viernes, 4 de julio de 2014

Día 47: El monstruo de las convenciones

      Cortar con la cuchara. Las costumbres a la deriva. El buen gusto, la hipocresía, los tabús. Todo es predisponente en la vida del ser humano. Y cuando hablamos de ser humano no podemos evitar pensar en la sociedad. 
      La sociedad es la multiplicidad de las más diversas individualidades, subsumidas a patrones de existencias delimitados por leyes y normativas de índole y espesor variado. A nivel individual existen tres alternativas en sintonía a un posible acople o desacople de la sociedad: se puede ir contra la corriente y morir como el soldado desconocido, también se puede elegir ser uno más, obedecer sin cuestionar o en última instancia, el modelo de genialidad en la humanidad, que se puede asociar a la película Matrix. El genio necesita distribuir su código binario en la sociedad para cambiar el rumbo de su existencia. Una vez modelado el cambio, e instaurados los nuevos patrones de existencia, la meta se trastoca en el punto de largada, se adoptan nuevos vicios y estilos de decadencia. El comportamiento es cíclico. La conducta humana tiende a la ciclicidad. 
      Los cambios son tan temidos como idolatrados. La juventud y los movimientos contraculturales los pregonan, es su credo, su todo. Anhelan un lugar en la periferia, y no saben que en el fondo son parte del centro de las cosas. Por otra parte, la historia ceñida a los precursores del status quo reinante, tienden a mantener, so pretexto de infringir la ley, ser un desertor, traidor o cualquier sinónimo que venga a colación, con tal de evitar un corte abrupto en este modo de vida. 
      Lo más interesante de la cuestión es que ambos grupos por igual tienen un poder de milicia considerablemente menor, si se lo relaciona al total de la población. Son dos grupos de élite en lucha constante por el destino de la raza humana. El sesgo intelectual enfrentado al sesgo político, las vanguardias contra el conservadurismo, y así sucesivamente. El resto, aquel denominado hombre común, es ajeno a esta lucha de poderes. Se establece en un medio, no por ello menos peligroso. 
      El hombre corriente no busca la revolución, pero tampoco quiere lo que le dan. Se horroriza ante ciertos tabús, pero por lo bajo promueve otros, en su inconformidad con la sociedad. Es un rebelde, un revolucionario a medias. El hombre corriente puede pretender buscar la diferencia, y sin embargo no resalta en un rebaño. Es la punta de la lanza del monstruo de las convenciones.

      Esta gran masa de seres humanos está atenazada por doquier, por líneas declamadas por las agendas setting de los grandes medios de comunicación. Reciben un input intolerable, mucho mayor al poder de reciclaje, mucho mayor al potencial output informativo. Se reciben señales de cambio y señales de convención, al mismo tiempo. 
      Lo prohibido puede ser atractivo, pero del mismo modo que el dogma religioso. Y es curioso, pero el hombre corriente puede establecerse en ambas posiciones, y someterse al riesgo de las contradicciones y la hipocresía. 

      La propuesta sería corromper el sistema, desde su base. Hay que saber reconocer las convenciones desde el mero momento de su nacimiento. Son los signos que salen a través de nuestros labios, de nuestros escritos, de nuestras producciones intelectuales, es el fantasma mediador. Es lo que la mente detiene y separa, entre lo que se pueda considerar el buen gusto, y el tabú. Habría que establecer la línea de evanescencia, el punto en que las tendencias del inconsciente se articulan con las fuerzas indómitas del reglamento. Hay que corromper la cárcel de los patrones. Establecer las correctas derivaciones a partir de las cuales pensar el régimen de lo diferente, que no es muy distinto a las insinuaciones de lo igual. La clave sería deconstruir nuestra existencia, al nivel imposible, del cero absoluto y establecer nuevas líneas de existencia, acordes a las limitaciones pero también las potencialidades de la especie. Es algo que quizá no se aleje de la postura del genio como mártir de una causa que cambia por siempre todos los niveles de pensamiento humano. 
      Todas son insinuaciones incluso pueden formar parte de un acto elusivo de una rebeldía subyacente. Lo que se establece es que la sociedad ha instaurado a través de las convenciones y las reglas y normativas del buen gusto una vara que puede llegar a subir o bajar de acuerdo a los movimientos histórico-culturales, y acorde a las demandas de la sociedad, de cambio y no-cambio. 

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