viernes, 25 de julio de 2014

Día 68: Desde arriba

      La casa, el techo, los árboles, las ramas, se ve todo desde arriba, incluso el cielo. Es una pena no poder admirarlo tanto, cuando el cuerpo tiene la fuerza de gravedad de un selenita. Al principio volar era divertido. Igual fue un susto tremendo. Estaba en el baño, con sus porquerías a las puertas del inodoro. Se sentía liviano, demasiado liviano. Cerró los ojos.
      Se imaginaba flotando. Todas las tensiones quedaban atrás. Cuando abrió los ojos, estaba pegado al techo, parecía imantado al techo. Con poco esfuerzo, pudo pararse boca arriba, y caminar de modo invertido. Bajó hasta la puerta, y salió despedido. Voló con una ráfaga de viento que pasaba por ahí. Un avión le pasó tan cerca que la onda expansiva casi lo hace golpearse contra el piso. Luego voló de nuevo. Parecía un globo repleto de helio y vísceras. 
      Recordaba las lecturas de su juventud. Cuentos fantásticos, ciencia ficción. Todos ellos hablaban algo sobre la fantasía de volar, pero nada se le parecía. El vuelo es como las cosquillas, con la salvedad de la duración. Unas cosquillas eternas. Al principio pensó que se iba a morir de la risa. Recordaba a los tristemente célebres, a Crisipo, a Zeuxis, a Julián del Casal, todos muertos por reírse demasiado.
      Con el tiempo se acostumbró a la sensación. Incluso era placentera, aunque a veces se volvía algo molesta. De a ratos reía, para descontracturar. Cuando podía aguantar, miraba las casas, los techos, los árboles, las ramas, todo desde arriba, incluso el cielo. Veía a la gente que caminaba, que desde arriba parecían pequeños legos. El curso de los ríos. Las nubes. Desde la altura todo era calma. Absoluta calma.
      Pensó mucho. Las horas pasaban, y seguía arriba. Creía que volar era el efecto de alguna clase de magia, y el efecto, tarde o temprano, tendría que acabar. Pero no. Seguía arriba. 
Las semanas pasaron. Los meses. Contra todo pronóstico, logró sobrevivir. Su dieta a base de la caza aérea de aves y la ingestión de agua gracias a las ocasionales bajadas que le brindaban los aviones, lograron el milagro. Lo más complicado era evacuar. Entre las cosquillas y las dificultades para planear, la evacuación era todo un desafío. Más fácil era hacer pis. Incluso divertido, ver el chorrito evaporarse entre las nubes. 
      Un día, más o menos siete meses después, mientras volaba, comenzó a caer de repente. La caída era veloz, e inevitable. Aunque no creía en nada, rezó. Rezó tanto como pudo. Abrió sus alas, y esperó otro milagro. Casi murió. Cayó en el acoplado de un camión. El acoplado estaba lleno de colchones. Las lastimaduras no fueron de gran importancia, alguna que otra magulladura. La gravedad de su cuerpo se había repuesto. Besó a los colchones. Dijo gracias. Trató de levantarse, y no pudo. Ahora se sentía tan pesado. 

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