron: los tabúes son un golpe a la evolución humana. ¿Usted no quiere ser una rueda defectuosa en nuestro indudable camino hacía un mejor puerto, no? Entonces, córrase del camino, o agarre un arma, dele una paliza a su vecino, dele una patada a su suegra, castigue con severidad a los que les molestan. Está demostrado científicamente que una hora de violencia sin control es más efectiva que mil gramos de ansiolítico. Entonces, ¿Qué espera? Únase a nuestra causa, arremeta contra las convenciones, alquile El club de la pelea y véala diez veces seguidas. En A.M.O.R. lo esperamos con los puños cerrados.

sábado, 21 de junio de 2014

Día 34: Ratas mutantes y otras filias

      Pudieron haber sido un éxito, pero las puertas de la fama se cerraron justo en frente de sus narices. Sus composiciones superaban con creces a los mejores Beatles, sus incendiarias presentaciones combinaban destellos de Queen con The Who. Cuatro músicos con gran técnica, quizás la mejor del planeta. ¿Qué les faltó? ¿Un poco de suerte? Quizás. Aunque quiero creer que a los "Nacidos del temor", aparte de un nombre más rimbombante,  les faltó un poco de cofradía de especie.

      Claro, es relativamente fácil pegarla en la radio cuando sos humano y podés firmar autógrafos en las tetas de tus fans. Ahora, ¿Qué ocurre cuando sos una rata de laboratorio alterada genéticamente y querés hacer lo mismo? No es una pregunta retórica. Es literal. Así ocurrió.
      El doctor Coniglio nunca supuso que sus queridas ratitas, aparte de desarrollar un enorme avance cognitivo en relación a sus pares, iban a desear formar la banda de rock más novedosa y desenfrenada de la Tierra.
      Los echaron de cada radio, sello discográfico, canal de televisión existente en el mundo. Los discursos eran similares: "buscamos algo más humano", "a la gente les da asquito", "¿Nunca probaron dar vueltas en alguna ruedita?" Y miles de argumentos del mismo tenor.
      Cuenta la leyenda que los Nacidos del temor tocaron una sola vez en vivo. Nadie sabe, es un absoluto misterio como el doctor Coniglio, luego de ser echado, pudo convencer a sus padres para que le volviesen a prestar el garaje.
      Les hicieron un par de entrevistas los medios locales de lo paranormal, les preguntaban cómo se sentían. La respuesta fue estoica: "Nacidos del temor espera la aceptación de las masas, venimos a cambiar el rock. Y si Ratatouille pudo cambiar la visión que se tenía de las ratas, no veían por qué fuera a ser diferente con ellos".
      Claro que nadie les aclaró a las ratitas del Doctor Coniglio la diferencia entre una rata animada, diseñada para ser amigable, y un engendro producto de una alteración genética.
      Pudieron tocar un solo tema. El final de Nacidos del temor fue trágico. Un hombre con una ametralladora, el cuál, de acuerdo a los testigos visuales, se parecía a Sigmund Freud, irrumpió en el recital al grito de "mueran, payasos". Así terminó su corta carrera. 
      Por fortuna, el morbo en los humanos es mayor que el asco, y el éxito póstumo de Nacidos del temor le aseguró un efímero hit en las radios del pueblo.

