miércoles, 9 de julio de 2014

Día 52: El diente de silicio

      No duele nada, le dijeron. Es tan solo un pequeño implante, acotaron. El material es ligero, flexible, y apto para morder. Además de ser el último grito de la moda. ¿Quién en su sano juicio no quisiera tener un diente de silicio? 
      Pedro hubiera optado por algo más rústico, algo tipo oro, o la típica cerámica. Pero el dentista lo había animado. Hoy en día cualquier celebridad elegía al silicio como material de vanguardia para sus dientes postizos. Además, la módica suma no variaba demasiado al implante tradicional. 
      Varios cheques después, Pedro salió del consultorio odontológico con un reluciente molar hecho de silicio. La cirugía había sido un éxito. En diez horas ya podía comer cosas que no requieran ser muy masticadas, y en un par de días ya no sentía nada.
      Pedro le enseñó a todo el mundo su nuevo y costoso implante. A sus alumnos en la escuela, a su madre, a su perro, al departamento de bomberos de su ciudad, y también a su dentista. Estaba muy contento, es evidente. 
      Un fin de semana se encontraba en un bar. Pedro tomaba una cerveza, mientras hablaba con una mujer desconocida. Hablaban sobre perros y enfermedades. Pedro no entendía demasiado del asunto, pero sabía que debía poner todos sus conocimientos caninos alertas si quería llevarla a la cama. 
      En eso empezó a sonar la radio a todo lo que da. Pedro le pidió al chico de la barra que por favor bajara la música. El chico de la barra le dijo que la radio estaba apagada. La chica le dijo que el sonido en realidad brotaba de su boca.
      El diente de silicio se había convertido en una radio FM. Algo interesante para un programa de televisión, pero no mucho para la vida cotidiana. De inmediato Pedro fue a comentarle al dentista su problema. Él le dijo que sería una pena que se lo quisiera quitar, que si le daba una hora, le podía llegar a colocar un switch para prender y apagar la radio. Que el único problema del silicio a veces era éste, que actuaba como transmisor de señales, y seguro estaba agarrando alguna radio pirata de la zona. 
      Pedro accedió a la precaria solución de su dentista. Todo fue tranquilo, hasta una noche. Ese fatídico día Pedro desapareció. Las únicas fuentes que atestiguaron el hecho fueron sus vecinos. De acuerdo a ellos, primero escucharon unos ruidos extraños, como una especie de transmisión telegráfica. Luego aparecieron grandes luces brillantes en el cielo, y un ruido como de avión. Segundos después, todo fue silencio.  

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