domingo, 27 de julio de 2014

Día 70: Era una Silverado

      Era una Silverado, les dijo a todos. Todavía estaba algo aturdido, producto del accidente. Los papás de Ricardo trataron de calmarlo. No paraba de decir, era una Silverado, era una Silverado. Como si fuese algo tan importante, como el secreto de la Coca Cola. Le palmeaban de modo cariñoso, le decían que se calme, que lo estaban llevando al hospital. 
      Ricardo tenía vértigo. No paraba de mover la cabeza, de un lado para otro. Trató de sacarse la vía endovenosa, para escapar de la ambulancia, pero lo tenían rodeados. Los escapes solo ocurrían en las películas. El nene tiene mucha imaginación, eso es lo que pasa. No deja de leer esos libros de Stephen King, que le pudren la cabeza. 
      Los padres tenían esa clase de vergüenza condescendiente hacia el hijo medio raro. Ricardo tenía ideas fuera de lo normal, ya desde pequeño. Los padres repetían. Es culpa de esos libros que lee. ¿por qué no será normal, y se pone a mirar televisión como nosotros, como cualquier chico de su edad? Ricardito quería leer. Ricardito es un agrandado, que se cree más inteligente que sus padres, bufaba la madre, mientras le sostenía con ternura su mano. El camillero la miraba, y asentía. 
      El médico lo auscultó luego de consultar con la enfermera los signos vitales. Todo estaba normal. No tenían porqué preocuparse. Ricardo había sufrido una pequeña contusión, producto del golpe en la cabeza. Tendría que quedarse algunas horas en una cama de la guardia para observación, y en caso de no ver nada raro, podrían llevarlo a casa.
      Ricardo trató de hablar. Mamá le decía que se calme, que todo iba a salir bien, que no se preocupe. Pero mamá, decía Ricardo, era una Silverado. Y dale con eso. Mamá ya estaba algo cansada. Papá le trajo una gaseosa. Le preguntaron si por favor no podían sedarlo un poco, puesto que a Ricardo se lo veía algo nervioso. 
      El médico les informó que en esos casos no era aconsejable utilizar demasiados sedantes, porque podrían generar una mala reacción con el antibiótico. Tuvo que aplicárselo, ya que los padres insistieron. Pobre Ricardito, era tan solo un golpe en la cabeza, y lo trataban como a un muerto en coma.
      Afuera de la habitación se sentían ruidos. Un par de gritos. El ruido de un motor que se hacía cada vez más fuerte. Más gritos. La puerta de la habitación de Ricardo se abrió. Por el marco se asomaba una camioneta plateada. No parecía tener conductor, pero aún así, alguien o algo la aceleraba, y el motor rugía. 
      Papá y mamá miraban, absortos. ¿Cómo era posible que una camioneta de ese tamaño ingresara a través de los pasillos de un hospital? Mejor era no salir de ahí, la carnicería estaba fresca, y no era un bello espectáculo a la vista. Ricardo se sacudió, con un pequeño espasmo. Parecía recobrar la consciencia. Miró a la camioneta, todavía algo débil murmuró: "les dije, que era una Silverado".

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