viernes, 20 de junio de 2014

Día 33: A través del oasis

      ¿Agua, qué era? Una molécula de hidrógeno y dos moléculas de oxígeno, una secuencia repetida infinidad de veces, con el mero objeto de crear una ilusión de líquido atravesando la garganta. El engaño de cortar la sequía corporal, decirle basta al declive iniciado a partir de la falta de estas tres moléculas. Un engaño. La vida es sueño. 
      Hace tres días que vago por el desierto. No existe el rumbo prefijado, no hay GPS, no hay comida, no hay compañía. Acarreo mi humanidad como un muerto atado a la pierna izquierda. El dolor lacerante atraviesa cada centímetro, cada gramo de mis músculos. Por los días el calor abrasa, por las noches, imposible escapar de la helada que hace tiritar cada rincón del alma.
      A cada momento me cuento historias. Para que no muera el cerebro. Es importante tenerlo activo. No caer en la locura. Hay que atarse al barco y no oír el llamado de las sirenas de arena.
      El paraje desolado. Ya los restos de mi expedición son parte del desierto, de la arena, arena, arena. Arena que se mete por las articulaciones. Arena en el cerebro. Arena por doquier.
      Sentirse seco. Hay que definir el mundo. De eso se trata la desesperanza, de cuestionarlo todo, hasta los cimientos. No sé si veré a mis hijos. Ya no lo sé. Tengo que dudar de mi existencia. Tengo que deconstruirme hasta la putrefacción. Surcan por mi cuerpo llagas, como testimonio de mi inexistencia. A cada paso que doy voy desapareciendo. Pronto seré una estrella fugaz. 
      Pronto me reuniré con mis padres. Aquellos que decían que estaba equivocado, aquellos que nunca apoyaron mis proyectos. Para ellos la investigación de la naturaleza era antinatural, antieconómica, antitodo. Capaz que me reúna con ellos y les diga que tenían razón, aunque solo en parte. Porque disfrute el camino. Ese camino que me seca a cada paso, el camino que marca llagas en mi cuerpo.
      Con mis últimas fuerzas acarreo el cadáver de mi humanidad hasta las proximidades de un oasis. La esperanza minúscula, entre un mundo caído. Alegre mi espíritu me acerqué como pude al lago. Me mojé el rostro y quedé con la mirada fija. Pude ver mi reflejo. Tan sólo eso deseaba. Al final pude descubrir que la sed no era tanta.

jueves, 19 de junio de 2014

Día 32: El detalle surrealista

      Perseguí a la sombra a través de una noche de focos. La luna había muerto hace eones. Miré mi reloj y ya no existía. Por miedo a ser el siguiente en la oleada destructiva aceleré el paso. El piso se movía. Eran espejos. Yo mismo reflejado por miles de inconsistentes retratos de mí. 
      Por poco me atrapo. Estaba lejos, pero eso era otro engaño de la visión. Le gusta juguetear con los sentidos. Fuegos artificiales estallaban contra las paredes. Pedazos de ramas saltaban contra mis piernas. En otro momento, que ya es pasado, se comenzó a estirar todo.
      Se estiró el tiempo, se estiró el espacio, me estiré, las casas se estiraron, los techos se estiraron, los gatos se estiraron, los bebés se estiraron, mamá se estiró, los bulbos raquídeos se estiraron. En una noche estirada de focos estirados perseguí a mi estirada sombra.
      La jaula se rompió. Los animales salieron. Juntos. Tomaron la ciudad. Remaron en ostentosas barcas. Codo a codo. La unión previó a la fuerza. El golpe se hizo realidad. Así reinó el caos.
      Las tempestades de múltiples unos cayeron, como lluvia sobre mis zapatos. A veces todo era normal. A veces mi sombra solo era mi sombra. Así que la labor de otorgar significantes a los significados no se hacía tan difícil. La representatividad de las cosas. Su distancia con las palabras. A veces era posible tener todo cerca, y dictaminar, con tiránico afán, que las cosas son como son, y como nada más. 
      Es por el país de las sombras, la república de los sueños, que camino y camino, sin dejar de mover los pies, sin dejar de constreñir los dedos. La sombra a veces se acerca un poco más, como la palabra a la cosa, como la cosa a la palabra. Hacen casi el amor. Casi la sensación de casi tocarse. Pero a su vez es nada.

      Las luces se encendieron. El experimento falló una vez más. Muchas caras consternadas. El sujeto estaba muerto, o en coma, lo mismo daba. Habían perdido las señales cerebrales. Una vez más, el mundo onírico le cerraba la puerta a la ciencia. Luego de unos minutos de silencio, uno de los temerosos doctores dijo que quizás así debía permanecer. Los sueños debían y deberán ser una fortaleza inextricable. 

