jueves, 31 de julio de 2014

Día 74: Temblores por el desierto

      La serpiente esconde las grietas en sus escamas. Avizora la noche. El inminente ciclo del cambio. Las aves de rapiña lo comprenden. Es necesario encontrar un refugio. La arena acepta gustosa. El frío acecha, una vez más. 
      La noche, sin tormentas, anuncia la aparición de un extraño caminante en el desierto. Viste como un beduino, y lleva un maletín en cada mano. Se detiene en el medio de la nada y abre un estuche. Un reluciente Rickenbacker 4001, modelo 62, se confunde entre la luz de las estrellas. El otro maletín es sin dudas un amplificador de 60 watts. 
      El caminante ensaya un par de escalas cromáticas y el desierto percibe un leve temblor. A medida que el efecto sobrenatural de las ondas bajas contagia el paisaje nocturno, el frío comienza a coagular las termómetros.
      Ajusta el volumen un par de puntos más y corrige la ganancia del overdrive y los medios tonos. El extraño es un bajista riguroso. Quiere sonar lo mejor posible, e inundar el cielo con corcheas y semifusas. El caminante es un fundamentalista, no concibe ni por asomo la utilización de púas. El bajo se toca con los dedos.
      Un asombrosa melodía ligada, seguida de un slapping furioso que dura tres horas. La mañana asoma con un suave pizzicato que calienta poco a poco la arena y despierta a los animales. El ritmo contagia. Es funk, es jazz, es bossa nova, es heavy, son todos los ritmos del universo condensados en una sola interpretación.
      Las bajas frecuencias dan paso a las medias, y a las altas, parece un bajo, parece una guitarra, luego un sonido de ultratumba. Luego siete golpes secos, siete redondas, siete sonidos graves. Son las siete de la mañana. Hora de despertar, de dar orden a la naturaleza que emerja de su letargo diario.
      El sol acata la orden, y sus rayos elevan la temperatura hasta lo insospechado. El beduino da por terminada su labor, y guarda el Rickenbacker en su estuche. Luego camina hacia el horizonte, hasta desaparecer entre los vientos y la arena.  

miércoles, 30 de julio de 2014

Día 73: Calores de señora

      Hace dos años que Ricardo había pasado a mejor vida. ¿Quién dijo que la vida se termina a los 65 años? Pobre Ricardito, ni siquiera llegó a cumplir tantos años. Las preguntas de la vida retumbando contra su cabeza. Una y otra vez. La telenovela, las revistas, los comentarios de Eunicia. Los componentes del colapso. 
      La vida de Susana en crisis. Y las atravesó a todas, la primera, la segunda, y ahora la tercera edad. Por lo general, luego de la jubilación, los médicos suelen aconsejar a sus pacientes que cubran su nuevo tiempo libre con actividades que le hagan sentir bien, ya sea pasar más tiempo con la familia, o dedicarse a viajar por el mundo. Así fue el consejo del médico de cabecera de Susana. Le dijo que se tome un tiempo para pensar. Sabía que ella y Ricardo eran muy apegados. Necesitaba salir y disfrutar la vida.
      Disfrutar la vida. Esas palabras hacían eco entre las piernas de Susana. Lo miró a los ojos. No estaba tan mal. Era bastante guapo. Su médico no superaría los 60 años, pero aún así, sus músculos todavía mantenían un cierto vigor. Las miradas. Las sugestiones. Susana caminó alrededor del escritorio y lamió la oreja del médico.
      En un arrebato de pasión, el médico arrojó a Susana contra el escritorio, mientras se sacaba la ropa. Susana gemía, rozaba su cuerpo con cada yema de sus dedos. El doctor no necesitó hacer mucho trabajo, la zona estaba más lubricada de lo esperado. Los gemidos se tornaron gritos, el cuerpo de Susana se contoneaba sobre el escritorio. Las recetas caían al piso, el teléfono se descolgó. 
      Susana se paró y descendió con suavidad hasta la entrepierna del médico. Fueron cinco minutos de gloria. El ritmo de la succión no se detenía. Susana exploraba cada parte de su cuerpo, como si fuese la última vez. El médico se mordió los labios, apenas pudo detener el grito, seguido de la convulsión del orgasmo. 
      Susana se vistió y se mojó la cara. Estaba toda colorada. Luego de acomodarse el pelo le dio un beso al médico y le dijo que iba a tomarle el consejo. 

martes, 29 de julio de 2014

Día 72: Por las noches, una mano

      Se enamoró de otra mano. Cansada de los tratos de su dueño una noche decidió fugarse. No entendía que de ese modo trasgrediría las normas de la física. No le importó demasiado. El tipo quedó manco. No le importó. Era libre. Libre de amar a quién quisiera. Libre para tocar a quien se le diera la regalada gana.
      Lo que más deseaba era experimentar otra clase de contactos. Nada de la rugosidad de las superficies. Olvidar el tacto repetido de la soledad. Sentir la fricción del miembro. Porquerías de ser humano.
      Por eso escapó. Su amor imposible lo esperaba. La otra mano. Cinco dedos deliciosos. El roce de sus falanges erizaba la piel de su muñeca. Le encandilaba sus sentidos de mano.
      Además era sensible. Odiaba esos juegos de palabras. Esas idioteces de una mano lava la otra, o los juegos de manos, y todas esas invenciones de los dueños para hacerse cargo de acciones que no les correspondía. 
      Por fortuna no necesitaba trabajar. Podía vivir, tranquilo, junto a su amada, y vivir del aire. Podía amarla bajo el sol, cubiertos de estrellas, azotados por nubes cargadas de gotas. Podrían corretear por el pasto. 
      Sin embargo, la luna de miel duró poco. Los primeros conflictos de la vida conyugal aparecieron. Ella no era la luz que brotaba de sus ojos. Amorosa, para qué negarlo, pero cuando discutían, era una harpía. Tenía esa fea costumbre de arrancarle las uñas, o pisarle el meñique. 
      Comenzó a negarle el tacto. Nada de palmas. Así estuvieron como una semana sin palmas, en abstinencia absoluta. De a poco, todo fue cayéndose a pedazos, sin que pudiera hacer nada al respecto. Intentó recuperar la relación, pero eso es algo que no le sale muy bien a una mano. 
      Así que un día pidió el divorcio. Con el dolor del mundo sobre su piel. Volvió a su dueño, que para ese entonces lo había reemplazado por un garfio de hojalata. Prometió nunca más dejarse tentar por el amor. De ahora en más sería una simple mano, y obedecería por siempre a su dueño. 
      El nuevo idilio duró poco. A los dos días, el hombre perdió la mano en un accidente laboral. Nadie lloró mucho la mano perdida. A decir verdad, se había acostumbrado al garfio de hojalata, y debía confesarlo, no le quedaba nada mal. 

