sábado, 14 de junio de 2014

Día 27: El asistente del demonio

       En las afueras de una ciudad populosa existe un vasto campo, a unos cinco kilómetros existe un cruce de caminos de tierra. A un costado de esa poca transitada calle se encuentra un hombre. Está impaciente. Sabe que faltan dos minutos para la medianoche. El océano de estrellas hace de la noche un nuevo día.
      A las doce en punto, un pequeño hombre en bicicleta se acerca al cruce. Está cansado y jadea con dificultad. Luego de caminar un par de pasos hacia la persona que espera, se tropieza, y pierde sus aparatosos lentes. El hombre trata de ayudar al pequeño caído. El pequeño se rehúsa. Ese gesto de cortesía le anima a entablar el diálogo:

      - ¿usted es...?

      - No, no, muchacho. Soy su asistente. El Señor Demonio está por llegar. Así que vamos a tener que esperarlo juntos.

      - Ah, mire. No sabía que tenían asistentes.

      - De hecho es una beca del instituto en donde estudié. Estuve un par de años atendiendo un kiosko en el lugar donde viven los seres de nuestra clase. Y se me presentó esta oportunidad para trabajar con el Señor Demonio, y acá estamos.

      - Y dígame, Señor Asistente. ¿El Señor Demonio tiene nombre?

      - Pero, pero, ¿qué preguntas hace? Dígame, usted a qué se dedica.

      - No se preocupe... nada en particular, por allá. Hago cosas. Algunas por acá... otras por allá.

      Luego de cuarenta minutos de insípido diálogo, una limusina estacionó en el medio del camino.

      - Espéreme, tengo que abrirle la puerta al Señor Demonio. Le gustan las grandes entradas. Además es un ferviente adorador de la servidumbre.

      Un hombre alto, vestido con un impecable traje, bajó de la limusina, a pesar de ser innecesarios, porta unos caros anteojos de sol y un maletín.

      - ¡Aló, Aló! Señor Asistente, Señor suplicante. ¿Cómo les va? Disculpen la demora, ya saben, la noche me pierde un poco. ¿Vamos a los negocios? dígame, ¿qué quiere? ¿Fama, dinero, tocar la guitarra como Slash? Vamos, rápido que no tengo todo el día.

      Luego de la presentación, el Señor Demonio encendió un cigarrillo, mientras le extendía al hombre un contrato con una lapicera. El Señor Asistente carraspeó:

      - Perdóneme, Señor Demonio, ¿pero no dice el Código de Contratos y Otros Menesteres que antes de hacer firmar y realizar nuestro ofrecimiento, tenemos que conocer mejor a la persona con la cual vamos a celebrar el Contrato? El artículo 208, inciso 8, claramente explica que...

      - Sh, sh, patrañas. Sé al dedillo lo que dice ese artículo. Por favor, Señor Asistente, usted está acá para aprender, no para cuestionar. Además, con cinco siglos de experiencia en esta profesión, ¿usted quiere venir a decirme a mí como hacer las cosas? Hágame un favor y tráigame un Martini de la limo. Bien seco, ¿si?

      - Pero...

      -Pero, pero, nada. A ver, dígame señor, ¿qué desea?

      - Nada del otro mundo. -el hombre observaba de reojo, mientras finge sorpresa-. En realidad quiero revivir a mi madre. Murió joven, y no me parece justo.

      - Bueno, revivir a familiares. Se puede hacer. ¡Madres! ¡Uno nunca va a terminar de entender a los humanos! La mía lleva muerta veinte siglos, y estoy feliz de que así sea. Siempre odié a mi madre. Bien, acá tiene el contrato, léalo a ver si está todo correcto, luego me firma acá, acá y acá. Dentro de 24 horas revivimos a su mamita, y listo el pollo.

      Una fina voz surgía de la limusina:

      - Señor Demonio, ¿sabe que el artículo 1565 B nos informa...

      - El Martini, Señor Asistente. Tengo la garganta hecha un desierto. ¿Linda noche, no?

      - Pero hace mal.

      - Usted espere, y después que terminemos, me hace todas las preguntas y observaciones que desee, ¿le parece?

      - Bueno.

      El señor suplicante tardó un poco más de la cuenta en leer y firmar el Contrato. Turno de las despedidas formales. Solo queda la luna, las estrellas, el Señor Demonio y un asistente lleno de inquietudes:

      - Bueno, mi querido Señor Asistente. Tenía preguntas, observaciones, quejas acerca de mi profesional y larga trayectoria. Aquí tiene la oportunidad de desembuchar.

      El señor Asistente tomó un amplio respiro, y luego de acomodarse la montura de las gafas, tomó el Contrato y empezó a disertar:

      - Señor Demonio, no es mi finalidad faltarle el respeto, pero lamento informarle que usted ha hecho todo mal. En principio, como le mencionaba, es el trabajo de los demonios conocer a los humanos, no es solo la idea de reducir a su raza a los meros clichés que delinean su existencia. Es indagar en las profundidades de su psique, y dar cuenta de la individualidad de cada sujeto.

      - Claro, bla, bla bla. Ya lo sabía...

      - No termina acá, Señor Demonio. Recordará usted que lo llamé desde dentro de la limusina para rememorarle el artículo 1565 B, el cuál explicita la duración de la lectura y firma del Contrato, que no debe superar un tiempo mayor a los 5 minutos. Ese tiempo debe controlarse, lo mismo que la lectura. Ya que, como bien se dicta en las experiencias de Instituto, existen humanos muy astutos que pueden realizar cambios significativos en los contratos.

      - Es una gran verdad, mi gran amigo, pero, dígame, sinceramente, ¿usted iba a desconfiar de estos campechanos, que no tienen mayores preocupaciones que hacerle el amor a sus ovejas? ¿Lo haría en verdad, Señor Asistente?

      - Aquí es donde ha cometido su mayor error, Señor Demonio. Se ha dejado guiar por una falsa apariencia. Esta persona no solo ha aparentado ser un hombre de campo ignorante, sino que ha agregado dos artículos al Contrato, y su firma...

      - ¿Dos artículos? ¿Qué dicen? ¿Ve usted, Señor Asistente, que es un idiota? Me lo hubiera pedido y le habría concedido lo que él desease.

      - Lo dudo. Porque un artículo dice: "Por el presente artículo, dejo constancia que este Contrato no es proclive ni a futuras correcciones, ni a futuras anulaciones", y el segundo artículo aclara: "El abajo firmante da conformidad a vivir por siempre una vida llena de eternos tormentos y castigos"

      - Curioso. Tenemos a un masoquista. ¿Sabe lo que es un masoquista, Señor Asistente? Es un ser humano al que le gusta sufrir, como a este campechano imbécil. Fin de la historia, ¿qué puede salir mal? Tengo un alma que quiere ser castigada por toda la eternidad, qué mejor negocio para nuestra profesión. Dígame, me mencionaba algo sobre la firma.

      El señor asistente bajó los hombros. Estaba rendido. No podía luchar más contra su jefe, así que decidió ir al grano, luego de acomodarse las gafas otra vez:

      - La verdad que no sé cómo ha hecho para descubrirlo. La firma está fraguada. Tiene el nombre y la firma de la persona que realizó el Contrato. A lo que me refiero, este Contrato tiene su nombre y su firma, Señor Demonio. 





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