sábado, 7 de junio de 2014

Día 20: Las uñas

      El tipo es extraño. Tiene un gorro y un guante en cada mano. No importa el frío. No importa el calor. Hace 48 grados a la sombra de una heladera, y el tipo no se quita ni los guantes, ni el gorro. Es extraño. ¿Qué tendrá? ¿Le dará alergia no transpirar? ¿Tendrá hielo en la sangre?
      No va nunca a la peluquería. Tampoco parece esconder muchos pelos. Capaz se los corta en su casa. Eso es. Sin embargo, no deja de ser curioso. Un tipo con actitudes excéntricas. ¿Qué tendrá?
      Desde muchacho, a este tipo no se le dio demasiado por las grandes charlas. Asombró a sus padres desde pequeño. No por las razones en que un niño puede asombrar a los padres, sino más bien por cuestiones algo curiosas. 
      La cosa se salió de los patrones desde las primeras ecografías. El doctor pensaba que se trataría de un error del ecógrafo. Luego de pujar un par de veces, y sentir los arañazos, la mamá de este extraño sujeto confirmó las imágenes prenatales.
      El pequeño bebé carecía de pelos, y también de uñas. Mejor dicho, había pelos, y uñas, pero en los lugares incorrectos. De la pequeña cabecita brotaban unas minúsculas uñas, y de las manos y pies surgían mechones de pelo negro. 
      A los papás no les gustó para nada esta broma de la genética. Razón por la cual sometieron al bebé a miles de experimentos sin grandes resultados. Fue para cuando el niño cumplió tres años que el médico sugirió a los padres la idea de vestirlo de acuerdo a la ocasión.
      De ahí en más, la gorra y los guantes no abandonaron a este curioso espécimen. Hizo el jardín, la escuela, el secundario y gran parte de su vida laboral con estos elementos por sobre su cabeza y sus manos. La gente solía preguntarle la razón. No ahondaban demasiado en su vida privada, porque el tipo era de pocas palabras. Las respuestas era más o menos la misma: "no es lo que ustedes creen", "lo necesito", "ya van a entender".
      Este tipo vivió unos increíbles 130 años. Murió producto de un raro accidente. Un piano con cola cayó encima de él. No le había hecho nada grave a su cuerpo, pero las teclas le impidieron respirar. Así murió. 
      Las pocas personas conocidas que fueron a su entierro comentaban cosas similares: "parecía más joven", "era una persona extraña", "nunca le conocí novia", "creo que era autista", y frases por el estilo. Lo que más sorprendía es lo cuidado de su cuerpo para tan avanzada edad. Los empleados del cementerio, sorprendidos, pensaban que enterraban a un hombre de no más de 60 años.
      Muchos años después, cuando las tecnologías superaron nuestra imaginación, e hicieron de los cementerios un terreno superfluo, el cuerpo de este sujeto fue encontrado durante una excavación.
      El espectáculo era digno de presenciar. El esqueleto, con largos rizos de uñas en su cráneo y pelos en las falanges, no guardaba parecido alguno con la raza humana. Un curioso, por fuera de la línea de trabajo, sacaba fotos holográficas, y le gritaba a los consternados trabajadores:

      - ¿Nunca vieron una película del siglo XX, incultos? ¿No saben nada de ciencia ficción, pedazos de idiota? Eso es un ALF, y está más claro que una pizza telegrafiada que esa criatura no es de nuestro planeta. 

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