lunes, 28 de julio de 2014

Día 71: Jugo de cerebro

       Son proteínas, les digo. Es jugo de cerebro. No me creen. Me toman por un raro que va con su vasito de contextura rara a todas partes. No puedo establecer una conversación seria o con cierta lógica sin que las personas recaigan en mis hábitos alimenticios.
       Vivimos en un país libre. Hay gente que asesina, otros venden drogas, a algunos les gusta vestirse como Barbra Streisand, y a mí me gusta el jugo de cerebro, ¿cuál es el pecado?. Las viejas hacen arcadas, como si las obligara a que compartan conmigo el contenido. Nunca lo hago, lo quiero todo para mí. Soy medio avaro, lo acepto. Pero nunca las obligué a nada. Ni siquiera me importa demasiado que todo el mundo sepa que hago o dejo de hacer con mi alimentación. Al fin y a cabo, ellos me preguntan.
       Hay que aceptarlo. Las personas son curiosas, y muchas veces prefieren meter las narices en asuntos ajenos antes que en los propios. A decir verdad, ni siquiera soy un asesino. Espero a que mueran, y después me robo su cerebro. Total, ¿quién va a querer un cerebro muerto?.
       Bueno, lo acepto, también mi fama me ha puesto en el vórtice del huracán. Les pido disculpas, no me presenté. Soy Genaro Georgalos, campeón nacional de físicoculturismo en los años 2008, 2009 y 2010. Practico levantamiento de pesas desde mi adolescencia, y consumo jugo de cerebro desde hace diez años, más o menos. 
       Hay que entenderlo. El músculo no se desarrolla solo. Se necesita mucho ejercicio, y muchas veces, ese empuje extra que brindan otros elementos. Nunca quise entrar en las porquerías de los esteroides. Siempre opté por métodos naturales. Mi entrenador siempre me decía: el cuerpo necesita proteínas, proteínas, y más proteínas, el resto no sirve para nada. 
       Así que le hice caso. Tomé batidos de proteínas, mucha carne, huevo, leche, así todo junto, por varios años, hasta obtener los resultados deseados. Con toda la masa muscular ganada, a costa de un arduo entrenamiento, pude avanzar en mi carrera. Pero no era suficiente. Necesitaba más proteínas. Y no llegué al jugo de cerebro por casualidad. Fueron años de cuantiosos experimentos y mucha investigación. 
       En realidad no quiero mentirles, no es jugo de cerebro, en realidad es un compuesto de huevo y jugo de cerebro, aunque en su mayoría es cerebro. 
       En este momento es que deseo parar con todas las acusaciones que han caído sobre mí. Me han llamado animal inhumano (curioso denominativo), caníbal, siniestro. No soy nada de eso. Tengo una ética de trabajo estricta. Y mi cometido es seguir firme a mis planes de trabajo. 
       Aquellos que desean comprobar los beneficios del jugo de cerebro, pueden escribirme a mi mail, o llamar a mi centro de atención Fitness 24/7, donde nuestras operadoras lo atenderán las 24 horas del día, los 7 días de la semana, y podrá encargar este preciado producto. A los que nos llamen en las próximas 12 horas, les bonificaremos la compra de 500 cc de jugo de cerebro con un paquete de barritas de rótula. Los esperamos. 

domingo, 27 de julio de 2014

Día 70: Era una Silverado

      Era una Silverado, les dijo a todos. Todavía estaba algo aturdido, producto del accidente. Los papás de Ricardo trataron de calmarlo. No paraba de decir, era una Silverado, era una Silverado. Como si fuese algo tan importante, como el secreto de la Coca Cola. Le palmeaban de modo cariñoso, le decían que se calme, que lo estaban llevando al hospital. 
      Ricardo tenía vértigo. No paraba de mover la cabeza, de un lado para otro. Trató de sacarse la vía endovenosa, para escapar de la ambulancia, pero lo tenían rodeados. Los escapes solo ocurrían en las películas. El nene tiene mucha imaginación, eso es lo que pasa. No deja de leer esos libros de Stephen King, que le pudren la cabeza. 
      Los padres tenían esa clase de vergüenza condescendiente hacia el hijo medio raro. Ricardo tenía ideas fuera de lo normal, ya desde pequeño. Los padres repetían. Es culpa de esos libros que lee. ¿por qué no será normal, y se pone a mirar televisión como nosotros, como cualquier chico de su edad? Ricardito quería leer. Ricardito es un agrandado, que se cree más inteligente que sus padres, bufaba la madre, mientras le sostenía con ternura su mano. El camillero la miraba, y asentía. 
      El médico lo auscultó luego de consultar con la enfermera los signos vitales. Todo estaba normal. No tenían porqué preocuparse. Ricardo había sufrido una pequeña contusión, producto del golpe en la cabeza. Tendría que quedarse algunas horas en una cama de la guardia para observación, y en caso de no ver nada raro, podrían llevarlo a casa.
      Ricardo trató de hablar. Mamá le decía que se calme, que todo iba a salir bien, que no se preocupe. Pero mamá, decía Ricardo, era una Silverado. Y dale con eso. Mamá ya estaba algo cansada. Papá le trajo una gaseosa. Le preguntaron si por favor no podían sedarlo un poco, puesto que a Ricardo se lo veía algo nervioso. 
      El médico les informó que en esos casos no era aconsejable utilizar demasiados sedantes, porque podrían generar una mala reacción con el antibiótico. Tuvo que aplicárselo, ya que los padres insistieron. Pobre Ricardito, era tan solo un golpe en la cabeza, y lo trataban como a un muerto en coma.
      Afuera de la habitación se sentían ruidos. Un par de gritos. El ruido de un motor que se hacía cada vez más fuerte. Más gritos. La puerta de la habitación de Ricardo se abrió. Por el marco se asomaba una camioneta plateada. No parecía tener conductor, pero aún así, alguien o algo la aceleraba, y el motor rugía. 
      Papá y mamá miraban, absortos. ¿Cómo era posible que una camioneta de ese tamaño ingresara a través de los pasillos de un hospital? Mejor era no salir de ahí, la carnicería estaba fresca, y no era un bello espectáculo a la vista. Ricardo se sacudió, con un pequeño espasmo. Parecía recobrar la consciencia. Miró a la camioneta, todavía algo débil murmuró: "les dije, que era una Silverado".

sábado, 26 de julio de 2014

Día 69: El exorcismo de lo efímero

      Remembranzas. Actitudes de un recuerdo. El miedo permanece. La hoja en blanco atemoriza. A veces hay que rebuscar en las estanterías. Alguna idea perdida. Algún ardid creativo. Una reminiscencia textual que nazca y sea palabra.
      Los sentidos pervertidos hasta la mera repetición. El sueño se confunde con la vigilia. La ópera siniestra alaba a su oscuro redentor. No hay villanos, no hay momentos ideales. La acción precede a las frases. El lápiz golpea, una y otra vez la hoja. Su silencio hierático, vacío, permanece.
      Hay que adivinar las intenciones. El escritor a veces deja que la huella lo preceda. El baño de inmersión. La trama. Nada novedoso. Trascender los fantasmas del autoplagio y la angustia de los millones de textos que lo precedieron. Blanco, blanco, más blanco.
      En un rincón de su fantasía, el autor imagina millones y millones de hojas en blanco que delinean una historia secreta, oculta a las interpretaciones del común mortal. Esas hojas explican las razones del enigma, las respuestas a toda pregunta. El eco funesto de una explicación reverbera.
      El autor cree poseer esa cualidad de un exégeta. Es el portador, el mensajero de la palabra santa. Es el transmisor del delirio cósmico. Es la antena, el pararrayos. Pero la hoja en blanco permanece, y el autor recuerda que no es nada. Que solo es carne de una existencia transitoria. No encuentra la palabra justa.
      En los intersticios, el escritor descubre las señales del espanto. Se da cuenta que lo no recordado, que la no consciencia es la hermana de la muerte. En el olvido de nuestros primeros años de vida se exhala la respiración acuciante de la muerte.
      Se imagina los últimos momentos en la Tierra. Piensa en el negro vacío. Llena de negro todo lo blanco. Apaga las luces. La verdad es olvido, olvido es muerte. Se despide en lenta procesión. Dice adiós, volverá a despertar, quien sabe, en una flor, un venado, u otro recuerdo.

viernes, 25 de julio de 2014

Día 68: Desde arriba

      La casa, el techo, los árboles, las ramas, se ve todo desde arriba, incluso el cielo. Es una pena no poder admirarlo tanto, cuando el cuerpo tiene la fuerza de gravedad de un selenita. Al principio volar era divertido. Igual fue un susto tremendo. Estaba en el baño, con sus porquerías a las puertas del inodoro. Se sentía liviano, demasiado liviano. Cerró los ojos.
      Se imaginaba flotando. Todas las tensiones quedaban atrás. Cuando abrió los ojos, estaba pegado al techo, parecía imantado al techo. Con poco esfuerzo, pudo pararse boca arriba, y caminar de modo invertido. Bajó hasta la puerta, y salió despedido. Voló con una ráfaga de viento que pasaba por ahí. Un avión le pasó tan cerca que la onda expansiva casi lo hace golpearse contra el piso. Luego voló de nuevo. Parecía un globo repleto de helio y vísceras. 
      Recordaba las lecturas de su juventud. Cuentos fantásticos, ciencia ficción. Todos ellos hablaban algo sobre la fantasía de volar, pero nada se le parecía. El vuelo es como las cosquillas, con la salvedad de la duración. Unas cosquillas eternas. Al principio pensó que se iba a morir de la risa. Recordaba a los tristemente célebres, a Crisipo, a Zeuxis, a Julián del Casal, todos muertos por reírse demasiado.
      Con el tiempo se acostumbró a la sensación. Incluso era placentera, aunque a veces se volvía algo molesta. De a ratos reía, para descontracturar. Cuando podía aguantar, miraba las casas, los techos, los árboles, las ramas, todo desde arriba, incluso el cielo. Veía a la gente que caminaba, que desde arriba parecían pequeños legos. El curso de los ríos. Las nubes. Desde la altura todo era calma. Absoluta calma.
      Pensó mucho. Las horas pasaban, y seguía arriba. Creía que volar era el efecto de alguna clase de magia, y el efecto, tarde o temprano, tendría que acabar. Pero no. Seguía arriba. 
Las semanas pasaron. Los meses. Contra todo pronóstico, logró sobrevivir. Su dieta a base de la caza aérea de aves y la ingestión de agua gracias a las ocasionales bajadas que le brindaban los aviones, lograron el milagro. Lo más complicado era evacuar. Entre las cosquillas y las dificultades para planear, la evacuación era todo un desafío. Más fácil era hacer pis. Incluso divertido, ver el chorrito evaporarse entre las nubes. 
      Un día, más o menos siete meses después, mientras volaba, comenzó a caer de repente. La caída era veloz, e inevitable. Aunque no creía en nada, rezó. Rezó tanto como pudo. Abrió sus alas, y esperó otro milagro. Casi murió. Cayó en el acoplado de un camión. El acoplado estaba lleno de colchones. Las lastimaduras no fueron de gran importancia, alguna que otra magulladura. La gravedad de su cuerpo se había repuesto. Besó a los colchones. Dijo gracias. Trató de levantarse, y no pudo. Ahora se sentía tan pesado. 

