domingo, 8 de junio de 2014

Día 21: El peor viaje

      "¡Azafata, Azafata!" vociferaba Carlos, mientras algunas personas detrás de él esperaban su momento para tomar asiento.

      - Carlos, no podés esperar, querido, a que suba la gente. Ya te van a atender. -convino Alicia-.

      - Yo tengo frío ahora, no después. El resto que espere. ¡Azafata, AZAFATA!

      Con gesto tímido, la azafata de abordo le solicitó a Carlos que guarde la compostura. Le preguntó lo que deseaba, a lo que el señor le respondió, con sorna, a los gritos:

      - ¡Cómo que voy a querer! ¡No ve que estoy tiritando de frío! ¡Quiero una manta, YA! ¿Tan difícil es entenderlo, o tengo que decírselo en chino? ¡Por Dios con esta gente!

      - Carlos, calmate por favor. Dale, venite. ¿Dónde querés sentarte? ¿En el pasillo, o en la ventana?

      - Me da lo mismo, Alicia. ¿Qué me mira, azafata? ¿Le debo algo? ¡¡¡Quiero mi manta!!!

      Solucionado el inconveniente, Alicia decidió sentarse en el lado de la ventana. Sabía que Carlos era de ir al baño con mayor frecuencia. El piloto dio a todos la bienvenida. Luego de las instrucciones de seguridad relativas al despegue, el viaje de Alicia y Carlos dio comienzo. La mayoría de las pocas personas que viajaban con ellos era gente joven. Unos puñeteros cagatintas, gente de negocio, inconscientes, de acuerdo a las observaciones de Carlos. Alicia no hacía caso de su marido, estaba maravillada:

      - Mirá, Carlos. ¿No te parece hermosa la vista?

      - Ya lo vi en la tele. No me importa demasiado. Quiero que esto se termine pronto, no me gusta esta clase de viajes. ¡Señor, SEÑOR! - Volvía a gritar Carlos, mientras pateaba con ímpetu el asiento de adelante-.

      Un muchacho de unos 25 años, algo contrariado, le preguntó lo que ocurría. Carlos estaba desaforado:

      - ¡Cómo qué quiero! ¿Usted es tonto? ¿No ve que tiene el asiento demasiado reclinado, y no me deja acomodar las piernas en paz? Arregle su asiento, ya. ¡YA!.

      - Disculpe a mi marido, señor. Es que esta clase de viajes lo pone algo nervioso. - se apresuró a explicar Alicia.

      - Por dios. Me voy al baño. Permiso, permiso. ¡Azafata! ¡AZAFATA! ¡QUIERO COMER! ¡VENGA, APÚRESE!

      Un nervioso Carlos llamaba a la azafata de a bordo desde el baño. Todos los que viajaban pudieron escuchar con una claridad pasmosa los gritos y jadeos de satisfacción de Carlos desde dentro del baño. Estaba un poco sordo, y solía gritar más de la cuenta al hablar, e incluso al expresarse mientras realizaba sus deposiciones.

      - Bueno, ya está. ¡Qué alivio! - dijo Carlos, a medida que se iba abrochando el cinturón mientras caminaba por el pasillo. - ¡Y, Alicia! ¿Trajeron la comida?

      - Te esperaba para que elijas el menú, papá. No hay mucha variedad.

      - ¡Qué se podía esperar de esta compañía de cuarta! ¡Son todos ladrones, LADRONES!

      La azafata le volvió a rogar, con mayor énfasis, que se calmara, que las personas se empezaban a incomodar con sus gritos.

      - Tráigame de comer, por favor. Unos fideos con tuco. Pero apúrese, tengo hambre. ¿No lo ve?

      - Señor, estamos por llegar a nuestro destino. La cocina ya está cerrada.

      - No me importa. ¿No escuchó lo que le dije? Tengo hambre.

      Luego de un par de minutos de conversación, Carlos logró que le trajesen el plato de fideos. Le resultó difícil comer, ya que estaban en pleno proceso de aterrizaje. Aun así, se las arregló para comerse el plato entero. 
      Quizás fue el apuro, sumado al momento en que comía, que Carlos empezó a sentirse mal. Alicia lo miraba preocupado. Justo cuando la azafata les pedía a todas las personas que recuerden tener puesto sus cinturones de seguridad, Carlos interrumpió el protocolo al vomitar en el pasillo. El vómito era grande, y no podía dominarlo. Tan mal se sentía, que maldijo a cada a de las personas presentes en el viaje. 
     
       Los trámites en la estación fueron más rápidos de lo que se esperaba. Como a las dos de la tarde, Alicia y Carlos ya paseaban por la ciudad. Alicia tenía un folleto en la mano. Comentaba, excitada:

      - Mirá, papá. El folleto dice que estamos a dos kilómetro de la primera Colonia. Ahí todavía existen terrenos vírgenes. Tal cual lo encontraron los primeros exploradores. Mirá el cielo, ¡Qué hermoso! ¡Ahí se ve la Tierra! ¿No te gusta Marte?

      - Mamá, todo esto ya lo vi en la tele. ¿Te creés que me importa? Todavía me duele la panza. No veo la hora de llegar a casa para escribirle una carta a la Aerolínea Interspacial. No sabés la flor de demanda que se van a ligar. 

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