martes, 1 de julio de 2014

Día 44: El nuevo testamento

      Los testamentos a veces son normales, unas cuantas cosas que el muerto les deja a sus descendientes. Algo así como un medio material como para quitarle la pena a los sobrevivientes. Es lógico que una persona no crea demasiado genial enterrarse con todas sus pertenencias, cual Faraón egipcio, o, inundado de una pasión iconoclasta, mande a prenderse fuego con todo lo que le rodea.
      Los primeros sorprendidos son los notarios, esos pseudo emisarios de la muerte. Tienen la papeleta, el poder del muerto. ¿Y qué nos dice el que se fue? ¿Qué me dejó? Quiero la mesita, quiero la pelota de tenis, quiero su departamento en Miami, y así sucesivamente.
      En otras ocasiones, el muerto muere antes de tiempo, y sin medidas legales a mano, el cielo se abre para que los múltiples aves de rapiña circulen por sobre sus restos pecuniarios. En estos casos, la pobreza es buena consejera. El áureo interés a veces desvive, genera un extrañamiento dentro del círculo de cuervos familiares. La tía hija de puta, ¡qué querida era!, ese primo que no me acuerdo el nombre, ¡si jugábamos al tejo juntos en el verano de 1986!
      El momento de la tensión, el notario aclara su garganta, y empieza a narrar, a través de su monótona jerga legalista, los alcances de ese papelucho llamado testamento. Mira para todos lados, frunce el ceño, se extraña y se pregunta, ¿realmente quería esto el viejo Juanito?
      A su hermano le legó la Madre, para que se la pueda vender a quién quiera, a su hijo le deja su hija, para que la cuide, y a su hija, un pedazo de carbón, como para que recuerde cada Navidad lo mal que se portó. ¡Viejo tacaño! Un desalmado, dejar a su familia en la bancarrota. 
      Como ese testamento de fines del siglo XIX, cuando Friedrich Nietzsche declara a todos la hora de deceso de Dios. "¡Dios ha muerto, Dios ha muerto!", proclama el filósofo. Dos semanas después recibe una carta enigmática, en donde se lo invita a escuchar el testamento de Dios.
      Por gentileza, Nietzsche no fue invitado al entierro. Tenían miedo a que fuera a decir alguna frase desafortunada, y los familiares lo tomen como algo de mal gusto. 
      Dios, en su magnánimo poder, le deja todas sus pertenencias a Jesús, para que haga con ellas lo que quiera. A todos los fieles creyentes a lo largo de la Tierra, que se les entregue una suma de varios millones de dólares, para que puedan seguir construyendo iglesias, mezquitas, y todas esas casas, que quedan lindas (así dice el testamento). A la naturaleza, se le deja todos los poderes para alterar o cambiar el curso de cualquier evento del pasado y del porvenir. Mientras que al señor Nietzsche, le dejo mi paraguas, porque sé que le va a dar buen uso. 

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