jueves, 24 de julio de 2014

Día 67: Desde abajo

      Hace un tiempo incontable vivió en nuestro suelo una tribu olvidada. Eran pequeñitos, muy pequeños. Ningún habitante sobrepasaba el metro de altura. Claro que el enanismo no es el asunto de este relato, sino una peculiaridad anatómica que aquejaba a todos los miembros de la tribu. A lo que me refiero es a la tortícolis.
      Nadie sabe cómo ni cuándo. Hay que suponer que por esos años, la evolución tenía un papel bien descarado, y no le importaba generar de vez en cuando estos caprichos de la naturaleza. Los niños, las señoras, los viejos, los hombres de guerra, el estúpido, el maestro, la prostituta, todos miraban al cielo, sin motivo aparente, o mejor dicho, porque no les quedaba otra. El cuello les había quedado trabado en esa posición. 
      Los choques entre personas eran de lo más comunes, dado el acotado campo visual de los nativos. Por lo general, estos accidentes eran motivos de sangrientas disputas, así que es justo decir que las muertes por peleas ocurrían seguido. Una condición curiosa, habitantes peculiares con una herencia genética un tanto extraña. Aún así, este tampoco es el asunto del relato.
      Lo que en verdad nos interesa ocurre abajo. Justo debajo de los ojos de los pequeños nativos. No me refiero a los fantasmas y demases almas en penas que aprovechaban para vagar por esta tribu libres de ser visualizados, sino de unos extraños y mucho más pequeños visitantes del espacio exterior.
      Ellos sí aprovechan. Han desarrollado una civilización muy avanzada a costa de la tortícolis de los habitantes. Mientras la tribu se preocupa por chocarse entre sí e instigar luchas a muerte, los pequeños extraterrestres utilizan los recursos de nuestro planeta de manera indiscriminada. Incluso a veces les hacen bromas a los nativos, pero ellos no entienden, mejor dicho, no ven nada.
      Además, los visitantes hablan muy bajito, no se escuchan, así que pasan desapercibidos, salvo cuando quieren tirar a un humano. Eso les divierte, hacerlos trastabillar, ni siquiera tirados en el piso son capaces de verlos. Es como que no solo su cuello funciona mal, sino también su sentido de atención. 
      Lo curioso del caso es que los extraterrestres han estado tan preocupado por tomar ventaja de sus vecinos que han olvidado mirar para abajo. Justo a sus pies, en donde se desarrolla un cultivo de microorganismos a costa de los pequeños visitantes Ellos sí aprovechan. Preparan su ataque. En cualquier momento los van a devorar a todos, y nadie se va a dar cuenta de nada. Ellos sí aprovechan. 

miércoles, 23 de julio de 2014

Día 66: Desde afuera

      Cuando la Peste Final azotó al planeta, dijeron que nadie mayor a los diez años de edad sobreviviría. Diría que fue una verdad a 3/4, dado que estoy vivo, y tengo 37 años. Aunque el 60 % de la población de la Tierra ya no puede decir lo mismo. Ahora están muertos. Salvo yo.
      No existen más científicos que puedan determinar la extraña excepción de mi caso. He tratado de acudir a un par de niños sabios, pero solo he terminado más confundido. Desde la gran cosa, así es como los niños llaman a la Peste Final, he vagado a lo largo del continente, buscando señales de anomalías similares a la mía. Quiero decir, adultos. 
      Nunca tuve una contextura física imponente. A decir verdad, soy un ser algo esmirriado, nada parecido a una rata de gimnasio. Nada de eso importaba cuando entraba a una ciudad. Todos los niños me reverenciaban como a un Señor de la guerra. Me pedían muchas cosas. Que me quedara, que los protegiera, que les enseñara, que les explicara, que los contuviera, que fuera los padres, madres, hermanos mayores, abuelos y millones de adultos que habían perdido. No podía satisfacer sus demandas. A cambio, obtuve, para mi sorpresa, un gran entendimiento en la mayoría de las ciudades que atravesé.
      Por doquier se respiraba aires de libertad. Muchos animales salvajes caminaban por la calle, sin que nadie se percatara. Muchos niños iban desnudos. Los más grandes habían aprendido a cazar y recolectar el fruto de los árboles. Más allá de la supervivencia de la especie, que de momento parecía estar asegurada, uno parecía estar libre de hacer lo que quisiese. 
      Así era. Cometí incontables actos que hubieran sido recriminados por la antigua sociedad. Actos que habrían contado como crímenes de los más aberrantes, y los niños poco se percataron. No quiero ahondar demasiado en eso. El dolor me consume, heredé la culpa de mis antepasados, y cargaré con ella hasta el día de mi muerte.
      Ellos son diferentes, ellos nacieron libres de ataduras, son libres de verdad, lo mío es una ilusión. No puedo desnudarme sin sentir la vergüenza de la mirada ajena. Los niños han reinventado los códigos de la humanidad, y han logrado pasar a otra fase en la historia de nuestra evolución. De modo abrupto, han dejado de ser el futuro, ahora son el presente. 
      Mi libertad es mi prisión. Ellos me la otorgaron tan gentilmente, a cambio de nada. Así son los niños. Son puros. Tienen mal y bien en su corazón, y no se distingue, así es la pureza de nuestro estado primigenio. No tuvieron que sufrir los avatares de crecer en un sistema que vuelve loco a la propia especie. Ellos son el sistema, sin intermediarios. 
      Sé que tarde o temprano van a aprender a reproducirse. Algunos, los más grandes, ya lo intuían, a través de sus fallecidos padres, o de algún hermano mayor que ya no está. En algunas ciudades les enseñé, por miedo. Miedo a mi castigo. Sé que va a llegar el día en que se me castigue por mis errores en vida. Sé que la libertad fue un precio demasiado alto, y no hay eterna vigilancia que la valga. Caminaré, caminaré, estoy seguro, hasta agotar la suela de mis zapatos, hasta que la piel se gaste, hasta que el hueso se quiebre, hasta que mi corazón deje de latir. Tengo que entender que ya no hay lugar para mí en esta sociedad. Los niños han inventado una nueva especie, y yo... yo soy un ser extinto. 

