miércoles, 16 de julio de 2014

Día 59: Penar herético

      Un hombre entra a la Iglesia. Busca el confesionario. Quiere sacarlo todo de adentro. Lo recibe un cura joven, de no más de 45 años. Le insta a contar lo que le ocurre. Su semblante se oscurece, a través de las grietas de la madera se escucha una voz entrecortada. El hombre jadea. Ya lo dijo. Ya lo sacó afuera. El cura pregunta por qué. El hombre no lo escucha. Porqué tendría que matarlos a todo. ¿Qué le hizo a él la humanidad?
      Nada y todo. Esa es la respuesta. El hombre explica su sufrimiento, con palabras claras, punzantes. Quiere ser entendido. Quiere que lo apañen. Porque Dios omnipresente ha permitido Hiroshima, ha dejado morir a miles en Auschwitz, hizo oídos sordos a las pobres almas víctimas de la inanición en África. Dios, si existe, es un desquiciado, un lunático fuera de control. 
      El cura es paciente, quiere reencaminar al cordero perdido del rebaño del Señor. Todos somos corderos. Todos anidan en su fuente las energías para crear actos de amor y maldad. Y es responsabilidad del albedrío de los sujetos ejercer esa decisión. Él puede elegir no matar. Puede optar por la penitencia. Puede rezar. 
      El amor. ¿Dónde está el amor? Pregunta el hombre. El amor es una ilusión de los sentidos. Nadie nace para amar, nadie nace para odiar. El mundo es caos, y así se representa. Poco importa la muerte, poco importa la vida. Los dilemas teológicos nunca van a dar cuenta de las complejidades de la especie.
      La pregunta se repite. El cura responde, ¿Por qué matar? ¿Cuál sería el sentido? La muerte no tiene por qué responder a principios hermenéuticos, no es necesario someterlo todo a la exégesis. El sentido de la muerte es no encontrarle nunca el sentido. Es representar el azar del momento, de confrontar las ideas con el deseo. Ahora es momento de matar y nadie podrá detenerlo.
      El cura suda debajo de su sotana. Siente en la voz de su confesor la firmeza de una decisión irrevocable. Tiene miedo. Reza en silencio. Tiembla. 
      El hombre se despide. Sale a la calle, con un fusil debajo del brazo. Empieza a apuntar. El dedo roza el percutor. La bala se atraganta en el caño. Un rayo cae sobre la cabeza del hombre. Lo fulmina. Luego, como si alguien cambiara el fondo del escenario, sale el sol y brilla en toda su extensión.

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