martes, 17 de junio de 2014

Día 30: Doctor Hans Coniglio: Reanimador (de pelos)

     Conocí al doctor Coniglio durante mis años de estudio de Ingeniería en la Universidad de Misantropic. En ese entonces, Coniglio era un apuesto veinteañero de tez morena, ojos verdes como el mar y una actitud amistosa a toda prueba.  
     Nuestros caminos se cruzaron gracias a los intereses que teníamos en común, los cuales nos convirtieron muy pronto en grandes amigos y ocasionales amantes. Los peculiares experimentos del doctor Coniglio llamaron la atención del decano de la Facultad. No solo por sus prácticas poco ortodoxas dentro del campo de la Ingeniería, sino también por las groseras acusaciones de homosexualidad contra su persona, las cuales puedo dar fe. 
     Luego de recibirnos, por muchos años perdí contacto con mi amigo. Por los diarios me puse al corriente de su fracaso en el proyecto del Colisionador de partículas, y su más reciente fallido teletransportador. Por esos días recibí su llamado. El doctor Coniglio necesitaba un asistente y consideraba que yo era la persona más idónea para el trabajo que tenía por delante.
     Poco después del desastre del teletransportador, sus padres lo echaron de casa sin derecho a réplica. Alquilaba un monoambiente a las afueras de Riverside. El pequeño departamento fue nuestro punto de reencuentro. El caos, un pandemonio, medias sobre el microondas, pedazos de pizza en el techo, una feta de jamón pegada a un televisor de catorce pulgadas blanco y negro, un canasto lleno de ropa sucia tirado sobre una mesa ratona agrietada, humedad, un ratón que pasaba a saludarme, Arjona sonaba de fondo. Me repugna cada vez que lo recuerdo.
     La propuesta del Doctor Coniglio era sencilla. Dado que sus clones no habían desarrollado su inteligencia de poco le servían, salvo para enloquecer un poco más a su padre o para servir un té tibio, de vez en cuando. Fue cuando pensó en mí, y en mi miedo a quedarme calvo.
     Como verán, mi amigo era un entusiasta investigador de los avances de la alopecia masculina. Durante su paso por la universidad pudo generar un líquido que inyectado en un ser calvo podía llegar a revivir sus pelos. El tema de los pelos lo obsesionaba. El doctor Coniglio podía llegar a pasar semanas enteras dentro de diversas peluquerías recolectando muestras. Un día llegó a comprar diez gatos, con el mero propósito de que escupan su bendita bola de pelos.
     Tal era su obsesión con los pelos que, según me contaba una vez, Coniglio llegó a ver diez veces seguida la película Pie Grande y los Henderson. Harry le gustaba. Quería que fuera real. Lo deseaba. Quería un sasquash.
     Me mudé al poco tiempo a su departamento. Más precisamente a su sofá. Todavía le quedaban cinco gatos. Los primeros días apenas pude dormir. Amanecía cubierto de pelos, con gatos caminando por sobre mi cabeza. 
     Los experimentos con el fluido del doctor Coniglio empezaron a la brevedad. Necesitábamos, de acuerdo a él, ejemplares frescos. Quiero decir, personas que hayan quedado calvos recientemente, porque si no su tónico sería ineficiente para revivir las células capilares.
     Por esos días los dos frecuentábamos peluquerías, centros de recuperación capilar, casas de coiffeurs y revistas paranormales. Ya saben, por las dudas.
     Nos llevó dos semanas encontrar a nuestro primer ejemplar. Un hombre sano de treinta y dos años, con una brillante frente, como para estacionar una fila entera de autos de piojos. Le explicamos someramente cómo sería nuestro experimento, le hicimos firmar un acuerdo en el que quedábamos exentos de culpas referidas a posibles efectos secundarios y el doctor Coniglio se dispuso a inyectarle el fluido.
     Los resultados no fueron los esperados. El hombre quedó calvo, tal como había entrado a nuestro laboratorio, el monoambiente de mi amigo. Para solventar los inconvenientes ocasionados, Coniglio convenció al hombre de que se llevase un gato de regalo. 
     Luego del fallido experimento, la conducta de mi amigo empezó a flaquear. Lo notaba más nervioso que de costumbre, con frecuentes accesos de paranoia. Un día, mientras comíamos una pizza que habíamos encargado, Coniglio me advierte:

     - Jack, no quiero asustarte. Pero me parece que acabamos de crear un sasquash. Y nos está siguiendo.

     Me reí con ganas ante la ocurrencia de mi amigo. Le dije que era todo producto de su fantasía, que tanto mirar esas películas le había limado el cerebro. Lo mejor sería que volviéramos a nuestros experimentos para que pueda despejar un poco su mente. En ese momento sentimos un ruido en la ventana. 
     Lo que pasó a continuación fue algo extraordinario. No puedo aseverar las imágenes que brotan de mis recuerdos, dado que la ventana estaba algo, digo, bastante, sucia. Pero lo que sí puedo asegurarles es que una criatura pasó caminando por ahí. Hacía ruidos como de Chewbacca, y parecía lleno de pelos, al menos por lo que pudimos ver a través de sus sombras.
     Durante diecisiete años Coniglio anduvo mirando por encima del hombro, y quejándose de que le parecía ver pelos caer detrás de él. Ahora trabaja en un McDonald's.

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