miércoles, 18 de junio de 2014

Día 31: Acordes de una pasión

      ¿Qué es esta enfermedad? Me poseía, como una pitonisa en el templo de su cuerpo. Los sentimientos me abrasaban, explotaba de lujuria al verlo.
      Ahora, frente a mi muerto amado, puedo confesarlo todo. Admito mi culpa. Lo amé hasta extinguir la llama de su vida. Lo asesiné pedazo a pedazo con mi pasión exacerbada.
      Tan difícil de evitar. Desde el momento en que lo conocí, sus manos de seda, acariciándome. Amor a primera vista, de la oscuridad a la luz. Luego del amor y el cariño vino la obsesión, los celos desmedidos, el descontrol de los sentidos.
      No podía verlo salir de casa, no podía perseguirlo. Estaba encadenada a mi inmovilidad. Quería poseerlo, y que me tocase todo el tiempo, una y otra vez, hasta dejarme exhausta. Gemía desde lo bajo hasta la nota más alta. Sus dedos me sacaban de mí. En sus manos era otra cosa. 
      Llegó un día en que no pude detenerme. Mi dueño debía ser mía por siempre. Lo obligaría de algún modo a permanecer. No escaparía. Traté de comunicarme a través del único lenguaje que teníamos en común.
      Y para bien, o para mal, lo logré. Le llegué al corazón. Fue un golpe directo. Atravesamos todas las escalas, cada punteo, cada acorde, cada estilo, desde la furia hasta la más grata tranquilidad, legatos fluidos daban paso a curiosos trémolos. Lo mantuve así por horas, días, hasta que mi amante empezó a evanescerse.  
      La piel de sus dedos se descascaraba. Lloraban sangre, a cada nota, a cada acorde, mis cuerdas. Mi mástil mojado por el líquido vital del amor, nuestra última canción.
      Acá todavía lo veo. Nadie descubrió el cadáver. ¿Qué puedo hacer? Estoy tirada en la cama, llorando en silencio, no puedo moverme. Quisiera confesarlo, pero ya nadie me escucharía, las palabras humanas son para mí murmullos ajenos. 
      Estoy sola en esta habitación, ya distante del mundo, lejano mi mundo. Aún siento los ecos de su melodía. Aún retumban, imperceptibles, en mi cuerpo de madera. Y no quiero dejarlo ir. No, no lo voy a dejar ir. 

martes, 17 de junio de 2014

Día 30: Doctor Hans Coniglio: Reanimador (de pelos)

     Conocí al doctor Coniglio durante mis años de estudio de Ingeniería en la Universidad de Misantropic. En ese entonces, Coniglio era un apuesto veinteañero de tez morena, ojos verdes como el mar y una actitud amistosa a toda prueba.  
     Nuestros caminos se cruzaron gracias a los intereses que teníamos en común, los cuales nos convirtieron muy pronto en grandes amigos y ocasionales amantes. Los peculiares experimentos del doctor Coniglio llamaron la atención del decano de la Facultad. No solo por sus prácticas poco ortodoxas dentro del campo de la Ingeniería, sino también por las groseras acusaciones de homosexualidad contra su persona, las cuales puedo dar fe. 
     Luego de recibirnos, por muchos años perdí contacto con mi amigo. Por los diarios me puse al corriente de su fracaso en el proyecto del Colisionador de partículas, y su más reciente fallido teletransportador. Por esos días recibí su llamado. El doctor Coniglio necesitaba un asistente y consideraba que yo era la persona más idónea para el trabajo que tenía por delante.
     Poco después del desastre del teletransportador, sus padres lo echaron de casa sin derecho a réplica. Alquilaba un monoambiente a las afueras de Riverside. El pequeño departamento fue nuestro punto de reencuentro. El caos, un pandemonio, medias sobre el microondas, pedazos de pizza en el techo, una feta de jamón pegada a un televisor de catorce pulgadas blanco y negro, un canasto lleno de ropa sucia tirado sobre una mesa ratona agrietada, humedad, un ratón que pasaba a saludarme, Arjona sonaba de fondo. Me repugna cada vez que lo recuerdo.
     La propuesta del Doctor Coniglio era sencilla. Dado que sus clones no habían desarrollado su inteligencia de poco le servían, salvo para enloquecer un poco más a su padre o para servir un té tibio, de vez en cuando. Fue cuando pensó en mí, y en mi miedo a quedarme calvo.
     Como verán, mi amigo era un entusiasta investigador de los avances de la alopecia masculina. Durante su paso por la universidad pudo generar un líquido que inyectado en un ser calvo podía llegar a revivir sus pelos. El tema de los pelos lo obsesionaba. El doctor Coniglio podía llegar a pasar semanas enteras dentro de diversas peluquerías recolectando muestras. Un día llegó a comprar diez gatos, con el mero propósito de que escupan su bendita bola de pelos.
     Tal era su obsesión con los pelos que, según me contaba una vez, Coniglio llegó a ver diez veces seguida la película Pie Grande y los Henderson. Harry le gustaba. Quería que fuera real. Lo deseaba. Quería un sasquash.
     Me mudé al poco tiempo a su departamento. Más precisamente a su sofá. Todavía le quedaban cinco gatos. Los primeros días apenas pude dormir. Amanecía cubierto de pelos, con gatos caminando por sobre mi cabeza. 
     Los experimentos con el fluido del doctor Coniglio empezaron a la brevedad. Necesitábamos, de acuerdo a él, ejemplares frescos. Quiero decir, personas que hayan quedado calvos recientemente, porque si no su tónico sería ineficiente para revivir las células capilares.
     Por esos días los dos frecuentábamos peluquerías, centros de recuperación capilar, casas de coiffeurs y revistas paranormales. Ya saben, por las dudas.
     Nos llevó dos semanas encontrar a nuestro primer ejemplar. Un hombre sano de treinta y dos años, con una brillante frente, como para estacionar una fila entera de autos de piojos. Le explicamos someramente cómo sería nuestro experimento, le hicimos firmar un acuerdo en el que quedábamos exentos de culpas referidas a posibles efectos secundarios y el doctor Coniglio se dispuso a inyectarle el fluido.
     Los resultados no fueron los esperados. El hombre quedó calvo, tal como había entrado a nuestro laboratorio, el monoambiente de mi amigo. Para solventar los inconvenientes ocasionados, Coniglio convenció al hombre de que se llevase un gato de regalo. 
     Luego del fallido experimento, la conducta de mi amigo empezó a flaquear. Lo notaba más nervioso que de costumbre, con frecuentes accesos de paranoia. Un día, mientras comíamos una pizza que habíamos encargado, Coniglio me advierte:

