sábado, 12 de julio de 2014

Día 55: Vestigios

      El empleado del gobierno golpeó la puerta. Solo dos veces, tal como le habían enseñado. Nadie atendió. Tomó su cronómetro, y a los 30 segundos volvió a repiquetear dos veces con sus nudillos. 
      La puerta se entreabrió. Una voz algo débil le preguntó qué era lo que deseaba. El empleado del gobierno le explicó el motivo de su visita. Como ya era de público conocimiento, las labores del Comité de reciclado han logrado eliminar toda fuente de contaminación generada por la humanidad, hasta el siglo XXIII inclusive. De acuerdo a las neuromáquinas del Departamento de Objetos preciados, el señor Abolengo poseía un objeto que contaba con todas las cualidades dispuestas en el Manual de Reciclados y misceláneas.
      El señor Abolengo emitió un bostezo. No, no contaba con nada que requiera el Comité, ya había entregado todas las porquerías del abuelo: los radioactivos tevelisores, todos los cefulares, e incluso una conmutadora que de acuerdo al abuelo, navegaba en interdet. Locuras de viejo senil. No, señor, su casa estaba limpia. El empleado tomó nota y exclamó: "Curioso, muy curioso, las neuromáquinas nunca se equivocan.".
      Aunque luego de registrar la anomalía, le confió que la semana que viene pasaría de nuevo por su casa. Salvo las neuromáquinas, en el año 2335, no existía ningún modo de registro fidedigno, puesto que el gran cataclismo del 2258, conocido por la sociedad como Tercera Guerra Mundial, destruyó todo libro y registro de historia hasta ese entonces. Los abuelos bromean hoy en día, hablan, como si fuese una especie de chiste interno, como de un operativo llamado "Operación Biblioteca de Alejandría". Luego de eso, risitas. 
      Así que en pleno siglo XXIV, la sociedad empeñaba la confianza en sus ancianos y sus ridículas historias. Muchos desvariaban, como el abuelo Abolengo. Otras mentes más despiertas contaban delicias de un mundo perdido. Narraban la existencia de tecnologías asombrosas, de extraños dispositivos para hacer crecer el pelo e incluso un cuadrado en el que se podía llevar todo lo escrito. El invento se llamaba imcrenta, y se hacían limros, o algo así.
      El abuelo Abolengo participó de la Tercera Guerra Mundial, la cual duró unos asombrosos dos meses. Todos los países fueron a las armas, y el peligro nuclear que había asomado sus narices a mediados del siglo XX, terminó por mostrar su rostro en el 2258. Claro que nadie sabía de guerras, ni de armas nucleares en el siglo XXIV. La sociedad se había vuelto pacífica. Habían olvidado muchas cosas e incluso muchas tecnologías se habían perdido. Una nueva era oscura reinaba.
      Los pocos sobrevivientes de la guerra del 58, o murieron a los pocos años, o terminaron locos, casi sin excepciones. El abuelo Abolengo participó por motivaciones propias, y siempre las mantuvo en secreto. Eso fue hasta sus últimos días de vida. Fue cuando le legó todos sus secretos a su nieto. Junto con el aparato.
      El abuelo le rogó encarecidamente que lo guarde como un recuerdo, en lo alto de un ropero, si es posible, y que trate de no activarlo, porque podría resultar peligroso. Y si algún día viniera alguien del Comité, que le diera todas sus pertenencias, excepto el aparato.
      Una semana después, de acuerdo a lo establecido, el agente del gobierno volvió a presentarse. Tal como lo describe el estatuto del agente de gobierno, ese que tiene que ser recordado, a falta de limros en dónde leer. Luego de golpear dos veces la puerta, esperar 30 segundos, golpear dos veces la puerta y esperar 1 minuto, el agente se encuentra en el derecho de entrar a la casa por la fuerza y allanar las pertenencias que el gobierno y/o sus dependencias requiriese. Así fue.
      El agente se encontró con el señor Abolengo. Lo miró a los ojos. Luego tomó nota. Gruñó. Y luego se dispuso a buscar el objeto preciado. Pobre diablo, morir de esa forma. El señor abolengo estaba sentado en una silla, dispuesto a comer una sopa ya fría.
      No tardó mucho en encontrar el aparato. Estaba sobre el ropero, tal como lo había pedido el abuelo Abolengo. Era la cosa más extraña que había visto en su corta carrera como empleado del Comité. El aparato era largo, y tenía forma como de tubo. Terminaba con un agujero. Todo negro, con una inscripción que decía "Remington 700". El empleado del comité sonrió y se palmeó mentalmente la espalda. El trabajo por hoy ya había sido realizado. 

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