miércoles, 11 de junio de 2014

Día 24: Payasos con problemas

      Le agradecemos al señor Freud por dejarnos presenciar una de sus sesiones de terapia grupal. Nos encontramos dentro de las instalaciones del Centro de Atención Sigmund Freud para payasos con poderes inútiles. La labor de este Centro es reconocida a nivel mundial por sus grandes avances en los trastornos psicológicos de los payasos. 
      El señor Freud nos pidió que guardemos silencio. A continuación dio inicio a la sesión con un par de palabras de introducción hacia nosotros, y hacia sus pacientes. Invitó al primer payaso que forma la ronda a que se sienta libre de contarnos sus vivencias y experiencias, éstas fueron sus palabras:

      - Hola a todos, mi nombre es Trompeta acalorada, y trabajo lunes, miércoles y viernes en el Circo del Señor Rossini. Hace dos meses descubrí que tengo la capacidad de anticipar eventos antes que ocurran. Es lamentable, pero este don no me ha traído más que disgustos. 
      Verán señores, puedo predecir cualquier cosa que vaya a ocurrir dentro de un segundo, y nada más. Cuando quiero contarlo, ya ocurrió, así que al final me toman por un payaso tarado que repite las cosas que ocurren. No pude evitar la muerte de mi abuela, víctima de un pastelazo; tampoco que mi primo se quiebre las costillas al pisar una banana. Como les decía, tan solo un segundo antes. 
      He intentado deshacerme de dicho poder, pero es inevitable. Me ha dejado sin amigos, mi jefe quiere despedirme porque me ve como en otro mundo. Yo a su vez me siento desatento, quiero recuperar la alegría y hacer mi trabajo. Por eso he venido a su prestigioso Centro, señor Freud, porque tengo la seguridad de que me va a ayudar. Si, ahora me va a interrumpir, ya lo sé.

      Mientras decía la última frase, el señor Freud, de hecho interrumpió a Trompeta. De ese modo quedó expuesto el caso del primer paciente. El segundo payaso no se hizo esperar. Saltó nervioso de la silla, haciendo gestos raros, mientras mojaba a todos con un sifón. Éste fue su testimonio:

      - ¡¡¡Hooooooooooolaaaaaaaaaaa a tooooooodooooooooooosssssssss!!! ¡¡¡Tengo un problemóóóóón!!! ¡¡¡Pero no me importa, he venido a alegrarles la tarde, con trucos asooooombroooosoooossss!!! ¡¡¡Un aplauso para su servidorrrrrr!!! ¡¡¡El grannnnnnnn Catapultínnnnnnnnnnnnnn!!! ¡¡¡aplaaaaudaaaaan, aplaaaaaaudaaaannn!!! Gracias, gracias, son un público increíble, si, gracias, gracias. Me disculpo, no puedo dejar de actuar, ¡¡¡son las luces que me emocioooooonannnnnnnnnnn!!!
      No taaaaaanttoooooo como este podercito, que no tengo en esta maaanooo, no no, está en la otraaa manooo, y ¡PIM! ¡¡¡Acá lo ven!!! ¿¿¿Lo ven??? ¿¿¿Lo ven??? ¡La mano se hizo más chiiiiiicaaaaa! ¡Está chiquiiiitaaa! ¡¡¡Y así puedo achicar toooooodoooo mi cuerpooooo!!! ¿Quieren verlo? No, van a quedarse con la intrigaaaaa, ¡jaaaa! ¡¡¡Porque el Gran Catapultín, no sabe cómo agrandarlos de nuevo!!! sisi, querido público, es triissssteee, ¡buaaaa, buaaaa! no se preocupen, no los vamos a hacer lloraaaar, van a reírrrrr, como nuncaaaaa!!! Mirá vos, ¡olé esta flor! ¿Está rica, eh?
      El gran Catapultín tiene mieeeedooooo, porque doña Catapultina pueda verlo con algunas partes más chiiiiicas de la cuentaaa, y eso no está bien, ¿no? ¡Claaaaro que no!, ¡¡¡Catapultín tiene que hacer feliiiiiizzzzzz a su señoraaaa!!! Y en la caaaama, ¡pffff, cómo demanda! y Doña Catapultina lo ve más chico, y no sé qué hacerrrrr, ¡¡¡buaaa buaaaa, ayúdeme doctor!!! ¡¡¡Ayúdeme!!! ¡Huela esta flor! ¡jaja! 

