viernes, 20 de junio de 2014

Día 33: A través del oasis

      ¿Agua, qué era? Una molécula de hidrógeno y dos moléculas de oxígeno, una secuencia repetida infinidad de veces, con el mero objeto de crear una ilusión de líquido atravesando la garganta. El engaño de cortar la sequía corporal, decirle basta al declive iniciado a partir de la falta de estas tres moléculas. Un engaño. La vida es sueño. 
      Hace tres días que vago por el desierto. No existe el rumbo prefijado, no hay GPS, no hay comida, no hay compañía. Acarreo mi humanidad como un muerto atado a la pierna izquierda. El dolor lacerante atraviesa cada centímetro, cada gramo de mis músculos. Por los días el calor abrasa, por las noches, imposible escapar de la helada que hace tiritar cada rincón del alma.
      A cada momento me cuento historias. Para que no muera el cerebro. Es importante tenerlo activo. No caer en la locura. Hay que atarse al barco y no oír el llamado de las sirenas de arena.
      El paraje desolado. Ya los restos de mi expedición son parte del desierto, de la arena, arena, arena. Arena que se mete por las articulaciones. Arena en el cerebro. Arena por doquier.
      Sentirse seco. Hay que definir el mundo. De eso se trata la desesperanza, de cuestionarlo todo, hasta los cimientos. No sé si veré a mis hijos. Ya no lo sé. Tengo que dudar de mi existencia. Tengo que deconstruirme hasta la putrefacción. Surcan por mi cuerpo llagas, como testimonio de mi inexistencia. A cada paso que doy voy desapareciendo. Pronto seré una estrella fugaz. 
      Pronto me reuniré con mis padres. Aquellos que decían que estaba equivocado, aquellos que nunca apoyaron mis proyectos. Para ellos la investigación de la naturaleza era antinatural, antieconómica, antitodo. Capaz que me reúna con ellos y les diga que tenían razón, aunque solo en parte. Porque disfrute el camino. Ese camino que me seca a cada paso, el camino que marca llagas en mi cuerpo.
      Con mis últimas fuerzas acarreo el cadáver de mi humanidad hasta las proximidades de un oasis. La esperanza minúscula, entre un mundo caído. Alegre mi espíritu me acerqué como pude al lago. Me mojé el rostro y quedé con la mirada fija. Pude ver mi reflejo. Tan sólo eso deseaba. Al final pude descubrir que la sed no era tanta.

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