viernes, 27 de junio de 2014

Día 40: La teoría del enchufe

      El miedo a caminar lejos. Es el temor a que el cable quede tirante. Con frecuencia se suele utilizar la expresión "cable a tierra". ¿Es posible cuestionar la metáfora? ¿Estaríamos en condiciones de hablar de un marco de literalidad de lo dicho? Los antiguos hablaban de una pequeña porción en el cuerpo, a veces asociada a una glándula minúscula, a la cual dotaron con cualidades extraordinarias y le llamaron alma.
      A catorce años del inicio del siglo XXI, la idea de alma ha caído en desuso. En cambio, nuevas alternativas periféricas han surgido, para conformar una especie de alma 2.0. El concepto clave detrás de estos nuevas líneas de pensamiento es el de conectar. Hay que estar conectado, con su entorno, con las propias emociones, con lo que ocurre con tu familia, tus amigos y los pobres elefantes que sufren de mal humor.
      La observación obvia es: por algún lado tienen que estar los cables. Del mismo modo en que nuestros antepasados ubicaron con precisión quirúrgica esa glándula mágica, nuestra sociedad se esmera en una búsqueda eterna de los cables que conectan los patrones de nuestra actual existencia. Teorías como la de los seis grados de separación no son más que un eco de esta búsqueda del cableado, de las extensiones de los movimientos humanos.
      Cables de toda clase. Cables cortos que llegan a puerto seguro, cables largos que tienden a enredarse y perder con facilidad el punto de origen, cables enredados de origen. Y el misterio del switch. El ocultismo detrás de aquellas personas que optan por una vida wireless. El soporte físico del cable es para ellos una carga. Viven la vida en busca de señales, para un desarrollo. Encender, apagar, encender, apagar, todas las gamas de las emociones humanas reducidas a una simple perilla.
      Y por último, pero no menos importante, el enchufe. De algún lado tiene que surgir la energía que opera los mecanismos, que convierte el estatismo en cinética. Es curioso, pero rara vez un ser humano puede volver atrás y ver su propio enchufe, es como tocarte el codo izquierdo con la mano izquierda, un mero capricho de la física y la inercia. 
      Acción y reacción, pero ¿qué viene antes? El bendito enchufe. Esa patada inicial. El empujón originario. El big bang de nuestra existencia, eso que nos une y nos separa del universo, casi al mismo tiempo. Los seres humanos, ¿podremos ser prendidos o apagados de acuerdo a los caprichos de las centrales eléctricas que delimitan el alcance de nuestra raza? ¿Habrá alguien cuidando todos los enchufes, así se evita un peligro de sobretensión? ¿O el mecanismo estará equipado con un disyuntor especial acorde a nuestras emisiones energéticas? Son demasiadas preguntas para tan pocas respuestas. Quizás haya que seguir caminando, más lejos. Superar ese temor al desenchufe, ser más osado. Quizás en algún punto nos demos cuenta de que no necesitamos ni enchufes, ni cables, ni necesidad alguna de dejar caer una señal.  

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