sábado, 28 de junio de 2014

Día 41: Mi amigo, el elefante furioso

      Había una vez un elefante gris muuuuy enorme con problemas de ira. Vivía en la jungla con muchos animales, que eran sus amiguitos, hasta el día en que enloqueció. Nadie entendía porqué tenía que vivir gritando o por qué tenía que usar tantas malas palabras para pedir un favor, pero como era su amigo, lo toleraron.
      Un día estaba tan enojado que lanzó al tigre Venancio contra una planta. El golpe fue, tan, pero tan fuerte que lo desnucó en el acto. Pobre tigre Venancio, hubieran visto como quedó, había mucha sangre, y los huesos los tenía a la vista, los músculos desgarrados, una cosa muuuuy horrible. La muerte de Venancio fue la gota que derramó el vaso.
      Al día siguiente hubo reunión en la jungla. Los ratones llevaban la voz cantante. Explicaban que había que hacer algo con ese elefante mal llevado, tenía que calmarse o un buen momento iban a terminar todos como Venancio, o peor, quién sabe.
      Nadie se animó a hablar con el enorme elefante gris, salvo un valeroso grupo de ratoncitos, que creía tener un modo de razonar con él. Se equivocaron. El elefante los pisó, una y otra vez, cada vez con más fuerza, mientras gritaba, a viva voz: "¿¡¿Quién es el rey de la selva, carajo?!?".
      Trataron con todo, con comida, con pastillas, con elefantas sexys, pero nada hacía efecto. Ese elefante gris no quería saber nada con nadie, le decía a todo el mundo que lo dejaran en paz, que quería estar solo, que nadie lo entendía, no sabían lo que se sentía ser un elefante gris furioso. Acto seguido, pisaba ratones, o escupía o lanzaba antílopes o leones con su trompa. Quisieron matarlo, pero el elefantito mal llevado estaba bien entrenado.
      "Creo tener la solución" Dijo por lo bajo el ratoncito recién llegado de la ciudad. El ratoncito de ciudad era un pedante sabelotodo, engreído, que nadie en la selva quería. Le hicieron caso, total, nadie iba a lamentar si se terminaba muriendo.
      El ratoncito de ciudad se acercó muy tranquilo al elefante gris y le explicó que lo iba a psicoanalizar, para encontrar la raíz de sus problemas, y en caso de ser muy profundos, lo hipnotizaría. El elefante lo ignoró, y luego le hizo un gesto obsceno con su trompa, después lo escupió, le dijo un par de malas palabras y le volvió a hacer un gesto más obsceno con la trompa, y al final lo escupió de nuevo.
      Dada la poca cooperación del elefante, el ratoncito de ciudad se vio en la penosa obligación de hipnotizarlo. El trance fue tan fuerte que permitió que el resto de los animales se acerquen al territorio del elefante. Fue un final feliz, ya que luego de patearlo hasta dejarlo inconsciente, el tigre le arrancó la garganta y el elefante gris se desangró hasta morir.
      Con su piel hicieron muchos trajes, y con sus cuernos hubo suficiente marfil para hacer dos hermosos pianos. El ratoncito de ciudad abrió un consultorio en la selva y todos fueron muy felices por siempre. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

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