     - Jack, no quiero asustarte. Pero me parece que acabamos de crear un sasquash. Y nos está siguiendo.

     Me reí con ganas ante la ocurrencia de mi amigo. Le dije que era todo producto de su fantasía, que tanto mirar esas películas le había limado el cerebro. Lo mejor sería que volviéramos a nuestros experimentos para que pueda despejar un poco su mente. En ese momento sentimos un ruido en la ventana. 
     Lo que pasó a continuación fue algo extraordinario. No puedo aseverar las imágenes que brotan de mis recuerdos, dado que la ventana estaba algo, digo, bastante, sucia. Pero lo que sí puedo asegurarles es que una criatura pasó caminando por ahí. Hacía ruidos como de Chewbacca, y parecía lleno de pelos, al menos por lo que pudimos ver a través de sus sombras.
     Durante diecisiete años Coniglio anduvo mirando por encima del hombro, y quejándose de que le parecía ver pelos caer detrás de él. Ahora trabaja en un McDonald's.

lunes, 16 de junio de 2014

Día 29: Otra clase de viaje

     De acuerdo a mi mamá, un viaje astral es una experiencia extrasensorial que ocurre cuando tu alma o lo que sea que tengas dentro tuyo sale de tu cuerpo mientras dormís y decide salir a dar una vuelta por ahí. De acuerdo a mí, un viaje astral es otro invento de la new wave, puras mentiras esotéricas. No estoy acá para desprestigiar a mi madre. Ella sabrá lo que hace.
     Lo que les voy a contar es algo que pasó a mediados de los años ochenta, en un pueblo de Pennsylvania, o cerca de ahí, no estoy muy seguro. En este pueblo vivía la familia Johnson: papá, mamá y el pequeño John.
     John Johnson, más allá de ser víctima de la cacofonía, era un niño feliz. No le faltaba nada. Ni contención familiar, ni amigos, ni fantasías infantiles. Su vida era perfectamente normal, salvo por sus sueños.
     Los sueños del pequeño John eran perturbadores. No por el mero hecho de ser una pesadilla, algo común en un niño de ocho años, sino por la extrema lucidez con que los recordaba y los grandes detalles que mencionaba. 
     Un viejo loco indio, de esos que andan por la calle, un día paró a la familia Johnson y le dijo la verdad, algo así como que su hijo estaba viviendo experiencias paranormales, y que sus sueños tenían reminiscencias cósmicas, porque no eran otra cosa que un viaje astral.
     Papá Johnson, lejos de tomar al viejo por loco y borracho, creyó firmemente en sus palabras, y vio a su hijo como una especie de revelador del más allá, o dicho en nuestro buen criollo, como una fuente de dinero.
     La movida tenía que ser quirúrgica, ya que necesitaba el consentimiento de mamá Johnson y el interés de John, al mismo tiempo. También tenía que esconder ante sus ojos el fruto naciente de la codicia. Nadie iba a hacer plata del pequeño John, es solo para conocer más la fuente de sus sueños, el mundo tenía que conocer lo que le ocurría, solo cobraríamos los viáticos, es para su futuro, y así toda clase de excusas, las cuales, lanzadas en la ocasión indicada, erosionaron las defensas de mamá Johnson.