      Luego del extenso discurso de Catapultín, y que el resto de los pacientes se secaron, el doctor Freud animó a que el tercer payaso nos contara sus problemas:

      - Hola. Por favor, agarren sus pañuelos. No quiero causarles más lástima. Verán, mi nombre es Blabufat, y soy el payaso más gracioso del mundo. Mis chistes son reconocidos a nivel mundial. He ganado muchos premios. Y soy muy querido. Pero la tragedia cayó sobre mi persona, hace un año. 
      Mi capacidad es la de hacer llorar a las personas. Cada palabra que surge de mi boca, las hace llorar. Es irremediable. Les cuento el mejor chiste del mundo, y lloran. Sus ojos quedan como platos de metal dentro de un microondas. 
      Quiero volver a ser el payaso de antes, Sigmund. Porque la comedia es mi vida, y no puedo soportar tener que hacer publicidades de marca de pañuelos descartables y que todos me digan a mis espaldas "Cebollín", esto tiene que acabar, por eso he solicitado su ayuda.
      
      La corta intervención de Blabufat provocó un océano de risas y lágrimas, todas mezcladas. La sesión tuvo que reanudarse luego de dos horas de llantos y sonrisas. Cuando todo se calmó, el doctor Freud, aún algo conmovido, le cedió la palabra al cuarto paciente:

      - Les pido a todos que bajen las luces. No quiero hablar demasiado. Solo vean.

      El cuarto payaso cerró los ojos. Las luces se apagaron a su pedido. Sus manos se colocaron a un metro y medio de la silla. Luego de 30 minutos de silencio, el doctor Freud consultó con el paciente qué era lo que teníamos que ver.

      - ¿Ustedes tampoco lo ven? ¡La silla se ha movido! Se movió con el poder de mi mente. Por desgracia, apenas puedo moverla a razón de menos de un milímetro por hora. Nadie se da cuenta. Estoy frustrado. Quiero desarrollar mis poderes, pero no puedo mover nada más que a esa distancia. Tengo ofertas de muchos circos. Quieren que vuelva a mi vieja rutina con el hombre disfrazado de león. Pero me niego a dar un paso atrás. Quiero este poder, lo deseo, quiero mover las cosas lejos. Quiero mandarlos a todos a Marte, quiero que este mundo desaparezca, ¡los voy a matar a todos, malditos renacuajos!

      El doctor Freud advirtió que su paciente con poderes telekinéticos se volvía inestable, así que lo abrazó con mucho cariño, y eso lo tranquilizó. En ese momento estalló la sala. Por fortuna, no hubo heridos de gravedad. De inmediato un inconfundible olor llenó el espacio. El último payaso habló:

      - Lo siento. No sabía cómo empezar a hablar. Los vi a todos tan resueltos, y pensaba, ¿qué les digo? ¿Cómo les explico lo que me pasa? Me daba tanta vergüenza compartir con ustedes mis problemas, y pasó esto. Como ya habrán olido, esa flatulencia es mía. Es muy olorosa, no puedo evitarlo, pero a su vez tiene la fuerza de diez motores. Quisiera encontrar la manera de aprovechar esta fuerza dentro mío, pero todo se escapa por mi parte trasera, y no puedo entrar al cine sin que me terminen echando. Doctor Freud, le pido disculpas por destruir su sala, y por lastimarle la cabeza. Quiero su ayuda.

      El doctor Freud, con absoluta parsimonia, agradeció a cada uno de sus pacientes. Les explicó que todos vinieron aquí para ser curados, y que aquí iban a tener su cura. Momentos después, sacó de su maletín una ametralladora y arremetió con una ráfaga de tiros. La sala destruida ahora estaba decorada con un mar de cadáveres de payasos y sangre. Luego del final de la sesión, el doctor Freud nos invitó cordialmente a venir la semana que viene. Nosotros aceptamos gustosos.

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