domingo, 1 de junio de 2014

Día 14: El blues de la extinción

      ¡Oh, la soledad de sentirse único! Nadie para ver, nada para contar, la soledad misma. Los dichos mueren en mi boca y no hay a quien les llegue. La desidia de la situación y el oportunismo ha recaído sobre mí. 
      Tendría que maldecir a mis genes, en primer lugar, por hacerme el ser más apto en esta Tierra para sobrevivir. Ellos son los culpables de que yo haya perdido a mi familia, a mis amigos y al resto de mi especie. Me señalaron como el más apto y esta supervivencia se ha tornado una maldición divina.
      Tengo que maldecir a mis padres, culpables en su previsión. Ellos vieron, antes que nadie, la catástrofe que se cernía sobre nuestras cabezas. Mis padres han degollado a enemigos y amigos por igual, todo por lograr un espacio para mí en una promisoria cueva a unos kilómetros de mi hogar.
      Desde mi tierna infancia la cueva ha sido mi sustento. He tenido que cambiar radicalmente mi dieta. Desde que tengo uso de la razón que como hierbas y derivados. Por milagro de la naturaleza pude sobrevivir. Me adapté al brusco cambio del aire.
      Mi hogar estaba empecinado en hacerme perecer, y yo decidí ser más fuerte, a pesar de mi soledad. Esa fortaleza que me nacía de las entrañas, pues lo llevaba en la sangre, la heráldica soberbia de mi especie.
      Creímos reinar sobre la tierra, como únicos soberanos, y la naturaleza nos ha jugado esta mala pasada. Recuerdo nada más ayer, tener todos los recursos de la tierra al alcance de mi mano. Todo era una mera ilusión. El poder es un juguete que cae en niños apenas conscientes de lo que traen entre manos. 
      Me hubiera gustado dejar descendencia, repoblar la Tierra. Tengo que contentarme con haber sobrevivido la gran explosión. Digerir los pensamientos que me atormentan. Aligerar el paso que inevitable me lleva a la muerte. 
      Los esqueletos se ríen de mí. Los fantasmas de mis víctimas, viejos Diplodocus, emiten sus groseras carcajadas. Un viejo Tiranosaurio rex está a punto de morir y es aquí donde muere mi estirpe. 

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