sábado, 5 de julio de 2014

Día 48: La frontera

      La tarea era fácil, le dijeron. Tenía que tomar el rifle y proteger la frontera. ¿Nada más? Nada más. ¿Y si alguien quisiera pasar? Para eso estaba el rifle.
      ¿Nada más? Nada más. Parecía no ser la clase de trabajos sucintos a dobles interpretaciones. Así que la tarea era fácil. Una frontera, un rifle, una persona. Las repercusiones filosóficas de tamaña sencilla tarea parecían mayores de lo sugerido. El soldado no se preocupó demasiado, si así lo deseaba el comandante, así sería.
      Al principio el acto de matar le generaba una sensación de vacío y pena enormes. En su vida había matado ningún ser vivo, menos un humano. El acto era atroz. Se prometió dirimir de su tarea. Se prometió no volverlo a hacer. Hasta que murió el segundo, el tercero, y así sucesivamente, hasta llegar al décimo muerto. Todo eso en un periodo aproximado de dos meses.
      Por suerte, la comida en la frontera era abundante, y el agua caliente de la ducha funcionaba con una precisión milimétrica. Nadie podía negarlo. La vida en la frontera era buena.
      El soldado se fue acostumbrando. Matar desnaturalizaba sus sentidos. Ya era parte de la rutina. Apuntar, jalar el gatillo, corroborar la puntería del disparo, volver a disparar en caso de error y recargar. 
      La vida había perdido su significado. De hecho, pensaba el soldado, la vida era un fenómeno sumamente sobrevalorado. Por algún lado lo había escuchado, mientras disparaba a un niño que jugaba cerca del perímetro de la frontera. Si, la vida era un fenómeno sobrevalorado. Aun así, su vida era buena. No podía quejarse.
      Incluso se sentía feliz. El mundo estaba vestido con un barato traje de incertidumbre. La frontera era pura previsibilidad. Cada minúsculo acto podía esperarse, nada se escapaba de lo establecido. Nada más fácil que apuntar, disparar y recargar. 
      Hacia fines del verano en la frontera, el comandante le comunicó al soldado que estaría algunos días fuera del país, que necesitaba unas vacaciones y confiaba en que iba a mantener el lugar en orden. Por la patria. Por la patria, repitió el soldado, de forma mecánica.
      Los primeros días de otoño pasaron sin inconveniente, un par de perros muertos, un viejo que se había acercado a mendigar, y cosas por el estilo. Todos muertos. Así de fácil. Cuánta razón tenía su comandante. La vida era buena.
      El comandante pasó unas felices vacaciones en la India. Con las energías renovadas, planeó la vuelta a la frontera. Con todas las maletas cargadas, inició el viaje con su chofer personal. En cuestión de cuarenta minutos llegaría. Sin embargo, un accidente en la ruta obligó al auto del comandante a tomar un desvío. Era un pequeño camino de tierra que conducía directo a la Base.
      Un alce observaba, ajeno a su destino. La muerte acechaba. Caminaría unos pasos nada mas hasta ser arrollado por un auto.
      El chofer maldecía. Ese puñetero alce, ¿quién lo mandó a cruzarse por el camino? Ahora el motor no arrancaba. El comandante le dijo que no se preocupara, que estaban a un par de minutos de la Base. Iría caminando a pedir ayuda. El chofer accedió, de mala gana. 
      Un par de sándwiches y de vuelta al trabajo. Panza llena, corazón contento. El soldado estaba algo adormilado, así que se tiró en la silla, mientras miraba de reojo el horizonte.
      Por suerte no hacía tanto calor. Ahí estaba su querida frontera. Magnánima, como de costumbre. Saludó al soldado, a lo lejos, como para que lo identificara.
      El soldado salió de su estado de ensoñación. Miró con los binoculares para cerciorarse. Si, era el comandante. Una pena. Qué fácil era su trabajo. El soldado tomó su rifle, apuntó y disparó.

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