jueves, 12 de junio de 2014

Día 25: La escritura y sus 1001 motivaciones

      La escritura es una lucha interna. Una confrontación directa con la psique. Es perseguirla a través de frondosos laberintos. Es el juego de perseguir y encontrar. Es volver muchas veces con las manos vacías. Las letras a veces se escurren entre los surcos del cerebro. Y no siempre es fácil escoger la frase.
      Las ideas juegan con nuestras debilidades. Nos fuerza a abandonar, a capitular. La hora de redimir la historia se extiende y el blanco mental busca ganar. Se juega con la inseguridad de la elegancia. La frase justa aparece recortada por las rodillas. Quizás no exista la frase justa. 
      Escribir es el constante ejercicio que no se ciñe al tiempo y el espacio. Es abandonarse, representar un papel, escoger las armas, hacer las veces de Dios textual. Un Dios consciente, en perpetua combinatoria.
      Las letras nos fuerzan a quebrantar las leyes del lenguaje, nos obliga a permutarlo, a experimentar un sueño cabalista. Es contar las piezas del rompecabezas y volver a armarlas, es redefinir, al fin, nuestra relación con el mundo.
      La escritura es una lucha interna. Es dar cuenta de lo efímera de nuestra supervivencia. El texto se asegura que nuestro paso por la Tierra es corto, y busca revivirnos, a través de una extraña alquimia entre texto y lector. 
      El que lee rompe la cuarta pared y nos mira, fijo a los ojos. Cree entendernos, quiere consolarnos por nuestra ocre existencia. El lector es un detective, un agente del orden, con las pruebas en la mano, que quiere encarcelarnos bajo el techo de la significación y las diatribas hermenéuticas. 
      Es la labor del que escribe hacerlo dirimir, hacer notorio su error. Es el trabajo de dejar perplejo al que lee, de conducirlo por senderos aún no marcados. El truco que no se veía venir, y sin embargo siempre estuvo al alcance de esa mano. 
      La escritura puede ser una lucha interna. O no. No todos tenemos las mismas habilidades para hurguetear y escarbar dentro del accionar de nuestros demonios. 
     Scheherezade es uno mismo. Me cuento día a día una nueva historia, para mantener en vilo mi sultánica presencia, y así es como logro conmutar mi pena en esta tierra.

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