martes, 22 de julio de 2014

Día 65: Desde adentro

      Fingí estar loco. Eso no me evitó que me metieran en la cárcel. Me acusaron de un crimen que cometí. Lo dije desde el principio y pensaron que estaba loco. Luego se dieron cuenta de que fingía, y que en realidad no había matado a nadie. Fue cuando me conmutaron la pena. Habían pasado diez años de trámites burocráticos. Todo un sin sentido. 
      Pensaban que era un estratega, luego me redujeron al papel del hombre enfermo, al final fui el hombre simple con una cuota de astucia para evadir las leyes del sistema penal de mi país. No me considero nada de eso, quiero creer que soy una persona con sentido común. Tengo la firme convicción de que si me hubieran entendido de un principio, mi pena no hubiera sido mayor a los cinco años, incluso menos. Hasta aventuro que podría haber quedado libre, pero, ¿quién entiende a los jueces? Actúan como humanos, hablan como humanos, pero al final no son humanos, difieren en los criterios con el cuál podríamos definir a la humanidad.
      Ahí me tuvieron, entre rejas. Como para que no me vaya lejos. Tendrían miedo de mí, quién sabe. No soy tan peligroso como para eso. Hay gente enferma en este mundo, gente enferma de verdad, y esos, esos están libres, no conocen el encierro. 
      No voy a negarlo, acá aprendí muchas cosas. Aprendí a no desear tanto el ocio, porque puede ocurrir, y en grandes dosis es la peor droga que existe. Comprendí que las apariencias solo sirven para proteger nuestras debilidades, que incluso el hombre más malo puede llegar a ser la persona más frágil. Entendí que el tiempo es de todas las invenciones humanas la más artificiosa. Que dentro de la cueva el tiempo pasa, pero en realidad no tanto, pasa de ratos. A veces las agujas corren a un ritmo normal y otras veces se desacelera. Es como nuestro pensamiento, así es como actúa. 
      No hice muchos amigos. A decir verdad, los prisioneros le temen un poco a los locos. Al menos me trataron como eso. Nunca pretendí que esa situación cambiase. No me importó demasiado el prejuicio creado en mis compañeros de cárcel. El mejor luto para un recluso es la soledad. Mi alma necesitaba luto. Había matado a alguien.
      Nunca se encontró el cuerpo. No dejé huellas en la escena del crimen. Tampoco hablé demasiado del arma homicida, lo cual generó más suspicacias entre los incrédulos que estaban encargados de mi enjuiciamiento. Les dije la verdad, así como me salió del corazón. Traté de explicarlo con las mejores palabras que conocía. Y me trataron de la manera que les dije. Luego de un par de años llegué a una conclusión. No es que uno mismo estuviese loco, el sistema lo estaba. El sistema había enloquecido, y ahora emponzoñaba las aguas de nuestra cordura con sus dimes y diretes.
      Se los dije una vez más. Les expliqué que no sabía muy bien cómo había ocurrido, pero una persona había entrado dentro de mi cuerpo. Con ese acto, violó mi sagrado derecho a la privacidad. Sé que esa persona supo leerme los pensamientos. Incluso sé que en ocasiones actuó en mi nombre y controló mi cuerpo contra mi voluntad. Los especialistas me trataron como un raro caso de esquizofrenia. Pero sabían en su fuero interno que la cosa era más compleja de lo que decían los libros.
      Ninguno de ellos pudo explicar lo que hice, cómo fui capaz de matarlo. Sé que cerré los ojos, y en un momento me encontré en una habitación blanca. El intruso estaba sentado en una silla blanca, y vestía un traje blanco. Tomaba una bebida negra petróleo. Con una seña me invitó a sentarme. La conversación no duró demasiado. El individuo me propuso un trato. Más o menos la idea era venderle mi cuerpo a su alma. Y a cambio de eso me enseñaría algunos secretos del más allá. 
      Por un momento pensé que soñaba. Me levanté con el impulso del que sabe que llega tarde a una cita, y le dije que no, de una forma algo estruendosa. Lo que siguió a continuación fue muy confuso. Sé que la habitación empezó a resquebrajarse, y en un momento me encontré sobre el intruso. Le dí dos o tres golpes, hasta que se hizo polvo. Fue literal. El polvo era amarillento, y tenía un olor fuerte que me recordaba a algo. Luego de eso, el universo fue silencio. 

lunes, 21 de julio de 2014

Día 64: El eslabón perdido

      La idea permanece invisible a su creador. La señal es peligrosa, aguarda el momento para atrapar a su víctima. Los pocos sobrevivientes alternan entre el espanto y la falta de sorpresa. Nadie pudo prever las consecuencias del estallido. Nadie pudo evitar que naciera un planeta vacío.       
      Los más intrépidos trataron de solventar los problemas acaecidos. Fue inútil, sin embargo. Las cabezas permanecieron vacías, a la espera de una salida ingeniosa que nunca apareció. Otros, escépticos, creyeron que se trataría de un caso de amnesia pasajera, fruto de una pandemia silente que estupidizaba a la sociedad.      
      Ahora, la red de comandos se ha independizado de la actividad sináptica. Millones de individuos caminan las calles, chocan contra los árboles, escupen pavimentos, se ahogan en las aguas de los sin motivos. Es imposible recobrar las funciones del recuerdo. Activar. Memorias apagadas.       
      Muchos científicos, con altas dotes para la investigación, quisieron pergeñar una solución al dilema. Individualizaron posibles virus causantes de tal enfermedad, hipotetizaron acerca de visitas extraterrestres y extrañas abducciones, aventuraron que tal vez exista un acuerdo entre los gobiernos y las grandes multinacionales para que reine el caos en la sociedad, y así emergerían en la tempestad como los únicos reyes.      
      La población autómata no distingue entre el suicidio y la vida. Son posibilidades por igual. Algunos ni siquiera hablan. Otros sujetos no pueden caminar. Los que son capaces de sobrevivir un mayor período de tiempo, se las han arreglado para cazar pequeñas presas. Sin embargo ninguna conjetura fue correcta. La descognición fue un proceso que ocurrió por que sí. Nadie lo planeó. Caprichos de la naturaleza, quizás. Nadie creía en la involución, aunque era lo que ocurría.      
      Los últimos especímenes dotados de inteligencia presenciaron la última debacle de la raza humana. Los primeros eslabones perdidos habían nacido, seres híbridos, que ya no eran simios, pero tampoco humanos. Una nueva raza, con nuevas conductas, con actitudes diferentes a la de sus predecesores. Los últimos humanos fueron capaces de escribir un pequeño libro en el cuál han dado cuenta de su extinción.  

domingo, 20 de julio de 2014

Día 63: El revoloteo de la paloma

      Sabemos que por dentro se regocija, la muy perra. Se contenta con emular esos tontos mensajes de paz, previos momentos a arrojar su Chernobyl sobre una cabeza desprevenida. Su predilección son los calvos, dado que ahondan el efecto de infortunio generado.
      Nadie puede permanecer esquivo al fenómeno de la paloma cagadora. En las grandes ciudades forman parte del paisaje urbano, comiendo sus semillitas en la plaza, atorando los cables de tensión con su presencia y claro, al colocar sus deposiciones en lugares diversos de nuestro cuerpo. Hay que reconocerlo, con la puntería de la paloma, Alemania habría ganado la Segunda Guerra Mundial. 
      No hay que creer en las casualidades. No es suerte, como dicen las viejas. Es un acto calculado, frío como un cubito de hielo. La paloma sabe lo que hace. De hecho, hay que creer que nació para eso. Su evolución biológica le ha permitido evacuar en diversas circunstancias sin perder de vista su objetivo, en mayor instancia, la cabeza humana.
      Como antes mencionábamos, la cabeza del pelado es de su preferencia. La atracción que ejerce sobre la mente de la paloma el ser de nula cabellera es chamánico. Existe una especie de misticismo, la instauración de una cosmogonía, una idea de orden por sobre el caos de la vida de esta clase de aves.
      De hecho, las palomas, a lo largo de su historia, no han tenido pudor en mostrar sus intenciones hacia la humanidad. Han invadido, a su manera, nuestro ecosistema. Se han desarrollado para hacernos frente. Quién sabe si tendrán algún que otro plan oculto. 
      Quizás no tramen nada. Tal vez esté en su simple naturaleza operar como un agente defecatorio. Para qué negarlo, tienen estómagos pequeños. Son muchas. Hay que resignarse. No se puede esperar que emigren, como las golondrinas, hacia algún baño, en el sur. Y no será suerte, será mierda en la cabeza. Así las cosas son. 

