sábado, 19 de julio de 2014

Día 62: Acerca de la tensión escatológica

      Lo que tiene en común un canario muerto, una banana, Justin Bieber y el chiste fácil. Tarde o temprano, todo va a parar a la basura. Es inevitable, la carne se pudre, te volás la sien de un balazo y todo termina en el tacho. 
      Le echás un poco de desodorante, si sos una de esas personas de compulsiones aparentes y lo metés en una bolsa negra, o verde, o roja, de acuerdo al desecho. Muchas bolsas de plástico a la espera del recolector de basura. Nunca un mejor eufemismo de esta sociedad. A plena luz la basura es mostrada, pero a su vez está retocada por un envase de polietileno. 
      Es fácil colgarse la bandera de la consciencia ecológica, pregonar el orden y al mismo tiempo olvidar el destino de nuestros desechos. Algunas cosas vuelven, como las plagas, o Alf en fichas. Un fenómeno llamado reciclaje lo explica. No todo es inservible, se dice. Al mismo tiempo el comercio y su máquina de triturar billeteras continúan con la venta de productos que dañan la Tierra. Se reciclan las pilas, y se venden las pilas. El fenómeno de redundancia cíclica asombra. 
      Nadie quiere volver a siglos atrás. Es curioso, pero la idea de limpieza es un concepto muy reciente. No hace falta ir muy lejos para revivir, a través de los documentos artísticos, la suciedad de las sociedades. Las cloacas era un gusto demasiado amanerado. Mejor agarrar el balde, y tirar los desperdicios de la letrina al vecino. Algo así. 
      Ahora existe como una especie de pudor estúpido en torno a aquellas cosas que implica a la basura. Es la vergüenza de la mugre. La buena cuna pregona la limpieza. Estados han matado en nombre de la limpieza étnica. Limpio y sucio, conceptos tan inciertos como el bien y el mal. Han sido llenado a lo largo de los tiempos con diversas significancias.
      La basura, el mayor eufemismo de todos. Los desechos de nuestra humanidad. La Tierra es el mayor tapete de la galaxia. No sólo escondemos nuestros pudores, también lo hacemos de aquellas cosas que nos recuerdan demasiado al inevitable final.

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