jueves, 19 de junio de 2014

Día 32: El detalle surrealista

      Perseguí a la sombra a través de una noche de focos. La luna había muerto hace eones. Miré mi reloj y ya no existía. Por miedo a ser el siguiente en la oleada destructiva aceleré el paso. El piso se movía. Eran espejos. Yo mismo reflejado por miles de inconsistentes retratos de mí. 
      Por poco me atrapo. Estaba lejos, pero eso era otro engaño de la visión. Le gusta juguetear con los sentidos. Fuegos artificiales estallaban contra las paredes. Pedazos de ramas saltaban contra mis piernas. En otro momento, que ya es pasado, se comenzó a estirar todo.
      Se estiró el tiempo, se estiró el espacio, me estiré, las casas se estiraron, los techos se estiraron, los gatos se estiraron, los bebés se estiraron, mamá se estiró, los bulbos raquídeos se estiraron. En una noche estirada de focos estirados perseguí a mi estirada sombra.
      La jaula se rompió. Los animales salieron. Juntos. Tomaron la ciudad. Remaron en ostentosas barcas. Codo a codo. La unión previó a la fuerza. El golpe se hizo realidad. Así reinó el caos.
      Las tempestades de múltiples unos cayeron, como lluvia sobre mis zapatos. A veces todo era normal. A veces mi sombra solo era mi sombra. Así que la labor de otorgar significantes a los significados no se hacía tan difícil. La representatividad de las cosas. Su distancia con las palabras. A veces era posible tener todo cerca, y dictaminar, con tiránico afán, que las cosas son como son, y como nada más. 
      Es por el país de las sombras, la república de los sueños, que camino y camino, sin dejar de mover los pies, sin dejar de constreñir los dedos. La sombra a veces se acerca un poco más, como la palabra a la cosa, como la cosa a la palabra. Hacen casi el amor. Casi la sensación de casi tocarse. Pero a su vez es nada.

      Las luces se encendieron. El experimento falló una vez más. Muchas caras consternadas. El sujeto estaba muerto, o en coma, lo mismo daba. Habían perdido las señales cerebrales. Una vez más, el mundo onírico le cerraba la puerta a la ciencia. Luego de unos minutos de silencio, uno de los temerosos doctores dijo que quizás así debía permanecer. Los sueños debían y deberán ser una fortaleza inextricable. 

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