domingo, 20 de julio de 2014

Día 63: El revoloteo de la paloma

      Sabemos que por dentro se regocija, la muy perra. Se contenta con emular esos tontos mensajes de paz, previos momentos a arrojar su Chernobyl sobre una cabeza desprevenida. Su predilección son los calvos, dado que ahondan el efecto de infortunio generado.
      Nadie puede permanecer esquivo al fenómeno de la paloma cagadora. En las grandes ciudades forman parte del paisaje urbano, comiendo sus semillitas en la plaza, atorando los cables de tensión con su presencia y claro, al colocar sus deposiciones en lugares diversos de nuestro cuerpo. Hay que reconocerlo, con la puntería de la paloma, Alemania habría ganado la Segunda Guerra Mundial. 
      No hay que creer en las casualidades. No es suerte, como dicen las viejas. Es un acto calculado, frío como un cubito de hielo. La paloma sabe lo que hace. De hecho, hay que creer que nació para eso. Su evolución biológica le ha permitido evacuar en diversas circunstancias sin perder de vista su objetivo, en mayor instancia, la cabeza humana.
      Como antes mencionábamos, la cabeza del pelado es de su preferencia. La atracción que ejerce sobre la mente de la paloma el ser de nula cabellera es chamánico. Existe una especie de misticismo, la instauración de una cosmogonía, una idea de orden por sobre el caos de la vida de esta clase de aves.
      De hecho, las palomas, a lo largo de su historia, no han tenido pudor en mostrar sus intenciones hacia la humanidad. Han invadido, a su manera, nuestro ecosistema. Se han desarrollado para hacernos frente. Quién sabe si tendrán algún que otro plan oculto. 
      Quizás no tramen nada. Tal vez esté en su simple naturaleza operar como un agente defecatorio. Para qué negarlo, tienen estómagos pequeños. Son muchas. Hay que resignarse. No se puede esperar que emigren, como las golondrinas, hacia algún baño, en el sur. Y no será suerte, será mierda en la cabeza. Así las cosas son. 

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