martes, 22 de julio de 2014

Día 65: Desde adentro

      Fingí estar loco. Eso no me evitó que me metieran en la cárcel. Me acusaron de un crimen que cometí. Lo dije desde el principio y pensaron que estaba loco. Luego se dieron cuenta de que fingía, y que en realidad no había matado a nadie. Fue cuando me conmutaron la pena. Habían pasado diez años de trámites burocráticos. Todo un sin sentido. 
      Pensaban que era un estratega, luego me redujeron al papel del hombre enfermo, al final fui el hombre simple con una cuota de astucia para evadir las leyes del sistema penal de mi país. No me considero nada de eso, quiero creer que soy una persona con sentido común. Tengo la firme convicción de que si me hubieran entendido de un principio, mi pena no hubiera sido mayor a los cinco años, incluso menos. Hasta aventuro que podría haber quedado libre, pero, ¿quién entiende a los jueces? Actúan como humanos, hablan como humanos, pero al final no son humanos, difieren en los criterios con el cuál podríamos definir a la humanidad.
      Ahí me tuvieron, entre rejas. Como para que no me vaya lejos. Tendrían miedo de mí, quién sabe. No soy tan peligroso como para eso. Hay gente enferma en este mundo, gente enferma de verdad, y esos, esos están libres, no conocen el encierro. 
      No voy a negarlo, acá aprendí muchas cosas. Aprendí a no desear tanto el ocio, porque puede ocurrir, y en grandes dosis es la peor droga que existe. Comprendí que las apariencias solo sirven para proteger nuestras debilidades, que incluso el hombre más malo puede llegar a ser la persona más frágil. Entendí que el tiempo es de todas las invenciones humanas la más artificiosa. Que dentro de la cueva el tiempo pasa, pero en realidad no tanto, pasa de ratos. A veces las agujas corren a un ritmo normal y otras veces se desacelera. Es como nuestro pensamiento, así es como actúa. 
      No hice muchos amigos. A decir verdad, los prisioneros le temen un poco a los locos. Al menos me trataron como eso. Nunca pretendí que esa situación cambiase. No me importó demasiado el prejuicio creado en mis compañeros de cárcel. El mejor luto para un recluso es la soledad. Mi alma necesitaba luto. Había matado a alguien.
      Nunca se encontró el cuerpo. No dejé huellas en la escena del crimen. Tampoco hablé demasiado del arma homicida, lo cual generó más suspicacias entre los incrédulos que estaban encargados de mi enjuiciamiento. Les dije la verdad, así como me salió del corazón. Traté de explicarlo con las mejores palabras que conocía. Y me trataron de la manera que les dije. Luego de un par de años llegué a una conclusión. No es que uno mismo estuviese loco, el sistema lo estaba. El sistema había enloquecido, y ahora emponzoñaba las aguas de nuestra cordura con sus dimes y diretes.
      Se los dije una vez más. Les expliqué que no sabía muy bien cómo había ocurrido, pero una persona había entrado dentro de mi cuerpo. Con ese acto, violó mi sagrado derecho a la privacidad. Sé que esa persona supo leerme los pensamientos. Incluso sé que en ocasiones actuó en mi nombre y controló mi cuerpo contra mi voluntad. Los especialistas me trataron como un raro caso de esquizofrenia. Pero sabían en su fuero interno que la cosa era más compleja de lo que decían los libros.
      Ninguno de ellos pudo explicar lo que hice, cómo fui capaz de matarlo. Sé que cerré los ojos, y en un momento me encontré en una habitación blanca. El intruso estaba sentado en una silla blanca, y vestía un traje blanco. Tomaba una bebida negra petróleo. Con una seña me invitó a sentarme. La conversación no duró demasiado. El individuo me propuso un trato. Más o menos la idea era venderle mi cuerpo a su alma. Y a cambio de eso me enseñaría algunos secretos del más allá. 
      Por un momento pensé que soñaba. Me levanté con el impulso del que sabe que llega tarde a una cita, y le dije que no, de una forma algo estruendosa. Lo que siguió a continuación fue muy confuso. Sé que la habitación empezó a resquebrajarse, y en un momento me encontré sobre el intruso. Le dí dos o tres golpes, hasta que se hizo polvo. Fue literal. El polvo era amarillento, y tenía un olor fuerte que me recordaba a algo. Luego de eso, el universo fue silencio. 

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