     John, en cambio, fue más reticente. No estaba seguro de compartir con los demás lo que le pasaba. Sobre todo en la televisión. Le asustaban demasiado las cámaras. Se imaginaba frente a una gran cantidad de espectadores, todo ruborizado, no pudiendo controlar sus emociones. Eso sí sería una verdadera pesadilla. 
     Al final, la astucia venció a la bondad. El argumento de papá Johnson fue imbatible. Hijo, nadie quiere ponerte en una situación fea, pero piensa que en el futuro, podría ayudarte, y lo más importante de todo, piensa que le harías muy feliz a papá. Estocada al corazón.
     Podría decir que papá Johnson pagó caro su avaricia. Ganó muchos dólares, es cierto. Pero el cambio de rutina devastó su familia. Su mujer se había empezado a distanciar, los trámites en la cama no pasaban de ser eso, un trámite. En cuanto a John, su felicidad fue cayéndose de a pedazos. Nadie podía ver lo que ese niño acumulaba por dentro. Nadie excepto John. 
     Una noche, durante una presentación en Boston, sucedió lo impensado. John durmió y viajó. Su alma, o lo que sea, se desprendió de su cuerpo y se marchó. Viajó, viajó y viajó. Conoció países exóticos, llegó a la Antártida, luego un paso fugaz por Europa. Cuando venía camino a su casa el otro John decidió sentarse. No iba a volver más.
     Quería mucho a papá y mamá, pero solo les hacía mal. Todo por culpa de esto. Ellos eran buenos, y no tenían la culpa. Mejor quedarse acá, donde podía ser feliz, sin molestar a nadie. Y no volvió más.
     Los días pasaron en Boston. John fue llevado al hospital. Los especialistas le explicaron a la pareja Johnson la situación de su hijo sin rodeos. El estado de su cuerpo era excelente, para un niño de ocho años. Pero algo en su mente se había apagado, y dudaban que se vuelva a encender. El niño estaba catatónico, en un estado de coma del cual era dudoso que volviese a despertar. ¿Esperanzas? Algunas, podían ser días, meses, o años, con esas cosas uno nunca sabe. Papá dejó que una lágrima brote de su mejilla, y le tomó la mano a mamá.
     El otro cuerpo de John lo presenció todo. Por un momento volvió a ser feliz como antes. John lo tomó como una promesa. Regresaría algún día, cuando papá y mamá estuvieran bien. 

domingo, 15 de junio de 2014

Día 28: Power off

...Basado en una historia real

     Quiero contarles algo. No es la típica historia. Bah, de hecho sí lo es. Quizás no sea algo como composición tema la vaca, la vaca nos da la leche, mu mu. O por ahí sí, depende del ojo lector.
     Suelo tener una vida rutinaria, sin muchas alternancias. Cualquiera que conozca esta tipología existencial sabe bien a lo que me refiero. O sea, un eufemismo de vida de mierda.
     Todos los malditos días, el mismo maldito traje, la misma maldita jefa, el mismo estúpido y maldito trabajo, el mismo condenado, estúpido y maldito micro, la misma maldita parada, las mismas malditas cuadras para caminar hasta mi casa, y mi misma maldita casa. Todo el maldito día. Así sucesivamente.
     Aconsejable sería pegarme un tiro. No puedo. Soy muy cobarde. Vivo la vida que quiero, pero no la que deseo.
    ¿A usted alguna vez le ha pasado algo similar? No me importa, esta historia no se trata de usted y tampoco busca un mísero gramo de su compasión o entendimiento. El asunto empezó así:

