domingo, 13 de julio de 2014

Día 57: La tarea de escribir

      Escribir desde el vacío mismo. El limbo. La isla tenía una extraña conformación. Parecía un valle rodeado de agua. La vegetación era rala. Apenas un poco de fauna. Nadie imaginaba la supervivencia. La idea del náufrago apartado de la sociedad. Escribir desde el vacío mismo. Llenar las hojas, una tras otra, hasta el infinito. 
      La inconsistencia de la soledad. La imperturbable serenidad que brinda estar lejos de todo. Un poco la topografía del área predispone. El panorama era desolador. Ideal para escribir. ¿Sobre qué? Había que arrancarse el corazón y dejarlo sobre la mesa. Cautivar a las audiencias. Buscar el best seller. La obra óptima. La palabra de dios. Lo que sea que venga. 
      Hay que atrapar a las palabras. No dejar que se escapen. Estrujar la sintaxis hasta el mismísimo punto. El triunfo del personaje por sobre las circunstancias del entorno. El cielo esconde la trama perfecta. El equilibrio entre las descripciones y la acción, el experimento y la convención textual. 
      A veces la desesperación gana y uno busca sustraerse a la isla. Esa isla de espejismos, que atenaza las sensaciones, cuan si fuese un pulpo ladrón. La isla como extractora de ideas, purificadora, catarsis. El texto hace desmoronar sus estructuras. Se trasgrede. A través de una combinatoria única, de la multiplicidad de alternativas. La noche estrellada y sus miles de luces.
      En la noche la fiera espera. Quiere desgarrar el muslo. Quiere la abolición del espíritu. Hay que salir de la isla. Evitar la muerte segura. Hay que salir con la cabeza gacha, con el manuscrito entre las manos. Hay que triturar las frases. Reconstruirlas. Nada sirve. De cero total. 
      El escenario cambia. La ciudad y el caos del mundo. Babel espera. Babel tienta, con sus tentáculos. La inspiración desaparece. Se bloquean los caminos. La trama escapa. Se añora la isla. Pero de la agonía revive el aliento. La vida encuentra el color, por entre las sombras. Los edificios y sus relojes. Los bancos. Las plazas. El sonido de la urbe al respirar. Y exhalar. Devolver el pulmón a la Tierra. La reificación de los días, el monstruo de la rutina. Se pide el cambio, se pide la montaña, el cielo y las nubes. Pero es lo mismo. El cero existe. Es inútil escapar de uno mismo. La mentada mochila, esa que no se puede sacar. Ese peso que no se puede aliviar. Y se termina escribiendo, por los recovecos de un azar, a través de los resquicios de la fortuna, cuando es favorable. Es volver a escribir desde el vacío mismo. Es trasgredir el ciclo de las estrellas, olvidar la humanidad. Bregar por la inmortalidad que la tinta brinda. Allí el texto, con sus palabras, con sus giros y sus obviedades. Allí el texto, allí nuestra alma. 

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