domingo, 15 de junio de 2014

Día 28: Power off

...Basado en una historia real

     Quiero contarles algo. No es la típica historia. Bah, de hecho sí lo es. Quizás no sea algo como composición tema la vaca, la vaca nos da la leche, mu mu. O por ahí sí, depende del ojo lector.
     Suelo tener una vida rutinaria, sin muchas alternancias. Cualquiera que conozca esta tipología existencial sabe bien a lo que me refiero. O sea, un eufemismo de vida de mierda.
     Todos los malditos días, el mismo maldito traje, la misma maldita jefa, el mismo estúpido y maldito trabajo, el mismo condenado, estúpido y maldito micro, la misma maldita parada, las mismas malditas cuadras para caminar hasta mi casa, y mi misma maldita casa. Todo el maldito día. Así sucesivamente.
     Aconsejable sería pegarme un tiro. No puedo. Soy muy cobarde. Vivo la vida que quiero, pero no la que deseo.
    ¿A usted alguna vez le ha pasado algo similar? No me importa, esta historia no se trata de usted y tampoco busca un mísero gramo de su compasión o entendimiento. El asunto empezó así:

     Una noche bajaba del maldito micro. Llovía como nunca. Caminaba la calle, mientras canturreaba una canción estúpida. De repente la noche se hizo más noche. La luz del poste se cortó en el preciso momento en el que yo pasaba. Casualidad. No es que crea demasiado en las casualidades, pero pareció eso. Todo hubiera quedado ahí, pero al otro día ocurrió lo mismo. La luz se cortaba a mi paso, como si tuviese alguna especie de sensor que le indicaba el asco que sentía hacia mi presencia.
     La tercera noche que ocurrió lo mismo, me quedé pensando. ¿Me odiará? Capaz me recuerde de pequeño. Lo reconozco, era un chico problemático. Pateaba y meaba a todo el que se me cruzaba por enfrente. Por ahí ese poste de luz fue una de mis víctimas en ese entonces. No, no, era una solución al conflicto demasiado metafísica. Tenía que haber un desperfecto eléctrico.
     Como un buen ciudadano, llamé a la compañía dueña de ese poste para que lo arreglaran de una maldita vez. Me tomé el deliberado trabajo de ir con los técnicos para que cuenten con mi ayuda. No fui muy útil. No sé nada de electricidad. Sé algo de castellano, por suerte. Los técnicos me comentaron que el poste está bien, no tiene nada malo. Por ahí estaba algo sucio, y quizás por eso hace mal contacto de vez en cuando.
     La respuesta sonaba convincente, así que me fui a dormir. Eran las cuatro de la mañana. Estaba feliz, las compañías eléctricas trabajan a toda hora, y arreglan cualquier desperfecto al instante. Eso era eficiencia. 
     Me hubiera gustado terminar ahí la historia. La composición tema la vaca, la vaca nos da la leche, mu mu habría sido más interesante, lo sé. Por suerte para el entretenimiento, la cosa no terminó ahí. De hecho, recién comienza.
     Adivinarán que al otro día ocurrió lo obvio. La luz no se apagó. Bien por la compañía eléctrica. No son tan malditos después de todo. 
     Pero. Siempre hay un pero. El mundo está lleno de peros. Pero para acá, pero para allá, pero para todos. El pero surgió al día siguiente al día que siguió. La luz volvió a cortarse a mi paso. 
     No suelo ser un neurótico de los postes de luz, pero pero. Me molesta sentir que las cosas se apagan a mi paso. ¿Qué soy, la parca de los focos? ¿Tanto miedo me tiene ese maldito poste? No lo entiendo. Capaz que mi teoría metafísica era cierta. Bueno, no me costaba nada hacer un experimento científico. 
     El tema fue más o menos así. Aproveché que justo pasaba un micro para hacerle señas de parar. El chofer fue bondadoso y me permitió contarles mi historia a todos los pasajeros. Por suerte no tuvieron inconvenientes en bajarse del micro, junto con el chofer, para ser sujetos de prueba de mi experimento.
     La cosa era fácil. Cada persona iba a hacer de mí. Los disfracé lo más parecido a mí, cosa de confundir al poste, saben. Caminarían por la calle del mismo maldito modo que yo. Todo igual. 
     De este modo vería si el poste tiene un maldito problema conmigo, o si el problema soy yo. El experimento fue como lanzar una moneda al aire. Ninguno de los 39 pasajeros logró apagar la luz con su presencia. Solo mi maldito andar lo lograba. El asunto es que cada tanto pasaba yo, como para asegurarme que la cosa fuera lo más aleatoria posible. La ciencia ante todo. 
     Luego de tres horas en vano, me despedí de mis gentiles sujetos de prueba. No era muy tarde por suerte. A eso de las doce de la noche, el experimento se había acabado y también mi determinación. 
     Me rendí. Me dispuse a vivir una maldita vida que no deseo, hasta el maldito fin de mis tiempos. El poste de luz, por supuesto, se sigue apagando, cada maldita vez que paso por su calle. Un día traté de incendiarlo, pero fue inútil. No estoy loco, ni sé prender fuego cosas. Así que me conformé con gritarle algunas cosas. Eso es lo que hago desde hace doce meses, cada día que paso le grito: "tenés suerte, mi querido, porque si mañana no te apagás vos, te apago yo de un tiro, o el tiro me lo pego yo, y me terminás apagando vos a mí. ¿Qué decidís?".

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