lunes, 7 de julio de 2014

Día 50: El tormento de la paz

      El temible final. El de las armas depuestas. El día después de la bomba. La guerra ha acabado. La tormenta da paso a la calma. Memorias de un cuerpo agitado por el movimiento, que siente el balazo cerca de la sien. Aún. 
      La paz vista como un tormento. Es para que el la desea un fin, una meta. Pero nunca llega cuando se la necesita. La costumbre hace que vivamos exaltados por los golpes, que la voluntad sea torcida y retorcida por los giros violentos de un huracán. Cuando nadie la espera, llega. Y por mucho tiempo no se va. Se queda. Se queda. La paz.
      Esos momentos en que la mente no recibe más estímulo. Es el esperado descanso. Pero las memorias permanecen. Los traumas persisten. La superficie puede olvidar. Pero las memorias de la guerra quedan marcadas en las carnes que sirvieron a sus propósitos. 
      La guerra ha sido el combustible oculto de grandes odiseas literarias y también el cruel desencadenante de la alienación sin remedio. La demencia. El trauma crece, y se retroalimenta de nociones que se creían olvidadas.
      A veces una batalla puede exceder el mero plano burócrata gubernamental. En muchas ocasiones, los pensamientos se hallan en una constante guerra contra el lineamiento existencial. La mente se acostumbra a lidiar día a día con la sobrecarga de los disturbios, las decepciones, los contratiempos. De hecho se gana cierta agilidad de combate. El músculo de los percances se tonifica a medida que los desconciertos ascienden. 
      Pero un día cualquiera la guerra termina. Las naciones se saludan y se dicen por lo bajo: "hasta la próxima vez", mientras cada una se hace cargo de los desastres que cometió la otra. Corregir las mamposterías caídas, levantar nuevas paredes, crear nuevos monumentos, digerir el trance y tornarlo memoria. Y las personas siguen su paso normal. Como si nada hubiera pasado. Mientras más lejos, mejor.
      Lejos se va hasta donde se puede. Hasta donde lo permite el elástico de los recuerdos. El tiempo actúa como una dinamita entre las sombras. Porque claro, la paz puede ser exterior, pero por dentro, la guerra continúa. Es un sin fin de batallas, y batallas. Es una película repetida hasta el hartazgo. Es la hybris de la saciedad.
      Aquellas mentes que no toleran el tormento de la paz tienen que soportar el ultraje de las libertades filosóficas. El espacio cívico se recorta, a cada paso. La sociedad ejerce una disección anatómica sobre el cuerpo del combatiente. Lo expulsa de la comunidad cual si fuese un flagelo al cual combatir. Se los declara locos, incapaces, valientes, soñadores, bizarros y tantas cosas más. 
      Sin embargo, la mente no apta para la paz también se autoexpulsa, ejerce el poder del ostracismo voluntario. El individuo busca su isla. Es como Hemingway y sus icebergs o Salinger y sus encierros.
      Hay una parte de sí que utiliza, como último acto de cordura, su derecho a elegir vivir diferente al tiempo en donde debió vivir su cuerpo. Hay una parte de sí que decide creer en fantasías ultraterrenales y las trascribe en mensajes telegráficos, señales de humo, clave morse, escritura, palabra, voz existencial. La habitualidad de la guerra hace de la paz un monstruo. El virus se ha vuelto anticuerpo. 
      Y ya no existen mayores alternativas. Es saber vivir, o dejarse llevar por la vida. Tomar o ser tomado. Vivir o ser vivido. Es la lucha en el umbral de las dicotomías. Hay una sombra que quiere absorber lo que resta. Hay que decirle no. Hay que reinventar el mundo. Recrear un nuevo inicio. Hay que dejar perecer lo viejo. Sepultar los viejos hábitos. Relatar los nuevos mitos. Hay que estar contento: se vienen nuevos tiempos de paz.

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