martes, 8 de julio de 2014

Día 51: Oda al caos

      ¿Cuántas uvas puede sostener un ano antes de estallar? ¿Qué ocurrirá si mezclo el excremento de una gallina con la piel de un iguanodonte? ¿Qué habría sucedido si Cassius Clay hubiera nacido en Australia y fuese hijo de un canguro bipolar? Preguntas de este tipo seguro no habrán acaecido sobre la genial rodilla de Albert Einstein, pero así es el absurdo, es una cruda demostración de la lengua, o mejor, el lenguaje del caos.
      Las cosas nacen y mueren, y entretanto, se dotan de sentidos. En cada uno de nosotros hay un poco de ese Adán twaininesco, o taiwanés, sea cual sea la diferencia. Existe una tendencia patológica a nombrar las cosas por su nombre, darle nombre a lo que se nombra y es nombrado por lo que nombre nombre es, o sea, un nombre. O algo así.
      Es como un gran laboratorio de la NASA, en donde muchas personas se juntan a decir cosas como: esto es perro, esto es gato, esto es caca, y esto no es una pipa,  aunque se la use como cuadro.
      Millones de sentidos por doquier, atenazando cuotas de raciocinio. Ahora, ¿Qué ocurre cuando se vuelan los papelitos con los nombre? ¿Eso me da derecho a decirle caca al perro y tratarlo como tal? ¿O adoptar como mascota a las tiernas heces? El hombre, después de haber inventado el fuego, haberse rascado la nariz, haber fornicado a su mujer, seguro debe haber descubierto el absurdo del lenguaje y como todos nosotros estamos sustraídos a un caos revestido de un aparente orden.
      La naturaleza puede ser predecible, pero eso no quita que su entramado caótico subyacente se mantenga operativo. La previsibilidad no es más que una ilusión al ojo desatento, que no percibe los minúsculos cambios en la textura de las cosas.
      Es la rutina del conocimiento, de ver con anteojeras de caballo el mismo marcado pasado, la misma pisada huella, los mismos consagrados signos. La mirada no debe ser asociada a la certeza. La vista, así como el resto de los sentidos, fracasa en apreciar la conformación de los elementos que componen la realidad.
      La gravedad, el espacio, el tiempo, no son más que productos de la percepción humana y, últimamente, a las limitaciones empíricas y tecnologías de nuestra sociedad.
      Hay una certeza de un algo. Una intuición primordial. Algo que se escapa a cualquier estudio. Algunos avezados montarán la farsa de un dios omnipresente. La ciencia hablará de sus agujeros negros, de sus materias negras y de lo negro que era Michael Jackson antes haber tragado detergente. Acertados o equivocados, el algo está. El algo es: algo.
      Para hablar del algo hay que abandonar la displicencia del conocimiento humano, que suele dar muchos aspectos de la naturaleza del todo como sobreentendido. Es necesario estar abierto a las incertidumbres de los cambios, a la movilidad de los pisos, del famoso terreno seguro. Es curioso, como dar todo por sentado puede llegar a ser un movimiento aventurero, arriesgado, proclive a futuros errores metodológicos.
      Hasta el descubrimiento del todo como cosa, y hasta el momento en que no se haya develado cada minúsculo enigma en el universo, el modo adecuado de nombrar las cosas ocultas podría o debería ser caos.
      Un caos supraexistencial, más allá del orden natural de los establecidos, que sin ser un establecido, aun así se halla en íntima relación con los mismos.
      Algunas cosas podrán seguir siendo nombradas como tal, otras permanecerán en el algo, y otras tantas seguirán siendo descubiertas. Mientras tanto, es momento de empezar a disfrutar estos pequeños movimientos con una óptica diferente a la acostumbrada.

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