domingo, 29 de junio de 2014

Día 42: Viviendo en el pasado

      Atanasio revisaba cartas. El perfume de viejos amores inundaba la habitación de sensaciones anacrónicas. Así descubrió que las cartas estaban vivas. Vivencias de papel barato revivían ante sus ojos. El telegrama del ejército, las felicitaciones de cumpleaños de la tía Haydeé, los cuentos de sus sobrinos, intimaciones de pago y todas las cartas de Juliana.
      Las múltiples líneas confluían en un solo remitente. Era invierno y atardecía. La gente afuera apuraba el paso para llegar a sus casas. Atanasio enciende la estufa y se refriega las manos para entrar en calor. La radio suena de fondo, y cada tanto se siente algún que otro auto que pasa. El mate ya está frío. El locutor presenta un viejo tema de Louis Armstrong.
      Atanasio tamborilea con sus dedos sobre la mesa, mientras trata de tararear la canción. Se ríe. Recuerda hace unos quince años, cuando todavía vivía Juliana. A él se le había ocurrido sacarla a bailar. Hacía tanto tiempo que no salían a ningún lado, salvo para visitar a sus hermanos. La idea parecía una locura.
      Volvieron temprano. La noche no daba para tanto. Pero había sido divertido, así lo recordaba Atanasio, mientras Armstrong ensayaba eternamente su solo de trompeta. Agarró una carta al azar.
      Atanasio se refregó los ojos y bostezó. La carta era de un amigo que ahora vivía en Europa. Se había escapado en los setenta, con todo el quilombo del país, y desde el exilio le escribió con asiduidad. En los primeros años recibía constantes noticias, aunque con el tiempo las cartas fueron menguando. Estará enfermo, pensaba Atanasio. Por esos años tenía otras preocupaciones. La enfermedad de mamá. Cuidar al viejo para que no decaiga, y los años duros con Juliana. 
      Fue difícil para ambos sobrellevar la falta de hijos. La casa parecía más vacía de lo que en realidad estaba. Se vaciaba minuto a minuto, a medida que el temor metafísico de ambos aumentaba. Las paredes comenzaban a teñirse de humedad. Poco a poco desaparecían, sin que ellos se dieran cuenta de cómo empezó todo. 
      Atanasio trataba de entretenerse. Salía a caminar. Intentó escribir poesía, pero desistió. La escritura es muy difícil, mejor dejársela a los que saben. Un pequeño papelito le quedó de esos años, solo una frase, que decía algo así como: "La soledad nunca es del que la anida, es el mero envoltorio.".
      Esa frase lo persiguió por años, como un silente fantasma que lo acosaba desde la oscuridad de un reino lejano. Poco a poco, se fue haciendo viejo. Le costaba caminar, así que comenzó a pasar más tiempo en casa. Juliana ya no estaba, y todo era más difícil.
      Sin embargo, ahora las cartas estaban vidas. Eran un recuerdo reflorecido. Una primavera artificial. Las palabras volaban por sobre la mesa, chocaban contra las paredes, rebotaban contra el piso. La casa de Atanasio era una prisión de letras.
      Era divertido, pensó. Luego tosió y se llevó el pañuelo a la boca. Una sombra rosada se dibujó entre una línea de flema. De hecho era muy divertido. El compás de la música y la obra que se representaba. Un espectador privilegiado, su propia vida enfrente de sus ojos.  

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