sábado, 19 de julio de 2014

Día 62: Acerca de la tensión escatológica

      Lo que tiene en común un canario muerto, una banana, Justin Bieber y el chiste fácil. Tarde o temprano, todo va a parar a la basura. Es inevitable, la carne se pudre, te volás la sien de un balazo y todo termina en el tacho. 
      Le echás un poco de desodorante, si sos una de esas personas de compulsiones aparentes y lo metés en una bolsa negra, o verde, o roja, de acuerdo al desecho. Muchas bolsas de plástico a la espera del recolector de basura. Nunca un mejor eufemismo de esta sociedad. A plena luz la basura es mostrada, pero a su vez está retocada por un envase de polietileno. 
      Es fácil colgarse la bandera de la consciencia ecológica, pregonar el orden y al mismo tiempo olvidar el destino de nuestros desechos. Algunas cosas vuelven, como las plagas, o Alf en fichas. Un fenómeno llamado reciclaje lo explica. No todo es inservible, se dice. Al mismo tiempo el comercio y su máquina de triturar billeteras continúan con la venta de productos que dañan la Tierra. Se reciclan las pilas, y se venden las pilas. El fenómeno de redundancia cíclica asombra. 
      Nadie quiere volver a siglos atrás. Es curioso, pero la idea de limpieza es un concepto muy reciente. No hace falta ir muy lejos para revivir, a través de los documentos artísticos, la suciedad de las sociedades. Las cloacas era un gusto demasiado amanerado. Mejor agarrar el balde, y tirar los desperdicios de la letrina al vecino. Algo así. 
      Ahora existe como una especie de pudor estúpido en torno a aquellas cosas que implica a la basura. Es la vergüenza de la mugre. La buena cuna pregona la limpieza. Estados han matado en nombre de la limpieza étnica. Limpio y sucio, conceptos tan inciertos como el bien y el mal. Han sido llenado a lo largo de los tiempos con diversas significancias.
      La basura, el mayor eufemismo de todos. Los desechos de nuestra humanidad. La Tierra es el mayor tapete de la galaxia. No sólo escondemos nuestros pudores, también lo hacemos de aquellas cosas que nos recuerdan demasiado al inevitable final.

viernes, 18 de julio de 2014

Día 61: Intercambio

      Le quita todo lo que no se le parezca, y del mármol brota la obra. Cada golpe del cincel es milimétrico. La posición es estudiada. Nada está fuera de lugar en el estudio. Hasta la música ambiental parece recrear una especie de síncopa entre la labor del artista y el redoble del tambor. 
      Desde hace meses está recluido el artista. Está a punto de completar su llamada obra maestra. Esa obra que hará palidecer al mejor Rodin, el que hará ver a cualquier obra del gran Miguel Ángel como un juego de plastilina hecho por un bebé. 
      A nadie se le ha permitido entrar al estudio. El acceso ha sido prohibido dado que interrumpe el flujo creativo del artista, nos menciona un discípulo. De acuerdo a sus cálculos y a las conversaciones que ha tenido con el artista a través de la puerta, para el viernes habrían novedades de suma importancia.
      La semana pasó y el día señalado generó mucha expectativa en el mundo del arte. Se esperaba una gran declaración, un nuevo manifiesto del artista de nuestros tiempos.
      El resultado no fue sorpresivo. Más bien una desilusión. La obra representaba a un hombre parado, con un gesto de sorpresa, como si hubiese sido atrapado en el momento justo de una acción. Los más observadores comentaban que trataba de repeler un ataque, algo ya visto en las personas petrificadas de Pompeya, nada novedoso que fuese a tambalear las estructuras del arte.
      El artista sonreía a toda la audiencia, como una vedette consagrada. Recibía fotos, firmaba algunos autógrafos. Aunque se lo veía callado. En un momento, se organizó una improvisada conferencia de prensa en torno a su persona. Muchas preguntas fueron realizadas, pero pocas contestada. El artista estaba sumido en un mutismo riguroso. Los críticos de arte empezaba a impacientarse con tanto silencio.
      Los ojos iban del artista, a la obra, de la obra al artista. Era curioso, la obra representada parecía un digno autorretrato del artista, incluso los gestos de sus labios estaban trabajados al detalle. Un observador fuera del círculo de periodistas nos llamó, algo nervioso. Nos dijo algo así como que la obra se está moviendo. En efecto, los labios se movían, emitiendo un par de frases imperceptibles, las cuales pudimos interpretar como un pedido de auxilio. Poco tardamos en darnos cuenta que la obra era el artista. 

jueves, 17 de julio de 2014

Día 60: Cubrir las bases

      El recuerdo del mundo, evocado, a través de lo vivido, de lo escrito. Para ello las palabras son enigmas por descifrar. La mente del escritor revive el instante supremo de la creación, a cada momento. Esta historia habla de uno de ellos.

      Este hombre al que nos referiremos es un autor de los más prolíficos. Con sus novelas, cuentos, poesías, ensayos, graffitis ha desandado cada uno de los misterios del alma humana. Ha escrito sobre elefantes, también sobre plagas egipcias y babilónicas. Por supuesto no se puede olvidar sus ciclos históricos, sus mitos griegos y romanos, sus sátiras, sus poesías al viento, sus tratados metafísicos. Este autor ha escrito además un cuento sobre las baldosas, tanto las que mojan como las que no, un cuento sobre cada especie de árbol existente en la Tierra. También incursionó en la ciencia ficción y en la novela experimental y erótica, sin contar, claro, sus performances acerca de los ritos sexuales de las golondrinas.
      Uno de sus mayores logros es la saga de las ardillas mutantes, un boom editorial de la década de los ochenta. En total este autor, que prefiere no revelar su nombre real, ha publicado al día de la fecha 4598 novelas, 45869 cuentos, 347590 poesías, 1289 ensayos y otros tantos textos inclasificables e inéditos bajo un número aproximado de 87456 seudónimos. 
      Este autor nos cuenta que no gusta de permanecer en la misma editorial puesto que odia la monotonía del trato de los mismos. Así como ha elegido variar su estilo de escritura de seudónimo a seudónimo para mantener el anonimato. Esta excelsa carrera en el mundo de las letras la ha construido en escasos quince años. 
      Es curioso, pero en la actualidad no circulan obras nuevas de su autoría. Las hipótesis son varias, desde la suerte hasta la locura. Algunos aseguran que nunca existió, que su persona fue un invento de las editoriales, una especie de juego para atraer lectores, una clase de leyenda urbana.
      Sin embargo, hace un par de días han comenzado a circular unos manuscritos por internet, en el cuál el autor decide salir del anonimato y nos explica los motivos de su inactividad. 
      No menciona nada acerca de bloqueos de escritor o problemas personales. De hecho, relata el autor, su problema ha sido de orden pragmático. Se ha encontrado a sí mismo en un mundo explorado en su totalidad. La Tierra le quedó chica, sin recovecos. En el momento en que decidió dejar de escribir asumió que ya todo estaba dicho, y que no existe rincón en la Tierra que él no haya escrito. Cada paso de su existencia evoca un texto de su producción.
      Ante tal manifiesto, la red estalló. Miles de navegantes trataron de encontrar al autor misterioso. Muchos tomaron estas palabras como un desafío a la inventiva. Algo nuevo había que mostrarle a este hombre, decía la gente. 
      Sin embargo los intentos fueron infructuosos. El autor recibió cada mensaje con amabilidad, y con una respuesta similar: "eso que usted menciona se halla en tal y tal libro mío..." y así sucesivamente.
      Hace unas horas, un joven, gracias a sus labores de ingeniería social, descubrió donde vive el autor. Se presentó a su casa, con un cuchillo en la mano. Le dijo que hay algo que nunca escribió y que nunca podrá escribir, y eso es acerca del misterio de la muerte.
      El autor percibió el peligro. Un loco fanático estaba a punto de matarlo. Le explicó, con la mayor gentileza posible, que si buscaba un libro llamado "Vicios del thanatos", iba a encontrar un gran compendio de información acerca de la muerte y sus misterios, y por cierto, dicho libro es de su autoría.
      El joven sonrió, y le dijo estás palabras que nunca en mi vida de autor voy a olvidar: "No señor Mainero, no me refiero a los misterio de la muerte, esas cosas abundan. Le hablo acerca del misterio de mi muerte" Segundos después, el joven se suicidó y desapareció. Todavía no puedo explicarlo.

