viernes, 18 de julio de 2014

Día 61: Intercambio

      Le quita todo lo que no se le parezca, y del mármol brota la obra. Cada golpe del cincel es milimétrico. La posición es estudiada. Nada está fuera de lugar en el estudio. Hasta la música ambiental parece recrear una especie de síncopa entre la labor del artista y el redoble del tambor. 
      Desde hace meses está recluido el artista. Está a punto de completar su llamada obra maestra. Esa obra que hará palidecer al mejor Rodin, el que hará ver a cualquier obra del gran Miguel Ángel como un juego de plastilina hecho por un bebé. 
      A nadie se le ha permitido entrar al estudio. El acceso ha sido prohibido dado que interrumpe el flujo creativo del artista, nos menciona un discípulo. De acuerdo a sus cálculos y a las conversaciones que ha tenido con el artista a través de la puerta, para el viernes habrían novedades de suma importancia.
      La semana pasó y el día señalado generó mucha expectativa en el mundo del arte. Se esperaba una gran declaración, un nuevo manifiesto del artista de nuestros tiempos.
      El resultado no fue sorpresivo. Más bien una desilusión. La obra representaba a un hombre parado, con un gesto de sorpresa, como si hubiese sido atrapado en el momento justo de una acción. Los más observadores comentaban que trataba de repeler un ataque, algo ya visto en las personas petrificadas de Pompeya, nada novedoso que fuese a tambalear las estructuras del arte.
      El artista sonreía a toda la audiencia, como una vedette consagrada. Recibía fotos, firmaba algunos autógrafos. Aunque se lo veía callado. En un momento, se organizó una improvisada conferencia de prensa en torno a su persona. Muchas preguntas fueron realizadas, pero pocas contestada. El artista estaba sumido en un mutismo riguroso. Los críticos de arte empezaba a impacientarse con tanto silencio.
      Los ojos iban del artista, a la obra, de la obra al artista. Era curioso, la obra representada parecía un digno autorretrato del artista, incluso los gestos de sus labios estaban trabajados al detalle. Un observador fuera del círculo de periodistas nos llamó, algo nervioso. Nos dijo algo así como que la obra se está moviendo. En efecto, los labios se movían, emitiendo un par de frases imperceptibles, las cuales pudimos interpretar como un pedido de auxilio. Poco tardamos en darnos cuenta que la obra era el artista. 

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