miércoles, 23 de julio de 2014

Día 66: Desde afuera

      Cuando la Peste Final azotó al planeta, dijeron que nadie mayor a los diez años de edad sobreviviría. Diría que fue una verdad a 3/4, dado que estoy vivo, y tengo 37 años. Aunque el 60 % de la población de la Tierra ya no puede decir lo mismo. Ahora están muertos. Salvo yo.
      No existen más científicos que puedan determinar la extraña excepción de mi caso. He tratado de acudir a un par de niños sabios, pero solo he terminado más confundido. Desde la gran cosa, así es como los niños llaman a la Peste Final, he vagado a lo largo del continente, buscando señales de anomalías similares a la mía. Quiero decir, adultos. 
      Nunca tuve una contextura física imponente. A decir verdad, soy un ser algo esmirriado, nada parecido a una rata de gimnasio. Nada de eso importaba cuando entraba a una ciudad. Todos los niños me reverenciaban como a un Señor de la guerra. Me pedían muchas cosas. Que me quedara, que los protegiera, que les enseñara, que les explicara, que los contuviera, que fuera los padres, madres, hermanos mayores, abuelos y millones de adultos que habían perdido. No podía satisfacer sus demandas. A cambio, obtuve, para mi sorpresa, un gran entendimiento en la mayoría de las ciudades que atravesé.
      Por doquier se respiraba aires de libertad. Muchos animales salvajes caminaban por la calle, sin que nadie se percatara. Muchos niños iban desnudos. Los más grandes habían aprendido a cazar y recolectar el fruto de los árboles. Más allá de la supervivencia de la especie, que de momento parecía estar asegurada, uno parecía estar libre de hacer lo que quisiese. 
      Así era. Cometí incontables actos que hubieran sido recriminados por la antigua sociedad. Actos que habrían contado como crímenes de los más aberrantes, y los niños poco se percataron. No quiero ahondar demasiado en eso. El dolor me consume, heredé la culpa de mis antepasados, y cargaré con ella hasta el día de mi muerte.
      Ellos son diferentes, ellos nacieron libres de ataduras, son libres de verdad, lo mío es una ilusión. No puedo desnudarme sin sentir la vergüenza de la mirada ajena. Los niños han reinventado los códigos de la humanidad, y han logrado pasar a otra fase en la historia de nuestra evolución. De modo abrupto, han dejado de ser el futuro, ahora son el presente. 
      Mi libertad es mi prisión. Ellos me la otorgaron tan gentilmente, a cambio de nada. Así son los niños. Son puros. Tienen mal y bien en su corazón, y no se distingue, así es la pureza de nuestro estado primigenio. No tuvieron que sufrir los avatares de crecer en un sistema que vuelve loco a la propia especie. Ellos son el sistema, sin intermediarios. 
      Sé que tarde o temprano van a aprender a reproducirse. Algunos, los más grandes, ya lo intuían, a través de sus fallecidos padres, o de algún hermano mayor que ya no está. En algunas ciudades les enseñé, por miedo. Miedo a mi castigo. Sé que va a llegar el día en que se me castigue por mis errores en vida. Sé que la libertad fue un precio demasiado alto, y no hay eterna vigilancia que la valga. Caminaré, caminaré, estoy seguro, hasta agotar la suela de mis zapatos, hasta que la piel se gaste, hasta que el hueso se quiebre, hasta que mi corazón deje de latir. Tengo que entender que ya no hay lugar para mí en esta sociedad. Los niños han inventado una nueva especie, y yo... yo soy un ser extinto. 

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