lunes, 2 de junio de 2014

Día 15: El duelo

      El juego era sencillo. Como una partida de ajedrez sin tablero. Dos personas. Un objetivo. Es que a veces la victoria se anhela tanto. El deseo, el fervor que agita los cuerpos. La chicharra invisible de la partida había sonado. 
      Pocas reglas comprendía el juego. El divertimento lúdico fue dejado de lado para esta especial ocasión. Eran dos personas, al borde del mismo borde, con sus vidas apostadas. La vista debía permanecer en el contrincante. Ojos abiertos. El acto de pestañear le otorgaría el triunfo al oponente. 
      Ganar es un evento solitario. Lo mismo competir. Esa actividad de encontrar en un rincón de la mente las fuerzas para distinguirse del resto. Encontrar el ápice de energía suficiente para aplastar al rival. Hacerlo morder el polvo.
      Un hecho curioso acerca de este tipo de competiciones: no son lo que parecen. Bajo la mirada de un común espectador, el juego de las miradas puede compararse con una actividad pueril, el fruto de un pasatiempo infantil. Si bien es cierto que existen similitudes, nada más diferente existe. Los niños sueñan, los hombres creen.
      Y creen con tanto ahínco que, de forma curiosa, la creencia se torna sueño. A medida que las horas pasan, a medida que los párpados pesan y la voluntad cuenta, los sueños de lejanas juventudes reaparecen, de manera lúcida, a través de ese par de ojos glaciales que solo buscan ganar, que solo ambicionan gloria.
      El sueño es la desmesura del acto contrito del buen juicio. Es la razón que retorna a su fuente y es cegada en la batalla. Es un terreno de nieblas azules en donde correr con libertad, ajeno a las ataduras del tiempo, a las ligazones de la cultura que asfixia cuan boa constrictora. 
      Luego de tres horas de competencia, la azarosa intervención de los sueños rinde sus resultados, de las formas más diversas. Competidores se desvanecen ante la magnitud del fracaso retornada en trauma infantil. Caso contrario, el fenómeno de soñar despierto puede acentuar los rasgos de megalomanía y generar daños irreversibles en la psyché. 
      Aquellos capaces de advertir este desbalance mental y logran contrarrestar los efectos del deseo subconsciente, al establecer un equilibrio entre fuerzas dispares, terminan por encadenar la neurosis subyacente en una cárcel mental. Por lo general, esta clase de individuos ganan la competencia. Es normal que haya pocas personas con estas cualidades. 
      Una batalla de miradas, por lo común, suelen durar de cinco minutos a seis horas, de acuerdo a las capacidades mentales de los competidores y a sus aptitudes físicas. Dentro de cinco minutos está por cumplirse las veinticuatro horas sin interrupción de esta guerra, por demás peculiar. 
      Estos dos individuos, cuyo nombres no importan demasiado, trasgreden con su presencia el orden de los establecidos. Han acarreado sobre sus hombros el peso de la Tierra, de cada persona que lamenta, que llora, que se alegra, que vierte sus fluidos sobre múltiples matrices. Han logrado un equilibrio simbionte, casi diría sobrenatural. Como jurado de este evento, puedo aseverar que he visto y se han cometido actos que rayan lo inverosímil. He visto levitar objetos, y comunicaciones sin palabras que podrían ser objeto de un estudio telepático. El diez por ciento de límite de uso neuronal ha sido exprimido y roto sus barreras en este juego que muchos han caratulado de infantil. Dos hombres. Los hombres creen. El sueño ha muerto. Los dioses han muerto. 





Acá termina, si les gustó, pueden dejar de leer, en todo caso, si hay ganas de algo más, acá les va un final alternativo:

       Un duelo de creencias a punto de estallar frente a sus rostros. Minutos posteriores a las veinticuatro horas de cumplidas el evento, algo extraordinario ocurrió. Quiero creer, pero no puedo estar seguro. Dudo de lo vivido. Ambos enemigos a muerte abrieron los ojos como plato, y por un momento pude vislumbrar el aura de sendas galaxias, flotando delante de sus ojos. Luego de condensar el universo en un instante, los participantes del duelo murieron en silencio. 


            

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