     Una noche bajaba del maldito micro. Llovía como nunca. Caminaba la calle, mientras canturreaba una canción estúpida. De repente la noche se hizo más noche. La luz del poste se cortó en el preciso momento en el que yo pasaba. Casualidad. No es que crea demasiado en las casualidades, pero pareció eso. Todo hubiera quedado ahí, pero al otro día ocurrió lo mismo. La luz se cortaba a mi paso, como si tuviese alguna especie de sensor que le indicaba el asco que sentía hacia mi presencia.
     La tercera noche que ocurrió lo mismo, me quedé pensando. ¿Me odiará? Capaz me recuerde de pequeño. Lo reconozco, era un chico problemático. Pateaba y meaba a todo el que se me cruzaba por enfrente. Por ahí ese poste de luz fue una de mis víctimas en ese entonces. No, no, era una solución al conflicto demasiado metafísica. Tenía que haber un desperfecto eléctrico.
     Como un buen ciudadano, llamé a la compañía dueña de ese poste para que lo arreglaran de una maldita vez. Me tomé el deliberado trabajo de ir con los técnicos para que cuenten con mi ayuda. No fui muy útil. No sé nada de electricidad. Sé algo de castellano, por suerte. Los técnicos me comentaron que el poste está bien, no tiene nada malo. Por ahí estaba algo sucio, y quizás por eso hace mal contacto de vez en cuando.
     La respuesta sonaba convincente, así que me fui a dormir. Eran las cuatro de la mañana. Estaba feliz, las compañías eléctricas trabajan a toda hora, y arreglan cualquier desperfecto al instante. Eso era eficiencia. 
     Me hubiera gustado terminar ahí la historia. La composición tema la vaca, la vaca nos da la leche, mu mu habría sido más interesante, lo sé. Por suerte para el entretenimiento, la cosa no terminó ahí. De hecho, recién comienza.
     Adivinarán que al otro día ocurrió lo obvio. La luz no se apagó. Bien por la compañía eléctrica. No son tan malditos después de todo. 
     Pero. Siempre hay un pero. El mundo está lleno de peros. Pero para acá, pero para allá, pero para todos. El pero surgió al día siguiente al día que siguió. La luz volvió a cortarse a mi paso. 
     No suelo ser un neurótico de los postes de luz, pero pero. Me molesta sentir que las cosas se apagan a mi paso. ¿Qué soy, la parca de los focos? ¿Tanto miedo me tiene ese maldito poste? No lo entiendo. Capaz que mi teoría metafísica era cierta. Bueno, no me costaba nada hacer un experimento científico. 
     El tema fue más o menos así. Aproveché que justo pasaba un micro para hacerle señas de parar. El chofer fue bondadoso y me permitió contarles mi historia a todos los pasajeros. Por suerte no tuvieron inconvenientes en bajarse del micro, junto con el chofer, para ser sujetos de prueba de mi experimento.
     La cosa era fácil. Cada persona iba a hacer de mí. Los disfracé lo más parecido a mí, cosa de confundir al poste, saben. Caminarían por la calle del mismo maldito modo que yo. Todo igual. 
     De este modo vería si el poste tiene un maldito problema conmigo, o si el problema soy yo. El experimento fue como lanzar una moneda al aire. Ninguno de los 39 pasajeros logró apagar la luz con su presencia. Solo mi maldito andar lo lograba. El asunto es que cada tanto pasaba yo, como para asegurarme que la cosa fuera lo más aleatoria posible. La ciencia ante todo. 
     Luego de tres horas en vano, me despedí de mis gentiles sujetos de prueba. No era muy tarde por suerte. A eso de las doce de la noche, el experimento se había acabado y también mi determinación. 
     Me rendí. Me dispuse a vivir una maldita vida que no deseo, hasta el maldito fin de mis tiempos. El poste de luz, por supuesto, se sigue apagando, cada maldita vez que paso por su calle. Un día traté de incendiarlo, pero fue inútil. No estoy loco, ni sé prender fuego cosas. Así que me conformé con gritarle algunas cosas. Eso es lo que hago desde hace doce meses, cada día que paso le grito: "tenés suerte, mi querido, porque si mañana no te apagás vos, te apago yo de un tiro, o el tiro me lo pego yo, y me terminás apagando vos a mí. ¿Qué decidís?".

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