miércoles, 16 de julio de 2014

Día 59: Penar herético

      Un hombre entra a la Iglesia. Busca el confesionario. Quiere sacarlo todo de adentro. Lo recibe un cura joven, de no más de 45 años. Le insta a contar lo que le ocurre. Su semblante se oscurece, a través de las grietas de la madera se escucha una voz entrecortada. El hombre jadea. Ya lo dijo. Ya lo sacó afuera. El cura pregunta por qué. El hombre no lo escucha. Porqué tendría que matarlos a todo. ¿Qué le hizo a él la humanidad?
      Nada y todo. Esa es la respuesta. El hombre explica su sufrimiento, con palabras claras, punzantes. Quiere ser entendido. Quiere que lo apañen. Porque Dios omnipresente ha permitido Hiroshima, ha dejado morir a miles en Auschwitz, hizo oídos sordos a las pobres almas víctimas de la inanición en África. Dios, si existe, es un desquiciado, un lunático fuera de control. 
      El cura es paciente, quiere reencaminar al cordero perdido del rebaño del Señor. Todos somos corderos. Todos anidan en su fuente las energías para crear actos de amor y maldad. Y es responsabilidad del albedrío de los sujetos ejercer esa decisión. Él puede elegir no matar. Puede optar por la penitencia. Puede rezar. 
      El amor. ¿Dónde está el amor? Pregunta el hombre. El amor es una ilusión de los sentidos. Nadie nace para amar, nadie nace para odiar. El mundo es caos, y así se representa. Poco importa la muerte, poco importa la vida. Los dilemas teológicos nunca van a dar cuenta de las complejidades de la especie.
      La pregunta se repite. El cura responde, ¿Por qué matar? ¿Cuál sería el sentido? La muerte no tiene por qué responder a principios hermenéuticos, no es necesario someterlo todo a la exégesis. El sentido de la muerte es no encontrarle nunca el sentido. Es representar el azar del momento, de confrontar las ideas con el deseo. Ahora es momento de matar y nadie podrá detenerlo.
      El cura suda debajo de su sotana. Siente en la voz de su confesor la firmeza de una decisión irrevocable. Tiene miedo. Reza en silencio. Tiembla. 
      El hombre se despide. Sale a la calle, con un fusil debajo del brazo. Empieza a apuntar. El dedo roza el percutor. La bala se atraganta en el caño. Un rayo cae sobre la cabeza del hombre. Lo fulmina. Luego, como si alguien cambiara el fondo del escenario, sale el sol y brilla en toda su extensión.

martes, 15 de julio de 2014

Día 58: El loco del bate

      Por las mañanas, mientras lee el diario, el loco del bate desayuna. Un desayuno rico en nutrientes es la base de todo loco del bate saludable. Es importante la fortaleza y la agilidad, tanto mental como corporal. La lectura del diario brinda la información necesaria como para mantener de manera óptima los niveles de locura. Luego del pequeño ritual matutino, el loco del bate sale a caminar. Analiza el territorio, contabiliza sus posibles víctimas y diagrama en su mente el resto de las obligaciones del día. Lo hace todo gritando, y con el bate en la mano. La apariencia es primordial en un loco, hay que aparentar lo suficiente, si no el trabajo es en vano. 
      El precalentamiento lo suele brindar los pequeños perritos que deambulan por la calle. No necesitan más de dos o tres golpes, uno o dos si se es un loco del bate entrenado. El espectáculo de vísceras canino es aire de mañana en la vida de este loco del bate.
      Al mediodía ocurre el primer stop obligatorio. El almuerzo del loco del bate es frugal, lo suficiente como para tener energías por el resto del día. Un par de horas de siesta y luego a trabajar. 
      Las víctimas del loco del bate suelen ir de acuerdo al día, ya que son organizadas de acuerdo a patrones temáticos. Un día le toca a los religiosos, otro a las señoras que el loco denomina "conchafritas", el día masoquista, en el que elige personas con buen físico, como para recibir un poco de resistencia, el día de las damas en peligro, el día de los pelados contentos, y, su día favorito, el tutti frutti, en donde elige una calle al azar, en lo posible muy transitada, y da golpes a diestra y siniestra. 
      El objetivo del loco del bate no es matar. Se contenta con magullar, amorotonar, dislocar, luxar, y cualquier actividad que involucre la rotura de una parte del cuerpo humano. Además el loco sabe que su comportamiento no es muy aceptado por la sociedad, así que tiene mucho cuidado. El loco evita a la policía y cualquier situación de conflicto ajena a su conflictiva labor.
      Luego de la tarea de la tarde. El loco del bate se tira en el piso, desnudo en lo posible, y mira el atardecer. El atardecer lo vuelve más loco todavía. No puede entender, ¿Por qué se va la bola amarilla si al otro día vuelve? ¿De dónde salen esos puntitos blancos? El cielo es raro. El loco del bate no lo entiende. Así se pasa las tardes, ensimismado en sus pensamientos. Sus cavilaciones están acompañadas de unos ligeros espasmos, y algún que otro grito.
      La gente que pasa lo conoce, y trata de evitarlo. Ya saben que a veces se ligan un mamporro de la nada, así que mejor estar atentos.
      Cuando cae la noche, el loco del bate vuelve a su casa, sacudiendo su bate como un jugador de baseball desquiciado. Dice que es su entrenamiento de noche. A veces cae algún que otro tipo. Un bonus track.
      Luego de una cena completa con postre, el loco del bate se va a dormir. Y sueña, sueña, ansioso, por el mañana. Sus sueños son felices, calmos. Y así se levanta, calmo, feliz, con una sonrisa en los labios.

domingo, 13 de julio de 2014

Día 57: La tarea de escribir

      Escribir desde el vacío mismo. El limbo. La isla tenía una extraña conformación. Parecía un valle rodeado de agua. La vegetación era rala. Apenas un poco de fauna. Nadie imaginaba la supervivencia. La idea del náufrago apartado de la sociedad. Escribir desde el vacío mismo. Llenar las hojas, una tras otra, hasta el infinito. 
      La inconsistencia de la soledad. La imperturbable serenidad que brinda estar lejos de todo. Un poco la topografía del área predispone. El panorama era desolador. Ideal para escribir. ¿Sobre qué? Había que arrancarse el corazón y dejarlo sobre la mesa. Cautivar a las audiencias. Buscar el best seller. La obra óptima. La palabra de dios. Lo que sea que venga. 
      Hay que atrapar a las palabras. No dejar que se escapen. Estrujar la sintaxis hasta el mismísimo punto. El triunfo del personaje por sobre las circunstancias del entorno. El cielo esconde la trama perfecta. El equilibrio entre las descripciones y la acción, el experimento y la convención textual. 
      A veces la desesperación gana y uno busca sustraerse a la isla. Esa isla de espejismos, que atenaza las sensaciones, cuan si fuese un pulpo ladrón. La isla como extractora de ideas, purificadora, catarsis. El texto hace desmoronar sus estructuras. Se trasgrede. A través de una combinatoria única, de la multiplicidad de alternativas. La noche estrellada y sus miles de luces.
      En la noche la fiera espera. Quiere desgarrar el muslo. Quiere la abolición del espíritu. Hay que salir de la isla. Evitar la muerte segura. Hay que salir con la cabeza gacha, con el manuscrito entre las manos. Hay que triturar las frases. Reconstruirlas. Nada sirve. De cero total. 
      El escenario cambia. La ciudad y el caos del mundo. Babel espera. Babel tienta, con sus tentáculos. La inspiración desaparece. Se bloquean los caminos. La trama escapa. Se añora la isla. Pero de la agonía revive el aliento. La vida encuentra el color, por entre las sombras. Los edificios y sus relojes. Los bancos. Las plazas. El sonido de la urbe al respirar. Y exhalar. Devolver el pulmón a la Tierra. La reificación de los días, el monstruo de la rutina. Se pide el cambio, se pide la montaña, el cielo y las nubes. Pero es lo mismo. El cero existe. Es inútil escapar de uno mismo. La mentada mochila, esa que no se puede sacar. Ese peso que no se puede aliviar. Y se termina escribiendo, por los recovecos de un azar, a través de los resquicios de la fortuna, cuando es favorable. Es volver a escribir desde el vacío mismo. Es trasgredir el ciclo de las estrellas, olvidar la humanidad. Bregar por la inmortalidad que la tinta brinda. Allí el texto, con sus palabras, con sus giros y sus obviedades. Allí el texto, allí nuestra alma. 

