miércoles, 4 de junio de 2014

Día 17: La desgracia

      De nuevo la migraña. Era como sentir que alguien te tira una piedra invisible que da de lleno en la sien. El dolor agudo que revuelve el cerebro.
      Son esos momentos en que uno opta por sentirse un desgraciado. La desgracia posee una fuerza única. Es el cúmulo de las catástrofes tolerables por un simple ser humano. Detrás, sin ser oído ni visto, actúa otro motor de la existencia, más nombrado y menos identificado. El monstruo del azar.
      Para ser producto de un racionamiento superficial, el azar con frecuencia se asocia a la metáfora del juego. A esa idea de que se puede perder o ganar de acuerdo a una carta afortunada, a un número querido u odiado, y así sucesivamente. 
      Del otro lado de la vereda están los fundamentalistas del Destino, que desde la antigua Grecia se hacen sentir fuerte. Las teorías contemporáneas, menos fatalistas respecto al camino prefijado de antemano, suelen referirse al libre albedrío, en connivencia con un cierto hado oculto detrás de estas acciones fruto de nuestras propias elecciones. Todo un pastiche de vida para estos tiempos que corren.  
      De nuevo, el azar es olvidado. Recluido a una mera instancia metafórica. Se lo concibe en detrimento de su verdadera fuerza. El azar, como tal, motoriza los hilos de nuestra existencia. De hecho, la vida no pasa de ser un mero producto de un ejercicio de mecánica cuántica.
      La propuesta es sencilla y compleja al mismo tiempo. Determino, a través de los múltiples caminos que puedo elegir, que he elegido y que elegiré, la posibilidad absoluta de un número X que determina y concatena las acciones en una secuencia tanto alienable como inalienable. El azar impone la convivencia forzosa entre opuestos y predice la no-predicción. El azar confronta al dogma de una manera mucho más radical que la heterodoxia. 
      Los seres humanos han logrado delimitar los alcances del azar, y llamaron a este reino con un curioso nombre: naturaleza. La naturaleza está regida, en su constitución, por actos aleatorios, los cuales en su combinatoria logran crear patrones de existencia.
      Estos patrones de existencias, concebidos desde el mismo caos, conllevan el azar en su material genético. Es así posible las desviaciones, malformaciones, alteraciones, derivados, mutaciones de todo objeto conocido y por conocer dentro del universo tangible. 
      Racionalizar esta serie de pensamientos no es consolador. De hecho suele ser angustiante. Es como vivir en una película de David Lynch. Cada bendito día de nuestra existencia. Se sigue patrones, un día explotan de la nada, otro se regeneran, y mañana uno no sabe qué.
      Mejor es confrontar con la migraña. Es dolor, pero del conocido. Es certeza por sobre la incertidumbre de la enormidad de un universo vacío. Es suponer, quizás desde una ingenuidad, la posibilidad de trascender el orden de los establecidos, esa mera celda que aprisiona los espíritus, y los tritura hasta la mismísima nada. 
      Quizás estas palabras me trasciendan. Tal vez sea todo mentira. O quizás una gran verdad. Poco importa a la mecánica del azar. 

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