martes, 10 de junio de 2014

Día 23: Confesiones reales

      El hombre suele escoger la temeridad de un nombre por sobre las mieles de una fama pasajera. Muchas acciones suelen centrarse en la nimiedad de los actos intrascendentes. Mi destino, desde la cuna, fue diferente. Yo nací para reinar. Mi ascendencia certifica mis aspiraciones. La sangre de antiguos reyes y gloriosas hazañas corre por mis venas, como un distante cuerno que resuena en el valle, anunciando la batalla. 
      Mi nombre es Antonio Ugarte Urretavizcaya, y nací en el año 1963 de nuestro Señor Jesucristo en las afueras de Bilbao. Como les decía, soy nacido en cuna real, y mis heredades abarcan vastos terrenos de la actual Europa. El destino me ha llamado para completar la obra inconclusa del gran Alejandro Magno. Todos alabarán mi sapiencia, envidiarán mis castillos. 
      Desde muy pequeño, cuando aprendí a leer y escribir, soy un soldado de la fe cristiana. Mis amplias lecturas teológicas lo confirman. El Señor es conmigo, y mi alma le pertenece. Soy su cordero, su espada, su sangre. Sé que él me ha encomendado esta tarea. Nada es casualidad.
      Estoy aquí en este mundo para erradicar el obrar herético, del que son víctimas muchos fieles, bajo el yugo de imperios de falsa fe y falsas banderas. Su labor es contribuir a acrecentar la corrupción del espíritu y la transgresión de la carne. Por la gracia divina no han contado con mi aparición. Sabrán arrepentirse de sus pecados. Arderán en las llamas del arrepentimiento. Mientras mi reino de luz prospera, desde la pequeña Portugal, hasta la fiera Turquía. 
      Dejo esta nota para aquel que la encuentre. Considérese afortunado, porque el señor te ha escogido para esta tarea. Mi paso por este mundo recién empieza. Sin embargo, querido lector, mi presente no es promisorio, al menos de momento. 
      Con mis dotes para la batalla, y mi gran capacidad retórica, he logrado reunir un ejército de 150 buenos hombres. Con prisa nos movimos a Francia. Hemos ganado hasta ahora sendas batallas, pero una cruel derrota cayó sobre nosotros en las afueras de París. En estos momentos estoy aprisionado en un Castillo Moro. Las paredes blancas me ciegan.
      Dado que la guardia desconfía de mis habilidades para la pelea, han tenido la precaución de ponerme una camisa blanca que impidiera cualquiera de mis rápidos movimientos. No vivo un presente digno de mi carácter real, querido lector, es una pena que lo leas de mí, pero así es. 
      La razón de mi encierro todavía no se ha aclarado. Espero un mensaje desde mis tierras, para iniciar una nueva lid que favorezca mi escape. Por eso te ruego, querido lector, si te encuentras en Bilbao, di que vienes de parte de Antonio I, rey de reyes, y te garantizaré que nadie te hará oídos sordos. Beberás el mejor vino, y serás hospedado en las mejores posadas. Querido lector, te ruego encarecidamente que vengues mi nombre, mi sello y nuestro Señor te lo agradecerán por siempre. 

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