Día 56: Una amistad

      - Mi amigo. Mi mejor amigo. Nos conocimos de pequeños. Ninguno de los dos sabía lo que el destino nos iba a deparar. La atracción fue inmediata. Al principio mis ideas te resultaban algo raras, impropias de un niño, diría un mayor. Con el tiempo me entendiste. No era la resolución de vivir en un mundo paralelo, sino la convicción de haber hallado una verdad inalienable. 
      Nadie entendió demasiado nuestras decisiones. Todos se preocuparon. Pensaban que éramos pequeños conflictivos que deseaban libertad. Sé que un par de veces cediste. Tenías miedo, lo entiendo. Solo en el mundo, alejado de todas las comodidades. 
      Vivimos unos años como salvajes, hasta que tuvimos las fuerzas necesarias que llegan con la adolescencia. Con ella llegaron los primeros conflictos. Teníamos algunas ideas diferentes. De vez en cuando querías volver a casa, llamar a tu mamá. Decirles que no se preocupen. Yo te desalentaba. Te decía que siete años era un período muy largo de tiempo, que para ese entonces todos nos daban por muertos. Que al final sería más traumático para ellos que para nosotros un hipotético reencuentro. 
      Nos las rebuscamos bastante bien para desaparecer de todos los radares de búsqueda. No fue difícil. Era cuestión de pensar como adulto y actuar de un modo diferente. Vivimos en tugurios insospechados para cualquier madre o padre preocupado por encontrar a sus hijos. La vida de vagabundo no era tan mala después de todo.
      Vos tal vez tenías ideas más convencionales, te seducía la sociedad, con sus espejismos y paredes de oropel. Entiendo que a veces tuve que actuar de un modo duro, porque se trataba de la supervivencia de nuestra amistad. Sé que habrás pensado que me comporté como un tonto, que fui muy severo. 
      Es que un par de veces estuvieron a punto de encontrarnos, por eso tomé esta decisión. Quizás actué por el miedo que me nacía de adentro. Me cortaba como un cuchillo y me dejaba la sangre fría sobre el piso. Necesitaba tenerte, del modo que sea.
      Me gritaste, me dijiste que era un estúpido, que me había vuelto loco, que te tenía como un prisionero. Quizás tengas razón. Es lo que ahora pienso, capaz tenías razón. 
      Igual soy feliz. Nuestra amistad fue buena. Tuvimos años buenos, y años no tan buenos, como un matrimonio. 

      - Iván... por qué no te callás. Ya desvariás, perdimos demasiada sangre. Callate, por favor. Dejame morir en paz...

      En la habitación, iluminada por una luz tenue, reinaba el silencio. Dos personas se desangraban, de un modo tan lento como la tortura del tiempo. Dos personas unidas por una extraña operación morían. 

sábado, 12 de julio de 2014

Día 55: Vestigios

      El empleado del gobierno golpeó la puerta. Solo dos veces, tal como le habían enseñado. Nadie atendió. Tomó su cronómetro, y a los 30 segundos volvió a repiquetear dos veces con sus nudillos. 
      La puerta se entreabrió. Una voz algo débil le preguntó qué era lo que deseaba. El empleado del gobierno le explicó el motivo de su visita. Como ya era de público conocimiento, las labores del Comité de reciclado han logrado eliminar toda fuente de contaminación generada por la humanidad, hasta el siglo XXIII inclusive. De acuerdo a las neuromáquinas del Departamento de Objetos preciados, el señor Abolengo poseía un objeto que contaba con todas las cualidades dispuestas en el Manual de Reciclados y misceláneas.
      El señor Abolengo emitió un bostezo. No, no contaba con nada que requiera el Comité, ya había entregado todas las porquerías del abuelo: los radioactivos tevelisores, todos los cefulares, e incluso una conmutadora que de acuerdo al abuelo, navegaba en interdet. Locuras de viejo senil. No, señor, su casa estaba limpia. El empleado tomó nota y exclamó: "Curioso, muy curioso, las neuromáquinas nunca se equivocan.".
      Aunque luego de registrar la anomalía, le confió que la semana que viene pasaría de nuevo por su casa. Salvo las neuromáquinas, en el año 2335, no existía ningún modo de registro fidedigno, puesto que el gran cataclismo del 2258, conocido por la sociedad como Tercera Guerra Mundial, destruyó todo libro y registro de historia hasta ese entonces. Los abuelos bromean hoy en día, hablan, como si fuese una especie de chiste interno, como de un operativo llamado "Operación Biblioteca de Alejandría". Luego de eso, risitas. 
      Así que en pleno siglo XXIV, la sociedad empeñaba la confianza en sus ancianos y sus ridículas historias. Muchos desvariaban, como el abuelo Abolengo. Otras mentes más despiertas contaban delicias de un mundo perdido. Narraban la existencia de tecnologías asombrosas, de extraños dispositivos para hacer crecer el pelo e incluso un cuadrado en el que se podía llevar todo lo escrito. El invento se llamaba imcrenta, y se hacían limros, o algo así.
      El abuelo Abolengo participó de la Tercera Guerra Mundial, la cual duró unos asombrosos dos meses. Todos los países fueron a las armas, y el peligro nuclear que había asomado sus narices a mediados del siglo XX, terminó por mostrar su rostro en el 2258. Claro que nadie sabía de guerras, ni de armas nucleares en el siglo XXIV. La sociedad se había vuelto pacífica. Habían olvidado muchas cosas e incluso muchas tecnologías se habían perdido. Una nueva era oscura reinaba.
      Los pocos sobrevivientes de la guerra del 58, o murieron a los pocos años, o terminaron locos, casi sin excepciones. El abuelo Abolengo participó por motivaciones propias, y siempre las mantuvo en secreto. Eso fue hasta sus últimos días de vida. Fue cuando le legó todos sus secretos a su nieto. Junto con el aparato.
      El abuelo le rogó encarecidamente que lo guarde como un recuerdo, en lo alto de un ropero, si es posible, y que trate de no activarlo, porque podría resultar peligroso. Y si algún día viniera alguien del Comité, que le diera todas sus pertenencias, excepto el aparato.
      Una semana después, de acuerdo a lo establecido, el agente del gobierno volvió a presentarse. Tal como lo describe el estatuto del agente de gobierno, ese que tiene que ser recordado, a falta de limros en dónde leer. Luego de golpear dos veces la puerta, esperar 30 segundos, golpear dos veces la puerta y esperar 1 minuto, el agente se encuentra en el derecho de entrar a la casa por la fuerza y allanar las pertenencias que el gobierno y/o sus dependencias requiriese. Así fue.
      El agente se encontró con el señor Abolengo. Lo miró a los ojos. Luego tomó nota. Gruñó. Y luego se dispuso a buscar el objeto preciado. Pobre diablo, morir de esa forma. El señor abolengo estaba sentado en una silla, dispuesto a comer una sopa ya fría.
      No tardó mucho en encontrar el aparato. Estaba sobre el ropero, tal como lo había pedido el abuelo Abolengo. Era la cosa más extraña que había visto en su corta carrera como empleado del Comité. El aparato era largo, y tenía forma como de tubo. Terminaba con un agujero. Todo negro, con una inscripción que decía "Remington 700". El empleado del comité sonrió y se palmeó mentalmente la espalda. El trabajo por hoy ya había sido realizado. 

viernes, 11 de julio de 2014

Día 54: La legión

      Dicen que establecieron un pacto con antiguos demonios, so pretexto de obtener la inmortalidad. Fueron vistos en extremos distantes del mundo conocido, han atravesado galaxias. Nacieron y renacieron bajo distintos nombres. Su sangre se ha secado y la erosión del tiempo los volvió hombres sin rostros. La legión camina. La legión camina sin rumbo fijo.
      Un grupo de exiliados camina sin rumbo fijo, a través de un purgatorio eterno, donde el principio y el fin son infinitas líneas paralelas. Los pasos ya no se cuentan. Son infinitos. La legión no piensa, no actúa, solo camina, hacia adelante, hacia donde el camino los lleve. 
      Son siete hombres, pero no necesitan ser contados a lo largo de sus individualidades. Son uno. Caminan como uno. Son un organismo simbionte. Cada extremidad de cada cuerpo forma parte de una sola legión. La legión. No están vivos. No están muertos. Tan solo caminantes.
      Siglos de intemperie han destrozado sus cuerdas vocales. Siglos de tragedias, descubrimientos y nuevos lenguajes derrumbaron su capacidad de sorpresa. La legión entiende los avatares del mundo, los entiende mejor que nadie. Saben que podrían solucionar el hambre. Han visto nacer por doquier vastas esperanzas y mecanismos de autodestrucción. Saben cómo detenerlo. Pero no quieren. No pueden. Solo sus desgastados pies saben lo que hay que hacer.
      Al final, por donde el sol yace, se encuentra la promesa. Es el fin del tormento. Saben que deben caminar. Deben trascender las limitaciones de Ícaro. 
      Un viejo sabio se cruzó una vez en su camino. Les habló de las maravillas del mundo, de las señales del mañana que la legión ignoraba. Nada hizo mella en su determinación. El sabio dijo, al final, que si bien los caminos que la existencia elige para los individuos pueden resultar una larga travesía de cíclicos desvíos, en esas repeticiones inalterables encontrarán el alivio a sus interrogantes.
      La legión, que caminó por siglos la Tierra, oyó con atención al viejo. Recibieron del anciano una flor, y pensaron que a pesar de haber peregrinado varias veces por el mismo camino, nunca se encontraron con una persona similar. Luego de que ese pensamiento atravesara el cerebro de la legión, uno de sus pies tembló e intentó detener el paso. 

