domingo, 13 de julio de 2014

Día 56: Una amistad

      - Mi amigo. Mi mejor amigo. Nos conocimos de pequeños. Ninguno de los dos sabía lo que el destino nos iba a deparar. La atracción fue inmediata. Al principio mis ideas te resultaban algo raras, impropias de un niño, diría un mayor. Con el tiempo me entendiste. No era la resolución de vivir en un mundo paralelo, sino la convicción de haber hallado una verdad inalienable. 
      Nadie entendió demasiado nuestras decisiones. Todos se preocuparon. Pensaban que éramos pequeños conflictivos que deseaban libertad. Sé que un par de veces cediste. Tenías miedo, lo entiendo. Solo en el mundo, alejado de todas las comodidades. 
      Vivimos unos años como salvajes, hasta que tuvimos las fuerzas necesarias que llegan con la adolescencia. Con ella llegaron los primeros conflictos. Teníamos algunas ideas diferentes. De vez en cuando querías volver a casa, llamar a tu mamá. Decirles que no se preocupen. Yo te desalentaba. Te decía que siete años era un período muy largo de tiempo, que para ese entonces todos nos daban por muertos. Que al final sería más traumático para ellos que para nosotros un hipotético reencuentro. 
      Nos las rebuscamos bastante bien para desaparecer de todos los radares de búsqueda. No fue difícil. Era cuestión de pensar como adulto y actuar de un modo diferente. Vivimos en tugurios insospechados para cualquier madre o padre preocupado por encontrar a sus hijos. La vida de vagabundo no era tan mala después de todo.
      Vos tal vez tenías ideas más convencionales, te seducía la sociedad, con sus espejismos y paredes de oropel. Entiendo que a veces tuve que actuar de un modo duro, porque se trataba de la supervivencia de nuestra amistad. Sé que habrás pensado que me comporté como un tonto, que fui muy severo. 
      Es que un par de veces estuvieron a punto de encontrarnos, por eso tomé esta decisión. Quizás actué por el miedo que me nacía de adentro. Me cortaba como un cuchillo y me dejaba la sangre fría sobre el piso. Necesitaba tenerte, del modo que sea.
      Me gritaste, me dijiste que era un estúpido, que me había vuelto loco, que te tenía como un prisionero. Quizás tengas razón. Es lo que ahora pienso, capaz tenías razón. 
      Igual soy feliz. Nuestra amistad fue buena. Tuvimos años buenos, y años no tan buenos, como un matrimonio. 

      - Iván... por qué no te callás. Ya desvariás, perdimos demasiada sangre. Callate, por favor. Dejame morir en paz...

      En la habitación, iluminada por una luz tenue, reinaba el silencio. Dos personas se desangraban, de un modo tan lento como la tortura del tiempo. Dos personas unidas por una extraña operación morían. 

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