jueves, 10 de julio de 2014

Día 53: Fricción

      Un pequeño tizne. Una mugrecita. Jabón, agua, y que salga, hay que extirpar la basura. No es posible convivir con el fantasma del polvo. El mundo tiene que ser blanco, pulcro en su divina expresión. La esponja tiene que fregar, hasta lo último. Tiene que dar su abrazo mortal a la grasa, su beso aséptico.
      El placer subcutáneo de la limpieza. La fricción de la virulana. Hay que plantar una guerra contra el ejército del desaseo. Morir o ser asestado por sus saetas. Hay que manchar sus ríos con lavandina, prender fuego sus ciudades.
      Hay que hacerle frente, no achicarse. Las manos pueden arrugarse, pero el temple permanece. La resolución de ver brillar el mundo. Sin embargo, el polvo, la tierra de los sin embargos, no existen aspiradoras tan potentes como para contrarrestar el avance inevitable del tiempo.
      A veces es mejor perecer. Pero la resolución permanece. La piel está agrietada, el detergente escasea y el barro se acumula. Brota por entre las grietas. Resurge como un ocaso renacido. El espacio morigerado. 
      Los espacios se acortan. Contrarrestar el espectáculo contaminante es el único propósito. Hay que pararse ante las contrariedades de lo sucio, y gritar todas las propiedades de lo limpio. De lo que esperamos, de lo que somos, al fin. Hay que descubrirlo, hay que decirlo: uno mismo es la basura.

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