jueves, 10 de julio de 2014

Día 53: Fricción

      Un pequeño tizne. Una mugrecita. Jabón, agua, y que salga, hay que extirpar la basura. No es posible convivir con el fantasma del polvo. El mundo tiene que ser blanco, pulcro en su divina expresión. La esponja tiene que fregar, hasta lo último. Tiene que dar su abrazo mortal a la grasa, su beso aséptico.
      El placer subcutáneo de la limpieza. La fricción de la virulana. Hay que plantar una guerra contra el ejército del desaseo. Morir o ser asestado por sus saetas. Hay que manchar sus ríos con lavandina, prender fuego sus ciudades.
      Hay que hacerle frente, no achicarse. Las manos pueden arrugarse, pero el temple permanece. La resolución de ver brillar el mundo. Sin embargo, el polvo, la tierra de los sin embargos, no existen aspiradoras tan potentes como para contrarrestar el avance inevitable del tiempo.
      A veces es mejor perecer. Pero la resolución permanece. La piel está agrietada, el detergente escasea y el barro se acumula. Brota por entre las grietas. Resurge como un ocaso renacido. El espacio morigerado. 
      Los espacios se acortan. Contrarrestar el espectáculo contaminante es el único propósito. Hay que pararse ante las contrariedades de lo sucio, y gritar todas las propiedades de lo limpio. De lo que esperamos, de lo que somos, al fin. Hay que descubrirlo, hay que decirlo: uno mismo es la basura.

miércoles, 9 de julio de 2014

Día 52: El diente de silicio

      No duele nada, le dijeron. Es tan solo un pequeño implante, acotaron. El material es ligero, flexible, y apto para morder. Además de ser el último grito de la moda. ¿Quién en su sano juicio no quisiera tener un diente de silicio? 
      Pedro hubiera optado por algo más rústico, algo tipo oro, o la típica cerámica. Pero el dentista lo había animado. Hoy en día cualquier celebridad elegía al silicio como material de vanguardia para sus dientes postizos. Además, la módica suma no variaba demasiado al implante tradicional. 
      Varios cheques después, Pedro salió del consultorio odontológico con un reluciente molar hecho de silicio. La cirugía había sido un éxito. En diez horas ya podía comer cosas que no requieran ser muy masticadas, y en un par de días ya no sentía nada.
      Pedro le enseñó a todo el mundo su nuevo y costoso implante. A sus alumnos en la escuela, a su madre, a su perro, al departamento de bomberos de su ciudad, y también a su dentista. Estaba muy contento, es evidente. 
      Un fin de semana se encontraba en un bar. Pedro tomaba una cerveza, mientras hablaba con una mujer desconocida. Hablaban sobre perros y enfermedades. Pedro no entendía demasiado del asunto, pero sabía que debía poner todos sus conocimientos caninos alertas si quería llevarla a la cama. 
      En eso empezó a sonar la radio a todo lo que da. Pedro le pidió al chico de la barra que por favor bajara la música. El chico de la barra le dijo que la radio estaba apagada. La chica le dijo que el sonido en realidad brotaba de su boca.
      El diente de silicio se había convertido en una radio FM. Algo interesante para un programa de televisión, pero no mucho para la vida cotidiana. De inmediato Pedro fue a comentarle al dentista su problema. Él le dijo que sería una pena que se lo quisiera quitar, que si le daba una hora, le podía llegar a colocar un switch para prender y apagar la radio. Que el único problema del silicio a veces era éste, que actuaba como transmisor de señales, y seguro estaba agarrando alguna radio pirata de la zona. 
      Pedro accedió a la precaria solución de su dentista. Todo fue tranquilo, hasta una noche. Ese fatídico día Pedro desapareció. Las únicas fuentes que atestiguaron el hecho fueron sus vecinos. De acuerdo a ellos, primero escucharon unos ruidos extraños, como una especie de transmisión telegráfica. Luego aparecieron grandes luces brillantes en el cielo, y un ruido como de avión. Segundos después, todo fue silencio.  

martes, 8 de julio de 2014

Día 51: Oda al caos

      ¿Cuántas uvas puede sostener un ano antes de estallar? ¿Qué ocurrirá si mezclo el excremento de una gallina con la piel de un iguanodonte? ¿Qué habría sucedido si Cassius Clay hubiera nacido en Australia y fuese hijo de un canguro bipolar? Preguntas de este tipo seguro no habrán acaecido sobre la genial rodilla de Albert Einstein, pero así es el absurdo, es una cruda demostración de la lengua, o mejor, el lenguaje del caos.
      Las cosas nacen y mueren, y entretanto, se dotan de sentidos. En cada uno de nosotros hay un poco de ese Adán twaininesco, o taiwanés, sea cual sea la diferencia. Existe una tendencia patológica a nombrar las cosas por su nombre, darle nombre a lo que se nombra y es nombrado por lo que nombre nombre es, o sea, un nombre. O algo así.
      Es como un gran laboratorio de la NASA, en donde muchas personas se juntan a decir cosas como: esto es perro, esto es gato, esto es caca, y esto no es una pipa,  aunque se la use como cuadro.
      Millones de sentidos por doquier, atenazando cuotas de raciocinio. Ahora, ¿Qué ocurre cuando se vuelan los papelitos con los nombre? ¿Eso me da derecho a decirle caca al perro y tratarlo como tal? ¿O adoptar como mascota a las tiernas heces? El hombre, después de haber inventado el fuego, haberse rascado la nariz, haber fornicado a su mujer, seguro debe haber descubierto el absurdo del lenguaje y como todos nosotros estamos sustraídos a un caos revestido de un aparente orden.
      La naturaleza puede ser predecible, pero eso no quita que su entramado caótico subyacente se mantenga operativo. La previsibilidad no es más que una ilusión al ojo desatento, que no percibe los minúsculos cambios en la textura de las cosas.
      Es la rutina del conocimiento, de ver con anteojeras de caballo el mismo marcado pasado, la misma pisada huella, los mismos consagrados signos. La mirada no debe ser asociada a la certeza. La vista, así como el resto de los sentidos, fracasa en apreciar la conformación de los elementos que componen la realidad.
      La gravedad, el espacio, el tiempo, no son más que productos de la percepción humana y, últimamente, a las limitaciones empíricas y tecnologías de nuestra sociedad.
      Hay una certeza de un algo. Una intuición primordial. Algo que se escapa a cualquier estudio. Algunos avezados montarán la farsa de un dios omnipresente. La ciencia hablará de sus agujeros negros, de sus materias negras y de lo negro que era Michael Jackson antes haber tragado detergente. Acertados o equivocados, el algo está. El algo es: algo.
      Para hablar del algo hay que abandonar la displicencia del conocimiento humano, que suele dar muchos aspectos de la naturaleza del todo como sobreentendido. Es necesario estar abierto a las incertidumbres de los cambios, a la movilidad de los pisos, del famoso terreno seguro. Es curioso, como dar todo por sentado puede llegar a ser un movimiento aventurero, arriesgado, proclive a futuros errores metodológicos.
      Hasta el descubrimiento del todo como cosa, y hasta el momento en que no se haya develado cada minúsculo enigma en el universo, el modo adecuado de nombrar las cosas ocultas podría o debería ser caos.
      Un caos supraexistencial, más allá del orden natural de los establecidos, que sin ser un establecido, aun así se halla en íntima relación con los mismos.
      Algunas cosas podrán seguir siendo nombradas como tal, otras permanecerán en el algo, y otras tantas seguirán siendo descubiertas. Mientras tanto, es momento de empezar a disfrutar estos pequeños movimientos con una óptica diferente a la acostumbrada.

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