martes, 29 de julio de 2014

Día 72: Por las noches, una mano

      Se enamoró de otra mano. Cansada de los tratos de su dueño una noche decidió fugarse. No entendía que de ese modo trasgrediría las normas de la física. No le importó demasiado. El tipo quedó manco. No le importó. Era libre. Libre de amar a quién quisiera. Libre para tocar a quien se le diera la regalada gana.
      Lo que más deseaba era experimentar otra clase de contactos. Nada de la rugosidad de las superficies. Olvidar el tacto repetido de la soledad. Sentir la fricción del miembro. Porquerías de ser humano.
      Por eso escapó. Su amor imposible lo esperaba. La otra mano. Cinco dedos deliciosos. El roce de sus falanges erizaba la piel de su muñeca. Le encandilaba sus sentidos de mano.
      Además era sensible. Odiaba esos juegos de palabras. Esas idioteces de una mano lava la otra, o los juegos de manos, y todas esas invenciones de los dueños para hacerse cargo de acciones que no les correspondía. 
      Por fortuna no necesitaba trabajar. Podía vivir, tranquilo, junto a su amada, y vivir del aire. Podía amarla bajo el sol, cubiertos de estrellas, azotados por nubes cargadas de gotas. Podrían corretear por el pasto. 
      Sin embargo, la luna de miel duró poco. Los primeros conflictos de la vida conyugal aparecieron. Ella no era la luz que brotaba de sus ojos. Amorosa, para qué negarlo, pero cuando discutían, era una harpía. Tenía esa fea costumbre de arrancarle las uñas, o pisarle el meñique. 
      Comenzó a negarle el tacto. Nada de palmas. Así estuvieron como una semana sin palmas, en abstinencia absoluta. De a poco, todo fue cayéndose a pedazos, sin que pudiera hacer nada al respecto. Intentó recuperar la relación, pero eso es algo que no le sale muy bien a una mano. 
      Así que un día pidió el divorcio. Con el dolor del mundo sobre su piel. Volvió a su dueño, que para ese entonces lo había reemplazado por un garfio de hojalata. Prometió nunca más dejarse tentar por el amor. De ahora en más sería una simple mano, y obedecería por siempre a su dueño. 
      El nuevo idilio duró poco. A los dos días, el hombre perdió la mano en un accidente laboral. Nadie lloró mucho la mano perdida. A decir verdad, se había acostumbrado al garfio de hojalata, y debía confesarlo, no le quedaba nada mal. 

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