domingo, 6 de julio de 2014

Día 49: La confesión

      Padre, he pecado. Traicioné los secretos de la Orden al ver la cara de Dios. Comenzó una noche a la madrugada. No podía cerrar los ojos. Decidí dar un paseo por el convento. Fue cuando me topé por primera vez con la Sombra.
      No, no, demasiado trillado. Mejor dejarlo en el arcón de los recuerdos. Otro proyecto fallido. Y van. ¿Cuántas historias de órdenes secretas que tratan de descubrir un enigma en torno a una conspiración de proporciones divinas se han escrito? Miles, de todos los colores. 
      El chico de la pizza, encuentra un botón que tiene marcado el nombre Dios, y toca ese timbre, y resuena la voz de Dios, y le dice que tiene cinco segundos para preguntarle lo que quisiera. Pero si eso escribió hace más de cinco años. No contento con plagiar a los escritores consagrados, ya la serpiente había empezado a morderse la cola, y estaba rica. 
      A veces pensaba, mientras el cigarrillo actuaba como extensión de sus dedos, pensaba y pensaba. El arcón de los recuerdos se hacía cada vez más grande. No había plazos de entrega. Tampoco sus trabajos habían tenido el reconocimiento que se merecían. Si era una novelita de mierda, qué quería, ¿que lo besen y le den una palmadita en el ojete? Muy bien, perrito, muy bien, seguí escribiendo lindo. Es cierto, había un par de cuentos interesantes, que tal vez le habría dado una mención en alguno de esos concursos que se organizan en el culo del mundo. Un par de pesos, alguna medallita, conocer a esas viejas poetisas con cara de cemento que se creían la reencarnación del arte. Todo una farsa.
      Otras veces, cuando la marea baja, se propone dejar de escribir. Total, ¿para qué? ¿Con qué razón? Si ya no tenía más nada que sacar de adentro para afuera. Estaba todo expuesto. Incluso escrito mejor de lo que él había tratado. Era inútil. Luego, después de una ducha, alguna idea caía, y el ego, al sentirse acariciado, dejaba el plan del suicidio textual de lado.
      Mientras tanto, el arcón de los recuerdos suspiraba. Se agrandaba, día a día. Un novicio iniciado en una Orden secreta, se sumaba a una caterva de personajes abandonados. Viejas prostitutas purulentas, zombies con la inteligencia de Albert Einstein, un hombre al que le gusta cortarle las alas a los aviones, critters, duendes, payasos, un señor calvo con menopausia que se embaraza, una mujer que tiene por hijo a un universo paralelo. La lista era interminable. El cortejo de personajes muertos antes de nacer le dio la bienvenida al novicio. Esta noche atacarían. Derrocarían el orden impuesto por el Creador. 
      El golpe no se vio venir. Millones de letras vivas colmaron la habitación. Brotaban como jugo denso. El arcón desplegaba una maldad contenida por años y años de procesos no culminados. La única solución era dar muerte al Creador. El escritor debía morir a mano de su creación. 


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